Taller de Producción Literaria de la Municipalidad de Hurlingham

Es un espacio de encuentro libre y gratuito que tiene como motor la escritura de sus participantes. Es, también, una conversación; una charla que tiene como punto de partida los textos de cada persona que se suma (poesía, cuento, ensayo, novela, híbridos) y que se desenvuelve en torno a lecturas de literatura contemporánea, pensamiento crítico y discusiones sobre la literatura y su contexto. Nos reunimos en el Centro Cultural Quinquela Martín desde el 2016 y nuestro blog Les Reseñeres (https://lesreseneres.wordpress.com) alberga algunas de las producciones y reseñas que sus integrantes han ido tejiendo.    Emilio Jurado Naón

Finado

de Natalia Lenart

La calesita gira; en lo alto, una pista de patinaje; nubes blancas zigzaguean, se cruzan delante del fuego.
Desayunamos mate cocido y pan con chicharrón. Mamá, impecable, estrena camisa blanca y se pintó la boca de morado. Nosotras emanamos flores, regalo de navidad. Hoy cumple años papá.
Bocinazo del remisero; me asomo a la ventana, coche azul descascarado, escupe humo negro y, de la boca del conductor, humo blanco. La calesita gira.
“Hasta la estación por favor”, dice mamá.
Rechinan las vías, chispazos en la curva y el tren se contorsiona. En el techo de una casa hay otra calesita que gira, flamean los extra large. El sol encandila; los vidrios traslucen gotas secas de la lluvia de anoche.
Nos acercamos a donde esta papá. Las suelas crujen por el camino ríspido, menos el taco chino de la señora que va por delante; coincidimos siempre en esta fecha.
—Llegamos, AMOR. ¡Feliz cumpleaños!
—¡Feliz cumple, pa!
Silencio. Viro los ojos, el florero tiene agua podrida, verdosa, flores secas. Limpio el mármol con carilinas. Mamá, inmóvil, sin pestañear; la deshojo de la cartera y el ramo de jazmines. Un perro negro nos mira, se acerca y olfatea y mea la tumba, ¡la concha de tu hermana!; lo pateo y salgo corriendo detrás de él. Mamá y Leandra, estatuas vivientes; conectan con el espíritu del viejo. Acomodo las flores y le doy un beso a la foto de papá sonriendo ¿feliz? Qué poco sonreías en vida, cara de ojete por la mañana, por la tarde. Te odio, papá.
—Me voy, las espero en la entrada. El perro negro me acompaña.
Estamos de regreso, sentadas en el quinto vagón: Leandra mueve el pulgar, sube, baja; para esta fecha clava foto de papá en perfil. Subo estado a WhatsApp, fotito del viejo, muestra los dientes y pego muchos corazoncitos. La calesita de la casa ya no gira; el viento se durmió.
Decidimos caminar hasta casa; compramos una selva negra (la preferida de él) y una gaseosa. Mamá me abraza, cruzo el brazo por detrás de ella y de Leandra. 

Belleza en la resistencia

DAVID JUAN JOSE PASOS

Es el agua la prueba de que, quizás, ahora no conviene salir. Puntitos sin forma de puntitos en sí, se desperdigan a los pies del mueble del televisor hasta la silla, en donde acaba de sentarse y dispone su visión a la ventana.
Las cosas parecen no ser si escasean de forma, pero puntitos son lo que parecen. O es la característica más fácil que podemos darle. Por qué uso el plural como si supiera lo que el resto piensa; atribuyéndole cosas a los pares es todo más fácil, que me sepan lapidar quienes nieguen hacer lo mismo.
Qué supone, qué no dice, qué, me pregunto, haciendo una fuerza ridícula con temple de rúcula como si pudiera transferir estas palabras a una mente de distancia. Como si la fuerza de nuestras vivencias hicieran convergencia a través de los colores de cada aura emergiendo de cada cuerpo, desplazándose lentas y cautas, igual que los solitarios cuando buscan parejita al momento en que suena un lento. Y al hacer contacto el tiempo se estanca, aunque el tiempo en realidad: el tiempo no para.
Qué le hace mal, qué. La gente gustamos de hipotetizar con lo que desconocemos, con lo que no tenemos. Manos a la obra, porque ejecutar la construcción de castillitos de ilusiones es un lindo hobby. Quién alguna vez no habló de dones. Siempre voté por escarbar y dar vuelta la cabeza del resto, rasgando entre secretos que cuestan relaciones, delitos que alienan familias e ilusiones que se llevan puesto años. Hay belleza en lo resistente a la intromisión; belleza en la resistencia de aceptar no saber.
De la lluvia no hace falta saber si se queda o se va, si acompaña o ahuyenta. Sé que insiste y sé que cae. Limpia; camufla la resultante de lo que duele y emana la mirada. Y acá, mientras los no puntitos empiezan a invisibilizarse en el suelo, no sé qué es lo que no puedo ver.
Hay definiciones que también se resisten. 

Todos los días un nombre nuevo

Sofía Berghella

Era una noche cerrada. Él se sintió desahogado. O al menos eso quería creer yo, como una idea más tranquilizadora, aunque por dentro… podía sentir cruzar dos vigas de acero en el medio de un edificio y a mí, ubicada en el centro. Mientras caminábamos, escuchaba su voz. Parecía conocer de todas las personas y sitios de los que me hablaba, avanzábamos y me explicaba cómo se había hecho amigo de este o aquel y cómo se había desamistado de todos. La conversación siempre iba a un más allá, recuerdo que hacía preguntas como: ¿Qué importa, quien sos? Si al morir hasta te pierden la personalidad. De repente decía que los problemas auténticos los tenía en el sexo y las dificultades materiales, por dentro sospechaba que no eran más que celos y plata. Para ese momento ya me daba igual a dónde íbamos. Pese a que todo se me hacía familiar nunca encontraba un punto en donde entrar. Cuando intentaba hacerlo, mi garganta se aclaraba, carraspeaba o tropezaba. Qué mal habito el de caminar fría y tontamente con alguien.
Todo mi ser empezó a desenfocarse, mis oídos parecían tener la sensibilidad de una araña. Yendo, viniendo, ya sin aliento, comenzaron a invadirme los recuerdos más profundos y especiales de lugares, personas, conversaciones y paisajes. Pasaban sobre mí en oleadas sus voces, los gestos, su rostro. Me sentía totalmente confusa, al borde de la razón o de cualquier lógica, desconectada. No era difícil entender cómo mediante una simple palabra, una mirada, echara a sangrar la naturaleza de mi alma atormentada. Su cara borrosa y blanda asentía y sonreía una y otra vez, un viento de primavera me arrebata el cuerpo y vuelvo y pienso: fue sensible e indiferente en proporciones iguales y ahora me resulta extraño creer ¿cómo? sobre una cama, se habla con tanta cháchara sobre al amor dándose la espalda. Lo que vertía cada vez que abría la boca no era más que una nota de amor. Digo amor, también podría decir dolor. Si no vuelvo a verlo nunca más (pensé) tampoco lo olvidaría nunca.  

Y la planta lloró

de Rafael Fiorentino

Sobre la mesa se desparraman los rayos de luz, los desordena la enredadera que da a la ventana. La mesa con platos abandonados, restos de galletita y charcos de dulce de leche empantanados parecen la arquitectura demolida de una guerra. Un caracol presencia el escenario, llegó con esfuerzo sin notar que había dejado atrás el verde parque. Quieto, asoma su tentáculo para fijarse si alguna mano intenta agarrarlo. Despegarme del suelo, eso sería un sueño para mí, piensa. Decide no avanzar pero prepara suficiente moco para llegar a su destino.
En posición de guardia, un firme soldado lo observa. Su fijeza es excesiva, su expresión desgarradora: parece haber visto algo terrible, una matanza, un compañero caer, un enemigo al acecho. Sobre el campo hay tres soldados más, estratégicamente ubicados. Uno con bayoneta, traído del siglo XIX, pensando en la independencia, pintado de marrón, sin familia que lo espere. Otro se tapa los oídos, grita, no puede cerrar la boca, su entrenamiento no lo preparó para el caos de la guerra. Unido a él, un mortero levemente inclinado espera la orden para atacar. El tercero está especialmente posicionado: detrás de la maceta espera paciente, con el rifle de precisión entre manos, el camuflaje verde mal pintado, los binoculares fundidos en el pantalón. Ninguna gota fría le recorre el cuerpo, pero sabe que de él depende el equipo.
El caracol duda, en verdad, ¿habría podido ser caracol de mar y así salirse de la tierra? De ese modo no tendría que arrastrarse para conseguir comida, para escapar ni para disfrutar del sol. También se mortifica, debía haberse quedado a hibernar como lo hacía cada año, querer reproducirse y tener su caracola especialmente gruesa no era motivo suficiente para intentar semejante hazaña, no era más valioso que los demás caracoles, ¿o sí?. Babélico decide avanzar, se arrastra con esfuerzo. No tiene sentido esperar a las manos que despegan, se dice, el tiempo pasa.
Los soldados ven al enemigo moverse. Sus cuerpos siguen rígidos. El mortero no dispara, parece fallar, el plomo lo invade por dentro. El soldado no puede hacer nada, sus oídos y sus manos están unidas, sus pies no le obedecen. El tirador se desespera al ver cómo el enemigo se acerca al bayoneta y este no reacciona. Quiere gritarle y no puede, las palabras no salen, los disparos tampoco y el enemigo avanza.
El soldado bayoneta cae, retumba con su peso en la madera y el caracol se apoya en sus botas. Sin detenerse avanza por las piernas, siente el pliegue del pantalón, los bolsillos, el cinturón. Al llegar al torso nota, por primera vez, el gran cuchillo que sale del arma del caído. No se sorprende. Por el brazo izquierdo puede pasar, está doblado y el codo parece buen sendero. Alcanza el cuello y ve que no hay manos, la bayoneta está incrustada en el brazo, es su continuación. Nota el cuchillo desenvainado en su otra mano. Está muy ocupado, él no me puede despegar, se dice. Tampoco me puede comer.
La situación se revierte, el plan de contingencia falla, el potus es quien empieza a llorar. Los guerreros han sido vencidos en su propio campo, su preparación resultó ineficiente; su equipamiento y su constitución, inservibles. La desesperación no es camino para nosotros, parece querer susurrar el portador del mortero. No puede, ahora el plomo en su boca sabe a derrota, ya no hay salvación.
La primera contracción contra la verde hoja se siente distinta, es suave, el avance se facilita. Cierra los ojos y prueba el primer bocado. Lo mastica, siente las fibras meterse entre los dientes, recuerda cuáles le dolían, siente su estómago agitarse. No seas ansioso, recuerda los reproches que recibía, nunca probarás aquellas hojas. Sin embargo, es fascinante, suave, como deslizarse en la lluvia. Por los ojos me convenció pero su sabor es inigualable, en el agua ¿habrá algo tan rico? Segundo bocado, el cuerpo le duele mientras mueve la boca. Mira para atrás con curiosidad, sigue su brilloso rastro, algo pasó en el camino: una mancha lo revela, un soldado lo hirió de muerte. Siente las astillas de pintura enterrarse a cada movimiento, piensa en el filo de la bayoneta. Mira a su alrededor, los soldados están de pie viéndolo. No temo, aunque muera, no temo, quizás este sea el verdadero camino para llegar al mar. Cierra los ojos. Siente que lo aprietan y con esfuerzo lo despegan de la planta.  

La cicatriz y los espejos

Teresa Noacco

Esta casa compró mi padre cuando regresé de haber pagado mis culpas. No sé si fue por piedad, ganas de ayudarme a retornar a la vida o para encerrarme entre cuatro paredes, tal vez peores que las de la prisión, pues están forradas de espejos.
Creo que llueve, me está vedado poder comprobarlo; siento escalofríos como si la humedad ambiental se hubiera apropiado de mi cuerpo.
Sus palabras de despedida fueron: “Acá, sin lugar a dudas, te vas a encontrar contigo mismo. Mejor dicho, vas a saber quién realmente sos”. Su voz sonó autoritaria como siempre, nunca fui su preferido.
Algo está combatiendo en mi corazón, siento esto como una cárcel de espejos, peor que la anterior. De noche miro mis manos, que interrogan la guitarra. No puedo hilvanar ningún acorde, mis canciones huyeron, me acompaña esta cicatriz rencorosa que cruza mi cara.
Un loco compañero de celda se interesaba en eso de la religión islámica. Todos los días me repetía esas frases en las que se asevera: “El día inapelable del Juicio, todo perpetrador de la imagen de una cosa viviente resucitará con sus obras, y le será ordenado que las anime, y fracasará, y será entregado con ella al fuego del castigo”.
Ese anatema retumba en mi cabeza, no me deja en paz.
Estoy peor; me persigue ese rostro ensangrentado, la voz pidiendo piedad, y yo obnubilado por el rencor.
El espejo ya roza mi nariz, casi no puedo respirar. Busco piedras que no encuentro. Pienso si habrá alguna forma de romper el hechizo. Pagué por todo pero hay alguien que no está satisfecho.
Otra vez su rostro, su voz pidiendo clemencia.
Volvió su padre y exclamó: “El sueño lo ha llevado a la culpa de Caín, no saldrá nunca de su locura”. 

El verdadero ser

Candela Gallardo

Tenía un violín antiguo de madera rojiza escondido en su armario, junto a un vestido rojo de terciopelo y un labial bordó como la sangre, que aumentaba su flujo al liberarse cada mañana cuando su casa quedaba vacía. Ya con el atuendo puesto, los labios perfectamente delineados y el cabello peinado, sacaba el violín elegante. Se sentaba y los ojos grandes de color café oscuro se le dilataban al observar con emoción los dibujos tallados por su abuelo, que tanto admiraba. Minutos después, deslizaba el arco sobre las cuerdas portentosas, y comenzaba a sonar una melodía primorosa que le abría los oídos y dejaba al descubierto su alma. Era el legado del abuelo y, asimismo, su más grande secreto en una familia tan acomplejada.
En la habitación también tenía un espejo que lo acompañaba, fino e inigualable. Ahí era exactamente donde había descubierto su verdadero ser; por primera vez, a los 12 años, había encontrado un labial de su hermana. Con asombro lo llevó hasta sus labios y los cubrió respetando cada borde. Lo supo hacer perfectamente. Se sintió maravilloso, con ansias de hacerlo toda una vida entera; porque, a pesar de haberlo descubierto en ese instante, siempre lo había llevado adentro. Desde entonces, cuando se miraba en ese espejo blanco brillante, adornado con luces de navidad -íntimo en su habitación-, comprendía, con gran certeza, que era Alan, pero que también quería ser Ana. Allí, igualmente, quedaba al descubierto su alma. Para él y para ella, el espejo y el violín eran extraordinariamente semejantes; su capacidad de reflejar provocaba brillantez. Un sentimiento único y complejo que solo podrían lograr dos objetos como estos.  

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