¿Cuál es la verdad? ¿Existe una sola verdad?

Por Patricia Mónica Ploder / Lic. en Psicología – MP 80358 / pattyplod@hotmail.com

Teóricamente sólo dos ciencias son portadoras de verdades universales: la lógica y la matemática.
En relación a las verdades de dichas ciencias, teóricamente dos más dos (2+2) da el mismo resultado siempre, en cualquier lado, en cualquier momento. Estas ciencias no son mi área de incumbencia, y hoy quiero escribir sobre las otras verdades, que no son siempre las mismas, ni en todos los casos, sino que tienen infinitos matices.
Quiero escribir sobre esas afirmaciones que no tienen alcance de universales, sino de particulares, circunstanciales, subjetivas o parciales.
Las afirmaciones que alguien pueda realizar sobre la realidad que nos es matemática no poseen el carácter de verdades universales.
Las verdades de las que voy a escribir hoy no están en la realidad misma, sino que están en los enunciados que los sujetos realizan acerca de la realidad (1).
Tampoco voy a escribir hoy sobre la realidad del inconciente (si es que el inconciente tiene alguna verdad), sino sobre las verdades que construyen los sujetos. Desde chiquitos escuchamos a nuestros adultos explicarnos cosas o los escuchamos elucubrar explicaciones y signi-ficaciones que se le otorgan a la realidad.
Por este motivo, generamos la ilusión que hay cosas que son de una sola manera, y que esa es la verdad sobre la cosa.
Las verdades construidas en algunas de estas áreas son fácilmente derribables, como por ejemplo cuál es el mejor equipo de futbol: ¿Boca? ¿River?...dependerá de cada simpatizante, aunque en algunos hogares el “verdadero” equipo es uno solo.
Pero en otras áreas no es tan simple arribar a la conclusión de que no se trata de verdades universales. “La verdad es que esos gay son enfermitos” podrá decir mi padre; “esas chicas son unas trolas” dirá mi abuela mirando un programa de televisión; “si se viste así….” diría mi tía al ver la foto de la chica que violaron y mataron; “estás enojada” diría mi nieta mientras leo atentamente un libro con el ceño fruncido; “me abandonaste” me dice mi hijito cuando lo dejé solo con la enfermera que le aplicaba la vacuna… Podríamos dar muchos ejemplos que implican valoraciones, otorgamientos de significados, intentos de explicación u ordenamiento de la realidad, que son UNA verdad pero que no son unívocamente LA verdad.
Dice Bleichmar que aparece “una discordancia entre la teoría existente y la realidad percibida” (1) que abre un debate en la relación “entre verdad y verosimilitud” (1), que son temas que remiten a la historia y la historización, ya que el imaginario es “un punto de recomposición permanente en el sujeto” (1).
Esto significa que los humanos, que somos otorgadores de significados, estamos buscando todo el tiempo una verdad que nos cierre, que nos explique o nos tranquilice. Y las fuentes de esas necesidades son múltiples, y todas al servicio de recuperar un equilibrio psíquico que la vida nos rompe todo el tiempo. Así como necesitamos saber a qué equipo de futbol halagar, o a qué partido político votar, también necesitamos saber cómo vestirnos para no ser víctimas de violadores o asesinos. Es un hecho que ninguna de estas verdades nos garantizan la tranquilidad material absoluta, pero por un rato nos garantizan la tranquilidad psíquica buscada. Necesitamos: entender, protegernos, conocer vías permitidas de acción, desculpabilizarnos, lograr aceptación social, intentar ser coherentes con nuestras ideologías…Son todos motivos por los cuales buscamos todo el tiempo generar enunciados acerca de las realidades que cargan la aspiración de cubrir la verdad universal, para hoy y para siempre, pero que son siempre parciales, subjetivas y temporarias.
La gente se pelea, se separa, arma guerras, discute, argumenta…para convencer a los otros de la propia verdad. Sólo en el mejor de los casos, podemos saber que nuestra verdad no es la misma de todos y para la eternidad entera, logrando así ser tolerantes a las diferencias, mientras seguimos sometiéndolas a crítica permanentemente a efectos de no creernos lo que no es.
No siempre que decimos “te odio” es la verdadera verdad, aunque lo estemos odiando en ese momento; ya que al mismo tiempo nuestro amor es verdadero, pero está amenazada nuestra autoestima.
Tampoco cuando decimos que no queremos algo, es totalmente verdadero, porque por ahí la verdad es que queremos, pero verdaderamente nos da miedo y de verdad que preferimos no arriesgarnos.
La próxima vez que a alguien le requiramos: “decime la verdad!!”, acordémosnos que lo que diga no será LA verdad, sino SU verdad…la de ese momento, la que le cierre al equilibrio necesario de esa circunstancia.

NOTAS
(1) 2007 – SILVIA BLEICHMAR – “La identidad como construcción” – en: “Homoparentalidades. Nuevas familias”, compiladoras Eva Rotenberg y Beatriz Agrest Wainer, de Lugar Editorial, Buenos Aires 2007

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¿Es Justo?

Por Patricia Mónica Ploder / Lic. en Psicología – MP 80358 / pattyplod@hotmail.com

En relación a mi rol como psicóloga en el Juzgado de familia, hoy estaré escribiendo sobre una flor de pregunta: ¿qué es lo justo?
Y mientras lean, por favor recuerden que no soy abogada, por lo que los términos jurídicos que utilice no partirán de una profesional del derecho.
¿Desde qué eventos me surge la pregunta?.
Hay padres o madres que luego de no ver a sus hijos o hijas por un tiempo, en las entrevistas con el equipo técnico, en el contexto de solicitar comunicación con sus hijxs, pueden decir (entre otras cosas): “no es justo, nos echó de casa y nunca se preocupó por nosotrxs” o “no es justo, yo me ocupé de lxs chicxs solx hasta ahora”.
En el juzgado, escuchando pedidos diversos, especialmente los de padres o madres que piden más dinero, o más horas con sus hijos o hijas, o piden repartir de otras formas las responsabilidades parentales… la frase “no es justo” se repite muy frecuentemente.
Recuerdo también cuando mis hijos eran chicos y les imponía algún castigo, me interpelaban con la misma frase “no es justo”.
Cuando daba clases en el secundario y entregaba pruebas escritas, muchos alumnos al ver su nota, decían “no es justo”.
Y si lo seguimos pensando en más detalle, vemos que el tema no es menor.
Hay algunas cosas para las que no quedan dudas que son injustas, como matar, quitándole la vida al fallecido y el ser amado a sus personas cercanas. Tampoco quedaría duda que para dicho delito, es justo que exista un castigo; pero ¿si es en defensa propia? ¿si mientras una mujer es violada encuentra un ladrillo y se lo parte en la cabeza al violador? ¿si una niña es abusada desde pequeña, nadie la escuchó ni la defendió, y en el momento en que descubre que el abusador arremete contra su hermanita menor a la que siempre intentó proteger del abuso, lo mata?.
Es justo que se pague por un delito, ¿pero de qué forma debe cumplirse la condena para que sea justa? ¿justa para quién? ¿para la víctima? ¿para el delincuente? ¿cuánto tiempo? ¿dónde? ¿las cárceles argentinas funcionan de una manera justa?
También es justo que todos los hijos del mundo tengan derecho a ser cuidados y tener relación con sus madres y sus padres. ¿cuántas horas? ¿cuánto cuesta económicamente un hijo?. ¿Es justo que por ser hijx, éste deba quedarse viviendo con su progenitor que ejerce violencia?.
Asimismo, es justo que padres y madres pasen tiempo con sus hijos, ¿pero cuál de ellos? ¿el padre? ¿la madre? ¿con quién vivirían lxs hijxs?. Aparte del pedido de los padres, que estaría en consonancia con sus deseos o con lo que consideran justo, existe otra gran pregunta más importante que el pedido de los padres: ¿lxs niñxs qué quieren? ¿hay una edad en la que el niño puede elegir? ¿o son cosas de adultos?
También hay diferentes visiones entre cónyuges que están disolviendo su sociedad conyugal en relación a lo que le corresponde a cada uno, y es habitual que ninguno de los dos encuentre que es justa la manera en que dicha sociedad se termina repartiendo, sin perjuicio de haber firmado un acuerdo, en el que supuestamente estaban de acuerdo.
Hay jóvenes que no han sido criados por su padre biológico, con el que no tuvieron contacto, pero que llevan su apellido porque al momento de la inscripción del nacimiento de la criatura éste lo inscribió como propio. Algunxs de estxs hijxs piden cambiar su filiación porque consideran injusto llevar un apellido que no los identifica, a veces piden el apellido materno y otras veces el apellido del marido de la madre, quien afectivamente funcionó como padre toda la vida. Derechos adquiridos, y derechos perdidos: el de la herencia, el del vínculo afectivo. ¿Qué es lo justo?.
Buscando definiciones, en un intento de hallar verdades reveladoras o universales, encontré lo siguiente: La justicia tiene como objeto la regulación de las relaciones personales, con lo que se puede inferir que habrá tantos tipos de justicia como cuantos tipos de relaciones se distingan. También encontré que justicia es aquél principio moral que inclina a obrar y juzgar respetando la verdad y dando a cada uno lo que le corresponde. Otra: la justicia es un conjunto de valores esenciales sobre los cuales debe basarse una sociedad y el Estado, estos valores son; el respeto, la equidad, la igualdad y la libertad.
Además, aprendí que el discurso jurídico buscaría pruebas fácticas que demostrarían la veracidad de los hechos, lo que determinaría sin lugar a dudas lo ventilado en el conflicto.
Pero a esta altura me animaría a afirmar que no existe una concepción universal de justicia, porque aún los hechos materiales (las pruebas) requieren de una interpretación. Por eso hay delincuentes que no van presos, y hay presos que no cometieron delitos. Por eso hay sentencias de regímenes de comunicación parental con los cuales las partes no están de acuerdo. Por eso hay femicidas que pueden acercarse a sus víctimas para ultimar su propósito y matarlas, a pesar de las medidas de protección.
La gran diferencia con la psicología, es que en el discurso psicológico, la verdad material no se corresponde ni con la vivencia ni con el deseo, que son propios de la interioridad de los sujetos. La vivencia interior le otorga a la concepción de justica otro cariz, indeterminable fácticamente. En la misma línea, el concepto de trauma, y el de daño psicológico, no son medibles objetivamente, aunque se pueda cercar su existencia de manera certera. Pero jamás se puede cuantificar.
De lo descripto hasta acá, re afirmo la existencia de otros profesionales –ajenos al derecho- que participan en el contexto judicial, que aportan desde sus disciplinas para colaborar en el trabajo con los sujetos justiciables para llegar a acuerdos lo más cercano a lo justo para todos. Estos profesionales también colaboran para ayudar a los Abogados a entender las determinaciones psicológicas de los sujetos involucrados en un conflicto judicial, colaborando en el cercamiento de las “pruebas”, una pericia es desde este punto de vista también una prueba.
Y reafirmo la importancia fundamental se la da al derecho de lxs niñxs, velando por su bien superior, lo que implica escucharlo, y no sólo en la versión auditiva de lo que dice, sino también sondenado indicadores de sufrimiento y deseo, que pueden quedar velados en la mera oralidad de los dichos. En esta “escucha” que no es sólo auditiva, también colaboran las disciplinas mencionadas.
Trabajadores Sociales, Psiquiatras y Psicólogos trabajamos junto a los Abogados en el Juzgado de Familia, en un intento de que lo justo sea lo menos injusto posible para los sujetos que solicitan ayuda.

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Abordajes Psicologicos posibles en Familias

Por Patricia Mónica Ploder / Lic. en Psicología – MP 80358 / pattyplod@hotmail.com

En mis dos lugares donde trabajo como psicóloga, los abordajes que se realizan en familia son importantes, pero muy diferentes. Desde mis fundamentos, tomo la misma concepción de familia para ambas tareas. O sea que no cambia mi concepción de familia, pero lo que sí cambian son los modos de las intervenciones en un lugar y en el otro.
Copio dos definiciones de familia, que me son funcionales:
La primera, de Eva Giberti, dice: “La familia es una institución histórica, social, política, biológica, económica, capaz de aportar el sostén psicológico que precisan los recién nacidos – y todos sus miembros- para realizar su desarrollo e insertarse en el mundo social; también la familia es la encargada de transmitir su filosofía de vida, sus convicciones religiosas –o no- y morales, ya que un sujeto humano reclama esas dimensiones para su crecimiento como ser solidario y convivencial”.
La segunda, de Bruno Bettelheim: “Una familia es feliz si, cuando las cosas le van mal a uno de sus miembros, todos los demás le apoyan y hacen de su desgracia una preocupación común. Una familia feliz no es aquella en la que nada va mal nunca, sino aquella en que, cuando algo va mal, al causante o a la víctima no se le echa la culpa de lo que sucede, sino que recibe ayuda en su desgracia. Porque si uno de los miembros de una familia anda alicaído y nadie le ayuda a levantarse, ¿cómo puede sentir que su familia es el refugio que le brinda seguridad?”.
La familia es la matriz donde se constituyen los seres humanos, es el lugar donde se entretejen la mayor parte de los hilos que constituye a cada ser humano. Fuera de la familia, existen infinitas experiencias que aportan a este tejido, pero la hilandería (para seguir con la metáfora del tejido) fundamental es la familia, tanto para los menores como para los mayores.
El trabajo del consultorio probablemente sea más claro. Hay una persona que necesita ayuda terapéutica y realiza la consulta al psicólogo, en general por decisión propia. Si el que necesita ayuda es un niño o un adolescente, será imprescindible trabajar tanto con el paciente niño o adolescente, como con la familia, especialmente los padres. Pero también pueden estar incluidos en ese trabajo los hermanos, la nueva pareja de la madre, los hijos de la nueva pareja del padre, los abuelos, la niñera, y cualquier persona significativa del entorno del paciente que forme parte de lo familiar del niño. Es importante recalcar acá que lo que define a una familia no son los lazos biológicos, sino los afectivos, de convivencia, de afecto, de contención, de responsabilidades…
También puede ocurrir en el consultorio que el grupo familiar pida ayuda como grupo, sea la pareja o la familia entera, motivo por el cual, el paciente es el grupo familiar consultante.
Existen especialidades en psicología, como en todas las profesiones, que forman al profesional en diferentes abordajes. Existen especialistas en niños, en adolescentes, en adultos, en familia, en pareja, en psicodiagnósiticos y en muchas otras especialidades. En el último caso referido, la familia buscará a un especialista en terapia familiar, que los ayude a lograr funcionalidad en los vínculos y a aliviar el sufrimiento por el que consultan.
En el consultorio, la mayoría de la gente pide los tratamientos por inquietud propia, y no son obligados a permanecer en el tratamiento. Los profesionales intervienen en un proceso que es terapéutico, que apunta a una cura, y que en general se prolonga en el tiempo.
En cambio, los motivos por los cuales una familia requiera la intervención en un juzgado, que es otro de mis lugares de trabajo, deviene de un proceso en el que la familia necesita de la intervención judicial para resolver problemas; aunque no siempre desean dicha intervención. Entonces se puede solicitar que el equipo técnico de un Juzgado de Familia colabore, formado por peritos psiquiatra, psicólogo o trabajador social. Dicha intervención se produce para abordar una problemática muy precisa con intervenciones muy delimitadas. Dichas intervenciones pueden ser diagnósticas, a efectos de informar al Juez o al Asesor (por ejemplo) acerca de la situación de una familia particular, o de colaboración en un proceso que se llama Etapa Previa, en la cual se trabajan en equipo interdisciplinario los temas sobre los cuales deben llegar a acuerdos los causantes del proceso, que son familias en conflicto.
Quienes pueden pedir la intervención pericial, diagnóstica, en una familia, pueden –por ejemplo- ser: el Juez, el Consejero, o el Asesor de menores e incapaces, en un proceso que se llama Etapa de conocimiento. Este proceso puede ser, por ejemplo, en el contexto de una denuncia por violencia familiar (ley 12569).
Como no soy abogada, no corresponde que abunde en el mundo de las leyes; por este motivo continuaré con lo que hace a mi disciplina, dando algunos ejemplos de las intervenciones posibles de un psicólogo en un Juzgado de Familia.
En la Etapa Previa, hay una pareja que se separó, que tiene hijxs en común y no pueden llegar a ponerse de acuerdo respecto a con quién van a vivir lxs hijxs, cuánto dinero aportará cada uno, quién se encargará de tareas diarias de lxs hijxs (consultas pediátricas, lavado de ropa, etc.) y otras cuestiones que siendo que la pareja ya no es conyugal, pueda seguir siendo funcional en lo que hace a lo parental. La intervención apunta a que puedan continuar funcionando como pareja parental a pesar de que ya no son pareja conyugal, e independientemente de la sociedad que hayan establecido o disuelto: casamiento, divorcio, convivencia... Puede ocurrir que el miembro que es “dejado” no haya podido elaborar el duelo de la separación, motivo por el cual, sin proponérselo abiertamente de manera consciente, deposite en las cuestiones de lxs hijxs el lugar donde dirimirá el dolor por la pérdida del proyecto vital que tenía. En este caso, el psicólogo tendrá entrevistas con esta pareja, colaborando con ellos para delimitar las cuestiones individuales de ellos de las que hacen a los niños. El psicólogo irá decidiendo cuál es el abordaje pertinente según el momento: entrevistas individuales con cada miembro de la pareja o conjunta con ambos. Al mismo tiempo, se comunica con el Consejero que mantendrá las audiencias con los abogados de ambos para colaborar en propuestas sucesivas que ambos puedan acordar, a partir del trabajo con el Psicólogo del Equipo Técnico. Por ejemplo, en relación a los tiempos en que lxs hijxs estarán con cada uno de sus progenitores y las familias extensas (tíos, abuelas, padrinos….). En este proceso, también puede citarse a lxs hijxs para escucharlos, considerando permanentemente el valor supremo del Juzgado de Familia: el bien superior del niño. Un porcentaje alto de familias logra llegar a situaciones aceptables para todos luego de las elaboraciones devenidas de este trabajo. Desde estas intervenciones también se puede sugerir que algún miembro de esta familia realice algún tipo de tratamiento que colabore a resolver la problemática: psicológico, psiquiátrico, psicopedagógico u otro.
En cambio, en lo que se llama Etapa de Conocimiento, no hay acuerdo posible, porque hay derechos vulnerados, sobre los que se requiere una intervención de la justicia que impliquen sentencias o medidas que protejan a quienes necesitan ser protegidos. Puede necesitarse una guarda, cuando un niño no pueda estar con sus progenitores y su abuela se hace cargo (el abrigo es una medida transitoria que emite otra instancia). Puede haber una intervención en un proceso de adopción, tanto en las evaluaciones por las cuales se emite una medida de adaptabilidad para un niño que no posee familia o referentes afectivos cercanos a su familia de origen que se hagan cargo de él, como luego en el proceso de adopción de este niño por una pareja anotada como adoptantes. Se trabaja en la vinculación del niño con esta pareja. El Equipo Técnico evalúa y acompaña según estime el Juez, en cada uno de estos momentos. También puede haber una mujer golpeada, insultada, acosada que pida ayuda para que su pareja o ex pareja no ejerza más violencia sobre ella, y a veces sobre los hijos de ambos. El Equipo Técnico evalúa, y el Juez toma las medidas de protección pertinentes. Asimismo, brinda orientaciones a las víctimas de violencia, como por ejemplo la necesidad de un apoyo psicológico especializado en violencia. Si existe una denuncia por abuso sexual, el Equipo Técnico también intervendrá, sin perjuicio de que otros fueros tomen intervención también, como Penal por ejemplo, al considerarse que el abuso sexual de un menor es un delito.
En todos los casos referidos, y en todos aquellos que no describí, la intervención del psicólogo tiene en cuenta inevitablemente la complejidad de los seres humanos, y todo lo estudiado viene a la praxis concreta con la tarea de atender a esas personas. En todos los distintos ámbitos a los sujetos de la intervención se los considera desde su complejidad, pero por ejemplo en el Juzgado de Familia lo que cambia es el modo de la intervención y el alcance de la misma debido al encuadre del sistema o de la institución. Parecería así que la complejidad se resume. No es así, lo que se resume es el tiempo en que dura la intervención, y la cantidad de intervenciones, y por lo tanto los alcances de la misma. Apunta a aportar elementos para que dicha intervención sea el punto de partida para que estas familias puedan utilizar recursos de los que no disponían para elaborar lo que les toca, para recuperar funcionalidad. No es el sistema judicial donde las familias deben realizar todos sus recorridos; lo más deseable es que si llegaron ahí porque no pudieron de otra manera, en el corto plazo la familia y los niños dejen de ser “judicializados”, si pueden seguir recorriendo por sí mismos un camino de recuperación del respeto entre ellos, del cuidado recíproco y de la funcionalidad de los roles.
Para resumir: la valiosa intervención del Psicólogo en el Juzgado de Familia es acotada, pero facilitadora en familias que pueden recuperar funcionalidad. Y en los casos en que los derechos de un miembro de una familia esté vulnerado, es contundente buscando la mejor protección –dentro de los dispositivos existentes- para el vulnerado, víctima indefensa. Y siempre trabajando en interdisciplina, respetando la complejidad humana.

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Violencia de género

Por Patricia Mónica Ploder / Lic. en Psicología – MP 80358 / pattyplod@hotmail.com

Lo que deseo diferenciar en este escrito es qué se considera específicamente violencia de género. Hay muchas formas en que la violencia se ejerce y se padece, pero al hablar de la violencia de género se alude particularmente a la situación en que la víctima es una mujer y el victimario es un varón, ejerciendo actos de dominación sustentados en los preceptos de la cultura patriarcal hegemónica.
En esta conceptua-lización, si una mujer ejerciera violencia hacia un varón, a eso NO se la considera violencia de género, aunque sea desde el género femenino contra el masculino; ni contra su hijo, o su padre o su marido.
La cultura patriarcal, milenaria, ha naturalizado que los varones tienen todos los derechos sobre las mujeres, que serían de su propiedad. Estos “permisos” ancestrales implican que el varón pueda controlar, descalificar, someter, administrar…la vida de sus mujeres; y las mujeres han naturalizado estos derechos de sus hombres sobre sus personas y sobre sus bienes. Los modos de funcionamiento esperados para ambos géneros están internalizadas y son transmitidas de generación en generación. Lo que completa este modo ancestral de funcionamiento es el sufrimiento que las mujeres tienen por estas conductas masculinas.
Entonces, se utiliza el término violencia de género para denominar todas aquellas conductas violentas masculinas contra las mujeres, y que dejan secuelas.
Las conductas violentas pueden ser: simbólicas, verbales, sexuales, económicas, físicas… que en lo cotidiano aparecen bajo la forma de microviolencias, pequeñas pero muy frecuentes.
El efecto de estas microviolencias se compara con lo que produce la gota en la piedra, una horadación lenta pero efectiva.
La violencia nunca es una conducta aislada. No es una reacción de enojo. Es una conducta que tiene una intencionalidad y una direccionalidad, que tiene como objetivos el CONTROL y el PODER de la conducta del otro. Si no somete la voluntad del otro, no es violencia.

La LEY DE PROTECCION INTEGRAL A LAS MUJERES, 26.485, refiere:
“Se entiende por violencia contra las mujeres toda conducta, acción u omisión, que de manera directa o indirecta, tanto en el ámbito público como en el privado, basada en una relación desigual de poder, afecte su vida, libertad, dignidad, integridad física, psicológica, sexual, económica o patrimonial, como así también su seguridad personal. Quedan comprendidas las perpetradas desde el Estado o por sus agentes.
Se considera violencia indirecta, a los efectos de la presente ley, toda conducta, acción omisión, disposición, criterio o práctica discriminatoria que ponga a la mujer en desventaja con respecto al varón.”
¿Por qué es importante delimitar lo que significa la violencia de género? Porque debido a los siglos de patriarcado, con sus ideologías mediante, se han establecido modos de funcionamiento que naturalizan las conductas de hombres y mujeres, por lo que muchas veces es imposible que las mujeres víctimas puedan salir de una situación de violencia por sus propios medios. Todas las violencias son devastadoras, y colocan a la víctima en un lugar de difícil salida, pero la violencia de género está tan enquistada en nuestros imaginarios, que –al naturalizarla- ni se nos ocurre que el victimario (hombre) esté ejerciendo violencia, o legitimamos su derecho a hacerlo. Asimismo, las víctimas (mujeres) al naturalizar también su condición de subalternas, ni se les ocurre que tienen derecho a ser tratadas de otra manera. De la misma manera, a efectos de intentar sobrevivir psíqui-camente en lo cotidiano, no pueden terminar de registrar los signos y los síntomas que el sostenimiento crónico de la violencia les produce, llegando a veces a estados psicopatológicos graves, que podrían no haberse producido si no hubieran estado expuestas crónica-mente a dichas situaciones.
Aparecen distintos mecanismos de defensa que son propios de las situaciones de trauma, que permiten a la persona sostenerse en los otros ámbitos de su cotidianeidad: la negación, la disociación, la desmentida, la racionalización, entre otros.
A efectos de delimitar si lo que la mujer viene a relatar cuando pide ayuda es violencia de género, se consideran las manifestaciones subjetivas de la mujer, los afectos concomitantes, los mecanismos de defensa puestos en juego, los relatos de los diferentes eventos ocurridos a lo largo de la historia de convivencia entre el violento y la víctima, y todo aquello que permita visibilizar la violencia de género, inferir las secuelas y colaborar en la ayuda a la víctima.
Haciendo hincapié en lo que la víctima puede relatar, refiere: el ejercicio de control de parte del hombre. Refiere, por ejemplo, que siempre la va a buscar a todos lados, o que le revisa sus cajones o su cartera, que le mira el celular. También puede relatar que progresivamente la fue aislando de sus vínculos significativos, como por ejemplo de herman@s o amig@s, con el objetivo de incrementar la dependencia a su propia persona, y de cercenarle las posibilidades de recibir ayuda. Puede relatar la existencia de celos, a veces patológicos, por los cuales el hombre le cuestiona acerca de sus conductas en relación a otros, especialmente hacia hombres, pudiendo llegar por ejemplo a insultarla por supuestos coqueteos que el señor inculpa a su mujer, en relación por ejemplo a un compañero de trabajo. Puede existir un acoso de su parte, especialmente cuando la mujer va tomando distancia y cambiando su posición de víctima sometida. Por ejemplo, el señor se puede aparecer sin avisar en la esquina de su trabajo, o publicar cosas inconvenientes en redes sociales para intimidarla o acosarla. Otras formas en que las microviolencias se manifiestan son: denigración, humillación, intimidación, indiferencia ante la demanda afectiva, amenazas. El hombre le cuestiona cualquier comida que ella prepare, le dice que no sabe nada, la amenaza con alguna consecuencia penosa para intimidarla, le niega afecto sistemáticamente, y otro tipo de conductas similares que van ocurriendo sistemática y progresivamente horadando la autoestima de la mujer. Todas estas maniobras, consideradas de forma independiente, podrían enmarcarse en una disputa de pareja clásica, pero lo que se constituye en violento es la repetición y la duración en el tiempo, así como la asimetría en los intercambios.

Hirigoyen, Marie France: “Mujeres Maltratadas” (2005)
Bonino Menéndez “Develando los micromachismos de la vida conyugal” (en “Violencia masculina en la pareja”, Jorge Corsi compilador, Ed. Paidós)

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La construcción de la masculinidad, y la construccion del machismo

Por Patricia Mónica Ploder / Lic. en Psicología – MP 80358 / pattyplod@hotmail.com

Los modos de funcionamiento de los géneros se construyen complejamente, en combinación de múltiples factores que interactúan. En un esfuerzo de simplificación teórica, voy a intentar sintetizar parte de lo que se ha escrito en relación a la construcción de la masculinidad.


La masculinidad occidental está construida alrededor de los mandatos de género que prescriben roles esperados para los varones. Se espera que se construyan alrededor de la esfera de la acción, a expensas de la represión de la esfera de los afectos. Eso significa que de los varones se espera que hagan, proyecten, concreten, ganen, conquisten sin conectarse con los sentimientos que podrían inhibir dichas acciones, como el miedo, la empatía, la vergüenza pues se considera que el sentimiento no es ámbito del varón, ya que las mujeres deberían ser las guardianas de los afectos, y que por eso serían buenas maestras, enfermeras, trabajadoras sociales o psicólogas; profesiones que implican una conexión afectiva en sus prácticas profe-sionales.
Los varones deberían ser conquistadores, gana-dores, millonarios o guerreros, tareas que implican una valorización de la acción.
El varón lograría construir intrapsíquicamente estos procesos principalmente por dos vías: la identificación con lo masculino (su padre y otros modelos de varones cercanos) y por el repudio a lo femenino (su madre, sus hermanas), y por extensión el repudio a todo aquello que no forme parte de los roles masculinos esperados (otras mujeres, niños u homosexuales).
La consecuencia del ejercicio de estos mandatos ineludiblemente está ligada al poder, su uso y su ejercicio. El ejercicio del poder en las relaciones puede estar a su vez ligado al uso de las violencias como forma de llevar a cabo la ejecución efectiva de la dominación prescripta. “Se suele decir que el hombre llega a la violencia para sostener su primacía frente a las mujeres y frente a los hombres por mandato competitivo. Un poco menos dicho, pero no menos evidente es el pacto entre hombres para invisibilizar la violencia contra la mujer”. (1)
Ser varón no implica necesariamente ser machista, pero puede haber apenas un paso entre ambos modos: la masculinidad y el machismo.
El machismo implica el empoderamiento extremo de las acciones prescriptas para la masculinidad, y necesa-riamente implican el uso de violencias verbales, físicas, económicas, emocionales…a efectos de mantener la hegemonía del poder.
La naturalización de lo que se espera para los varones, implica en parte también la natura-lización de las violencias ejercidas por ellos. El primer paso para salvar a hombres y mujeres de este círculo de uso y abuso de poder implica cuestionar la no naturalidad de los mandatos esperados, y la no naturalidad de las acciones devenidas de estos mandatos.
Ni el poder debería ser parte ineludible de la masculinidad, ni el llanto sería propiedad exclusiva de lo femenino. Hombres y mujeres tienen iguales derechos (y permisos) de ganar o de llorar, pero ambos tienen la obligación (y el permiso) de ser corteses y amables con sus semejantes.
Recordemos que las diferencias no deben sentar desigualdades. Todos los hombres y todas las mujeres somos diferentes, así como lo somos todos los seres humanos, pensarnos iguales es una idealidad. Por lo que debería trabajarse es para la igualdad de derechos, esto es que nadie deba sostener una hegemonía del poder.
Esta tarea implica una deconstrucción de estos modelos que obligan a ciertos hombres a mantener el poder a cualquier precio. Esta deconstrucción puede ser trabajada en distintos ámbitos: la escuela, el trabajo, los medios de comunicación...propiciando la visibilización y el análisis de los modelos prescriptos para hombres y mujeres, y favoreciendo de esa manera un cambio profundo en nuestra sociedad.
Erradicar la violencia no implica solamente penalizarla (aunque sea ineludible), sino también analizar el contexto de su surgimiento y de su prescripción. Un hombre que ejerce violencia es culpable de los actos violentos y de los daños que produce, pero puede no ser consciente de su necesidad de ejercer poder ilimitadamente y a cualquier precio.
(1) ”Las Vestiduras de la Masculinidad. Con Bastante Tela Para Cortar”, escrito por Lic. Jorge Garaventa

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La protección de las mujeres ante la violencia

Por Patricia Mónica Ploder / Lic. en Psicología – MP 80358 / pattyplod@hotmail.com

Es habitual que la gente se pregunte por qué las víctimas de violencia son las que deben irse de sus casas, y no son los hombres violentos los que deben irse.


Efectivamente, existe la figura de “exclusión del hogar” que habitualmente se otorga junto con la “restricción perimetral” cuando se realiza una denuncia por violencia. Pero en los casos extremos es la mujer la que debe irse, y voy a tratar de explicar por qué.
Hablo de hombres violentos y de mujeres víctimas, porque de esto se trata el artículo de hoy: femicidios, o sea asesinatos de mujeres a manos de hombres cuyo objetivo es eliminar a esa mujer. Es un asesinato por causa de género. No tiene como razón el ocultamiento de otro crimen (robo, estafa…), sino el exterminio de una mujer, porque es mujer, y se resiste a obedecer. La violencia es consecuencia de que quien la ejerce no sabe resolver los conflictos en la convivencia de otra manera que no sea doblegar a los que viven con él.
La persona violenta ejerce su manipulación de distintas maneras, a veces de forma más invisible y a veces de manera más explícita. Para doblegar a sus víctimas utiliza, entre otros, los siguientes métodos: denigraciones, descalificaciones, manipulaciones sobre la autonomía económica de su víctima, gritos, insultos, cercenamiento progresivo de los vínculos afectivos cercanos de la víctima, golpes, intimidaciones, amenazas…
El objetivo es siempre doblegar a la víctima para tenerla a su disposición absoluta.
Si por cualquier motivo su víctima se defiende o intenta recuperar su libertad, el violento se enfurece, y comienza a redoblar sus ataques.
En algunos casos, justamente es el momento de la denuncia el que enfurece exponencialmente al violento, quien encuentra en el asesinato su única forma de evitar perder a su víctima esclava. Este hombre violento pasa en ese momento a ser un femicida.
Jamás se puede anticipar el nivel de letalidad del violento, y es preventivo partir de la idea que cualquier violento es capaz de terminar con la vida física de su víctima, teniendo en cuenta que progresivamente fue intentando terminar con la vida psíquica de ella.
Es por eso que cuando una mujer visibiliza su condición de víctima y decide salirse de ese lugar debe preservarse con todas las herramientas posibles para no ser una muerta más, asesinada sólo por resistirse a ser el objeto del victimario, sólo porque su furia no admite que esa mujer se resista.
Esas herramientas son las medidas de protección que se brindan en el momento de la denuncia, pero también son las que esa misma mujer vaya construyendo en la toma de conciencia de la situación de peligro en la que probablemente esté. Eso significa, que debe alejarse del violento, irse a vivir con quien la proteja, no permitir ningún tipo de acercamiento del violento ni que él le prometa que va a cambiar, ni pidiéndoles disculpas. Debe erradicar la ingenuidad y la credulidad ante las promesas y las amenazas de aquél que ya la violentó tantas veces de tantas maneras.
En muchos casos, la exclusión y la medida “perimetral” son suficientes. El violento termina aceptando que su víctima ya no es su esclava, y deja de hostigarla. Generalmente busca a otra víctima. En estos casos su objetivo es someterla y doblegarla, tenerla a su servicio, y a lo mejor no tiene en sus planes matarla, pero nunca se sabe…
En el momento en que el violento se entera de la denuncia, su furia se enardece y el acto brutal femicida puede suceder en un instante. Así, el violento se convierte en femicida después de matar a una mujer, y ya es tarde.

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Los Mandatos

“Que todo sea como está mandado, y que no mande nadie”. Joan Manuel Serrat
En el colegio alguna vez nos contaron sobre las máximas de San Martín, transmitidas a su hija Merceditas, y una de ellas decía algo así como “serás lo que debes ser o no serás nada”.

Existen en todas las culturas prescripciones y prohibiciones que nos indican cómo debemos ser, casi a riesgo -como dice la máxima- de no ser nada (o nadie).
San Martín repetía una indicación que la cultura transmite a sus miembros. Muchas veces los mandatos no son ni justos, ni razonables; y generan en las personas serios conflictos cargados de gran angustia.
Por ejemplo, si un hijo de familia de profesionales decide no ir a la Universidad, y si la familia ha validado el mandato de que hay que ser universitario, este hijo transitará por un camino con más dificul-tades para defender su decisión que si esa decisión hubiera coincidido con el mandato. Todos los ideales culturales son transmitidos en forma de mandatos, e internalizados por todos los humanos. Puede ocurrir que en relación al mismo tema haya varios mandatos, que probablemente se contradigan, lo cual también genera conflicto. Por ejemplo, existe hacia las mujeres tanto la prescripción de que ser buena madre es quedarse en casa con los hijos, pero al mismo tiempo se prescribe que la mujer se realice laboralmente y gane su propio dinero.
Estos mandatos están cargados ideológicamente de lo que está valorizado o desvalorizado y hasta de desestimas acerca del concepto. Lo prescripto es lo valorizado y lo prohibido es lo desvalorizado. ¿Pero si lo prescripto es quedarse en casa y salir a trabajar?, tareas difícil de compatibilizar sin conflicto.
Como ejemplo de la desestima, muchas veces tendemos a considerar que las tareas domésticas no son un trabajo ¿porque con él no gana dinero?. En estos casos, si se le pregunta a la mujer: “¿trabajás?”, probablemente responda que no. Ahora si la pregunta es “¿ocupación?, probablemente dirá “ama de casa”. Anecdóticamente reproduzco una conversación de mujeres, portadoras también de estas contaminaciones ideo-lógicas: “¿Trabajás hoy?”, me preguntaba una amiga, refiriéndose a mi trabajo en el consultorio, y si ese día yo no iba al consultorio, le contestaba: “sí, de mamá y ama de casa”, queriendo visibilizar ante nosotras mismas, mujeres atravesadas por estos mandatos, que el doméstico también es un trabajo, en un intento de no desvalorizar o no desestimar dicho trabajo.
Entonces, los géneros también están atravesados por mandatos, que les imponen determinados tipos de conductas ante determinadas situaciones, a veces contradictorias, como ya dije. Por ejemplo, se espera de un hombre una cuota de agresividad, que tenga ambiciones económicas, que no llore…y a su vez se le indica que sea tierno con sus hijos, o que logre no deprimirse si se queda sin trabajo y sin ingresos. Los géneros heredan mandatos que exigen ciertas formas de funcionamiento, en los roles sociales, que estarían signados por la pertenencia al sexo anatómico. Se esperan roles de varón a aquellos portadores de genes xy con anatomía masculina, y lo propio para las portadoras de xx. Actualmente estamos mucho más abiertos a revisar estas cuestiones, permitiéndonos pensar cada vez más en lo complejos que somos y en los “permisos” que tenemos para funcionar de infinitas maneras, más allá de nuestras anatomías. En otra época la anatomía, que signaba un masculino, le imponía funcionar sometiendo a su familia, esto es a su mujer y sus hijos. Afortunadamente, los vínculos van siendo más abiertos, más éticos, visibilizando los derechos de tod@s: niñ@s y adultos, a funcionar más libres de estas estrictas prescrip-ciones que dejaban a los humanos anclados a modos de funcionamiento rigidizados, y de los que en general no eran concientes.
Se suponía como “naturales” el ejercicio de esos roles.
Lo que es “natural”, del orden de la naturaleza, no puede cambiarse; lo que es ideológico sí puede cambiarse, pues está sostenido en juicios valorativos.
Como todo en el ser humano, que es exponen-cialmente complejo, las expectativas culturales atraviesan a las personas produciendo formas de funcionar en los vínculos y en las tareas diarias.
Durante siglos se esperó que la mujer fuera dócil a cualquier decisión de su padre o su marido, y no sólo recibía un castigo exterior (hoguera, pedradas, golpes, insultos) totalmente validado por el entorno, sino que también en su interior se producía un conflicto. Ella podía imaginarse y desear que a lo mejor podría no ser de esa manera pero algo interior le indicaba que tenía que acatar; y si no lo hacía la culpa la embargaba.
Es probable que fluctuara entre el acatamiento al mandato y un intento de transgredirlo y socializar su discusión, para intentar su modificación. A quien sea amante del cine, le recomiendo la película francesa del 2011, “La fuente de las mujeres”. En este film se muestra claramente el intento de un grupo de mujeres de cambiar los hábitos ancestrales, sustentados en mandatos, y cómo cada mujer y cada familia pueden sostener esta lucha, atravesada por: formas individuales de funciona-mientos intrapsíquicos (dentro de la propia mente de las esposas y de los esposos), las tradiciones y costumbres del pueblo insertas en una cultura de un lugar geográfico particular en determinado momento histórico y otros factores que describen el conflicto por la provisión del agua al pueblo y sus avatares en relación a esta tarea que ancestralmente fue res-ponsabilidad de las mujeres, a un alto costo, pero acatada por los mandatos.
En otro artículo futuro, intentaré abordar la violencia desde esta línea de pensamiento, que pone a los hombres en determi-nado lugar y a las mujeres en otro complementario, que sostiene circuitos de violencia por años, de los cuales habitualmente las víctimas son l@s niñ@s y las mujeres.

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Las vacaciones

Lic. Patricia Mónica Ploder / Lic. en Psicología / MP 80358

“Tal como nos ha sido impuesta, la vida nos resulta demasiado pesada, nos depara excesivos sufrimientos, decepciones, empresas imposibles. Para soportarla, no podemos pasarnos sin lenitivos («No se puede prescindir de las muletas», nos ha dicho Theodor Fontane). Los hay quizá de tres especies: distracciones poderosas que nos hacen parecer pequeña nuestra miseria; satisfacciones sustitutivas que la reducen; narcóticos que nos tornan insensibles a ella. Alguno cualquiera de estos remedios nos es indispensable.” Freud

En relación a mi vida, este verano no me fui a ningún lado de viaje. Me tomé días libres, dudando si en ellos descansaría, cuando comencé a preguntarme si eso eran vacaciones o no. Descubrí que no es el lugar lo que hace a las vacaciones, sino al modo de vivir ese tiempo de descanso. Entonces, decidí vivir intensamente cada uno de esos días, aunque me haya quedado en casa.
Y en relación a la vida de mis pacientes, ellos muchas veces me hablan de sus cansancios, de sus necesidades de tomarse un descanso. En estas ocasiones, yo les hablo del recreo, de ese rato intermedio entre dos actividades que nos permite despejarnos y relajarnos. En el colegio, pedíamos a gritos en recreo, ¿lo hacemos en la vida adulta? ¿realmente tomamos ratos intermedios en nuestras vidas cotidianas para despejarnos y relajarnos? ¿o seguimos todo el tiempo en actividad, pensando y haciendo?.
Asimismo, en un boletín de mi obra social, escribían sobre este tema, dando tips para aprovechar el descanso de las vacaciones.
Quiero compartir con ustedes las cosas que pensé e investigué acerca de los recreos y las vacaciones.
Para empezar, busqué el significado etimológico de la palabra, y encontré que vacatio y vacationis implican una dispensa de un trabajo o una obligación, o un tiempo en que un cargo está vacante o desocupado. Asimismo, vacare significa estar vacío, estar desocupado. Recreo viene de recreare, que significa crear de nuevo, revivir, restablecer, reanimar, reparar o vivificar los ánimos y las fuerzas. Recreo es todo aquello que nos vivifica y reanima, porque nos repara del trabajo, nos divierte y nos deleita.
Ambos términos, vacaciones y recreo, se refieren entonces a la posibilidad de tener un tiempo vacío de cargas que nos repare y reviva. Pero ¿de qué? ¿cómo?.

Los otros seres de la naturaleza también trabajan para lograr su sustento, y algunos de ellos también se estresan, pero los humanos somos los seres más complejos que existen en nuestro mundo. Los motivos por los que nos estresamos también son múltiples, y para ellos necesitamos “lenitivos” (o calmantes), como dice Freud. La idea es reconocer qué nos agobia y cansa, y lograr establecer lo que nos sirve de calmante para repararnos. Gran parte de las demandas culturales y laborales implican una renuncia constante a parte de nuestras satisfacciones.
Cuando suena el despertador, debo renunciar a seguir durmiendo. Cuando tengo que terminar un trabajo, renuncio al descanso y hago horas extras. Cuando se me impone la necesidad de tener cuidado personal y estética, puedo dedicarle varias horas mensuales, entre afeitadas diarias, maquillajes, tintura para el pelo, cuidado de manos y pies, depilaciones, baños de crema y otras actividades. Si bien todo lo que acabo de mencionar es placentero para cierto aspecto de mi psiquismo, pues cumplo con mandatos de mi cultura, también implica un sometimiento doloroso y de renuncia. Lo novedoso en los seres humanos es que aquello que le resulta displacentero a un sistema le puede resultar placentero al otro, y sostener esta dinámica tiene un costo. Por ejemplo, el tiempo dedicado a ese trabajo extra, es extremadamente cansador, pero me da el placer de la obligación cumplida, de ser un buen trabajador y de ganarme la felicitación de mi jefe, y un probable ascenso luego de varios esfuerzos similares. No sólo cansa el esfuerzo, sino también la tensión generada entre estos dos mandatos, que desde mi interioridad me mandan a hacerlo y a abandonarlo, al mismo tiempo. Esto se llama "conflicto intrapsíquico”, porque es dentro de mi psiquismo, entre mis propias determinaciones contradictorias.
De este tipo de cosas es de las que necesitamos descanso; y no sólo de la tarea en sí. La leona descansa de cazar, se estresa si tiene hambre, pero no existe en su psiquismo conflicto intrapsíquico ninguno, ya que no posee nuestra complejidad. Un caballo descansa luego de su largo recorrido de cabalgata reponiendo su cuerpo para la próxima vez, pero sin conflicto intrapsíquico tampoco.
Con un mínimo esfuerzo, haga usted mism@, lector@, un ejercicio de introspección. Busque dentro de usted mism@ alguna situación reciente que l@ haya cansado, estresado o exigido. A poco de recorrer la situación descubrirá que las motivaciones, exigencias, ganancias y renuncias son múltiples, y al servicio de todos sus sistemas anímicos. Recuérdese decidiendo qué hacer ante esa situación y registrará que tuvo dudas, y probablemente angustia ante la decisión. Este esfuerzo ante los conflictos cansa, y mucho; todo el tiempo, todos los días.
Si varias veces a la semana usted se regala a usted mism@ ratos de ocio, en los cuales intente descansar de este gran trabajo psíquico, se estará dando mini vacaciones aunque no se haya ido de viaje a ningún lado. Su vida será un poco más fácil si deja su ocupación vacía por un rato y recrea un nuevo estado de ánimo.
Pensando al recreo y a las vacaciones –entonces- como un descanso de la tarea, pero también de las exigencias internas…es necesario no sólo una vez al año, sino todos los días.

Freud, Sigmund, 1930, “El malestar en la cultura”
www.omint.com.ar/Website2/Default.aspx?tabid=3605
“El tiempo libre debería cumplir con una triple misión: ser un tiempo de descanso, de diversión y de desarrollo. Saber aprovechar el tiempo libre es algo que se aprende”
“Hacer una pausa en vacaciones implica no crear un mundo paralelo al cotidiano sino comenzar a recorrer espacios donde uno se encuentre más con el deseo que con la obligación”
http://etimologias.dechile.net/?vacacio.n
http://etimologias.dechile.net/?recreo

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Decidió no ser una más

Lic. Patricia Mónica Ploder / Lic. en Psicología / MP 80358

Abrió su cartera y sacó una hoja doblada cuidado-samente, diría que estaba escondida entre sus cosas. Con la mano temblando un poco, me la entregó, y me dijo: “no me pega ni me grita, y es muy trabajador, pero me pasa esto, ¿me podés ayudar?”.
La leí en voz alta, lentamente, mientras ella escuchaba. Su cuerpo entero se conmovía mientras avanzaba en la lectura de la carta que le escribió a él, y nunca le entregó.
No hay mejor testimonio de su sufrimiento que la propia carta.


“Mientras mi corazón todavía siente, tengo que decirte todo esto. Hace mucho tiempo que estoy triste, y esta tristeza me está matando el corazón. Antes que se muera del todo, y empiece a ser el robot que no quiero ser, te voy a decir lo que siento.
Vos podés hacer con esto lo que quieras, pero a mí así se me hace insoportable.
Pocas cosas me dan alegría, no soy feliz, me siento cautiva. Vivo en un pequeño palacio, que me gusta mucho, pero ahí estoy triste, porque estoy bastante sola, ya casi no veo a los que eran mis amigos. Mis tiempos libres son sólo para estar con vos, para que no te enojes si los comparto con otras actividades.
Quiero evitar a toda costa que estés de mal humor, por eso trato de atenderte y sostener mi atención hacia lo que necesitás o te pasa. Pero no lo logro, y cada vez menos.
A lo mejor mi tristeza te enfurece, pero mi tristeza tiene que ver también con vos, con las cosas que nos pasan. Me gustaría que la entendieras, y no que la cuestionaras. Me pedís una sonrisa, y que borre mi cara de culo. Pero no puedo ser feliz si no puedo ser yo misma, si la espontaneidad me está prohibida.
Vos estás siempre de mal humor, nada te cae bien. Cada vez te enojás más con todo. Te enojás con los políticos, con el que te atiende en el kiosco, con el que te cobra el peaje, con tu jefe. Si te enojás conmigo, me decís que es por culpa mía, que yo digo boludeces o que te pregunto bobadas. O si yo te hago el mismo tipo de bromas que vos me hacés a mí, te enfurecés. Entonces, mis silencios son cada vez más largos, lo que también te enoja. Parece el cuento de la buena pipa. Te enojan mis palabras y te enoja mi silencio. Te enoja mi tristeza y hacés cosas que no me ponen alegre.
Este castillo que me construiste me parece re bonito, y te lo re contra agradezco, pero no quería estar encerrada en la torre sólo esperando a cuando vos venías. Mientras lo construías, sí estaba feliz, porque me parecía que iba a ser nuestro templo. Apenas empecé a sentirme atrapada, me dí cuenta que también me gustaba cuando entraba y salía de mi choza, porque era yo, porque era libre, porque era feliz. Hacía diversas cosas con distintas personas, nada malo, sólo mates con amigas, cursos cada tanto, clases de algo. Ahora, si tengo un rato libre que disponga para otra cosa que no seas vos, sin decirlo directamente (eso es lo más grave) me lo cuestionás.
Tus tonos y tus ironías pretenden ser bromas, y nunca son dichas ni directamente ni mirando a los ojos. Jamás se puede charlar de estas cosas, porque como son “bromas” no existieron. Pero mi corazón lastimado rinde cuenta todos los días de su existencia. A lo sumo, decís “bueh, yo soy así, ya lo sabés, no me dés bola”.
Me comprás un chocolate, y si me lo como me decís “gordita”, y si no me lo como me decís “te lo traje para que lo comas”, o me decís que no era para comérmelo todo. ¿Qué hago? No quiero ni volverme loca ni tirártelo en la cara. Me gustaría disfrutar tus regalos, porque un regalo es para disfrutarlo como uno quiere. En ese caso, prefiero que no me des nada, absolutamente nada. Y esta es otra de las cosas que me preocupan: cada vez quiero menos cosas.
De la misma manera, dejás dinero en el castillo, y me decís que lo use si lo necesito. En general trato de no tocarlo, e insistís, diciéndome que soy una cabeza dura. Si tomo algo de ese dinero, te enojás, y me decís que reduzca gastos, que no puede ser!! Y cuando reduzco gastos, vos te aparecés como un papá Noel lleno de cosas, que me da vergüenza usar, para que no me tildes de derrochona.
Y si tomo algo de esos regalos de Papá Noel, me preguntás por qué se terminó tan rápido.
Si se rompe algo, lo arreglás, por tu propia decisión, pero protestando. Si te ofrezco ayuda o te pregunto algo de lo que estás arreglando, nos derribás a mí y a mis congéneres, diciendo: ”y…sos mina”. Las minas queremos aprender, ¿sabés? El día que alguien sepa todo y pueda todo, lo más probable es que se retire a vivir en medio del desierto, solo, sin compañía. Si no decidiste vivir ahí es porque deseás estar acompañado. Ahora explicame: ¿por qué desvalorizás y desa-creditás a quien elegiste para que te acompañe? A lo mejor para eso me necesitás: para darme cosas, luego repro-chármelas y mostrándome todo lo que no puedo sola, y que vos sí podés. Me horroriza pensar que esta es la verdad. No quiero ocupar ese lugar en tu vida.
Cada vez que te voy a ver se me oprime el pecho y el corazón me late más rápido, embargada de angustia. Pero me he preguntado, si lo que tengo es miedo. Decididamente, miedo no tengo, lo que me invade es la angustia. Angustia y tristeza, porque no lo puedo creer, porque hay cosas tuyas que son tan copadas, y porque al principio no era así. Deseaba nuestros encuen-tros.
No sé si querías minar mi autoestima, porque te cuento que no lo lograste, está intacta. El efecto de todo esto es la tristeza, un gran dolor, que me lleva a dejar de tener ganas de vivir. He pensado cientos de veces en suicidarme y la forma de hacerlo, pero descubrí que esas ideas se me ocurren sólo después de estar inmersa un rato largo en el cuento de la buena pipa. En realidad quiero vivir, confío en mis capacidades, y deseo luchar para tener una mejor calidad de vida.
Así como no se puede hablar con vos, porque no asumís tu violencia (me cuesta escribir esta palabra), y decís que la sensible soy yo, tampoco querés que te escriba. Así que probablemente jamás leas esta carta, a pesar de que todavía estamos a tiempo, porque todavía te quiero. Probablemente cuando tomes noticia de mi dolor, ya sea tarde, porque he pedido ayuda para dejarte preserván-dome de tus agresiones, me habré ido de tu vida para siempre.
Probablemente pensarás que será mi culpa no haber intentado dialogar con vos más veces, o imponerte mis cartas, o entenderte y aceptarte…pero una y cien veces fallidas son intentos suficientemente dolo-rosos.
Estaré sola, extrañaré las partes que todavía veo hermosas de tu persona, pero no estaré esperando dolorosamente la próxima descalificación.
Lo siento tanto, no sabés cuánto!!”
María
Terminé de leer y la miré a los ojos. Estaba llorando. Le alcancé pañuelitos y le dije: “sí, te puedo ayudar”.

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¿Es esta una era individualista?

Lic. Patricia Mónica Ploder / Lic. en Psicología / MP 80358

“Los hermanos sean unidos, Porque esa es la ley primera. Tengan unión verdadera. En cualquier tiempo que sea Porque si entre ellos se pelean. Los devoran los de ajuera.”
José Hernández
“Martín Fierro”
El sufijo “ista”, “ismo” significa que existe una exacerbación del concepto antepuesto al “ismo”.
O sea, que me estoy preguntando si esta era tiene como atributo la exacerbación de lo individual, en desmedro de lo colectivo.
Voy a escribir pensando en dos posibles fenómenos antinómicos, aunque la realidad no es antinómica, sino que presenta matices.
Los polos opuestos que presentaré son: indivi-dualismo, egocentrismo, narcisismo versus colecti-vismo, altruismo, alteridad.
Definiría, entonces, individualismo como aquella forma de funcio-namiento en la que un individuo antepone su propio interés y su propio bienestar por sobre todas las cosas.
En el polo opuesto, recordando al Martín Fierro, y retomando conceptualizaciones freudianas, diría que ser hermano significa la aceptación de una alteridad, y la renuncia al individualismo.
Significa poder realizar una alianza que resguar-de a todos, en sus debili-dades, en sus diferencias, en sus singularidades por el bien colectivo.
Cuando comenzaba a pensar en el tema que es el título de esta nota, tuve imágenes de hace varias décadas, en las que las sillas estaban en las puertas de las casas, en las veredas de los barrios, y los vecinos reunidos tomando mate. Al inicio pensé que antes el mundo no era individualista, que la gente era re copada y generosa. Pero apenas comencé a analizarlo un poco más, me dí cuenta que no era tan así. Siempre hubo indivi-dualistas.
Y ahora hay mucha gente re copada y generosa.
Entonces empecé a darme cuenta que lo que tenía que hacer era reformular la pregunta. ¿Hay eras tal cosa o tal otra?
Si bien los teóricos intentan lograr abstrac-ciones que permiten ponerles nombre a las épocas, a partir de la descripción y enume-ración de características sobresalientes, que las diferenciarían clara-mente de otras eras, creo que en todas ellas coexisten formas de funcionamiento, ejer-cidas todas ellas por individuos particulares. Eras líquidas, eras posmodernas.
Es cierto que los valores y los disvalores cambian en todas las épocas históricas, en los distintos lugares geográficos y en los distintos grupos culturales.
Es cierto también que hay imperativos”---istas” que en determinados momen-tos son correctos, y en determinados otros momentos no son correctos. No es cierto que todo tiempo pasado fue mejor, sino sólo distinto.
Si me detengo en los individuos en particular, que funcionan de determinadas maneras, desde el psicoanálisis lo primero que busco es la determinación de su conducta desde la defensa y en respuesta al conflicto intrapsíquico, pero en un contexto intersubjetivo.
Un individuo, respondiendo desde su interioridad a un momento, a una situación.
El psiquismo es muy complejo, está compuesto por ideales, por demandas de satisfacción inmediatas, por identifi-caciones, por conflictos no resueltos.
Un individuo que responde de modo individualista o narcisísticamente puede deberse a dos gran-des tipos de posibilidades: una de ellas es que su estructuración psíquica sea del orden de lo narcisista, y que no haya otra respuesta posible que la versión netamente egocéntrica y egoísta; y la otra es que se esté defendiendo de algo, que le significa una gran amenaza, y que lo lleva a replegarse en una coraza. Para describir la primer situación, hay gente que es individualista más allá de los mandatos sociales imperantes como valor o disvalor, lo son porque su psiquismo se ha estructurado con fallas en la constitución de su instancia moral, y en la intersubjetividad se van a manejar utilizando a las otras personas como objetos a su disposición; existen, existieron y existirán siempre.
No quisiera efectuar un reduccionismo de la realidad, afirmando “sí, esta era es indivi-dualista”, cuando hay hoy individuos que no lo son, cuando hay hechos exteriores a los sujetos éticos que los lleva a defenderse en un aislamiento que parece individualista aunque no son sujetos indivi-dualistas, y cuando hay sujetos éticos totalmente entregados a la preser-vación de los bienes colectivos.
No quiero alentar la desazón, y menos afirmando algo que no pienso. Esta no es una era individualista, aunque lo parezca. Hay individuos luchando por sus pares, y sosteniendo la alteridad a pesar de los avatares desestabilizantes que cada tanto arrecian.
Afirmar que es una era individualista podría, además, dar vía libre a estos modos de funcionamiento, al conformismo impotente, a un sometimiento desvitalizante.
La afirmación no sólo que no es cierta, sino que arrasa, desmiente e invisiviliza a tod@s aquell@s que hacen para y por los demás.
Hay afirmaciones que en vez de sumar al describir o teorizar acerca de características de un fenómeno, restan pues lo estigmatizan o etiquetan, simplificando la real complejidad de los fenómenos humanos, y son generadores de respuestas defensivas. Si afirmáramos “es una era individualista”, podrí-amos estar alentando a quedarse en la cueva a aquellos que se sienten amenazados.
Esta era no es ni individualista, ni per-versa, ni. En esta era hay gente perversa e indivi-dualista, como en todas las épocas; pero también hay gente generosa y ética, aunque muchos de ellos lo parezcan porque están en una cueva intentando resguardarse de las catástrofes que se anuncian, que sólo serán ciertas si permitimos que lo que se dice nos mantenga en la cueva, o que salgamos a destruir a los que siguen trabajando para el colectivo, sin discriminar quién es quién, ni dónde estamos, ni cómo son realmente las cosas.
No debemos perder la esperanza de vivir un presente con hermanos preocupados por el bienestar de todos, ni pensar que existirá un futuro peor, porque no permitiremos que ocurra.
Patricia Mónica Ploder
Lic. en Psicología – MP 80358


La igualdad

Por Patricia Mónica Ploder / Lic. en Psicología – MP 80358 / pattyplod@hotmail.com

Hoy, en la inauguración de este suplemento “Mujer”, voy a participar presentando mi posición sobre el tema del título, con el proyecto de escribir en todas las ediciones futuras en relación a distintas temáticas de la mujer.

Mi inquietud intelectual me lleva a investigar distintos temas, porque “nada de lo humano me es ajeno”. Entre otros temas, durante años investigué el tema de género. Mis conclusiones generales el día de hoy son las que detallaré a continuación.
Por un lado existen intereses de distinta índole que llevaron durante toda la historia de la humanidad a generar discursos ideológicos de los cuales devienen prácticas de discriminación, y por ende de manipulación.
Los discursos ideológicos son grupos de ideas que no poseen sustento científico, y que generan en las personas y en los grupos acciones específicas en sintonía con esos discursos.
Las prácticas devenidas de estos discursos son las acciones que las personas ejecutan, o a las cuales adhieren, y por lo tanto naturalizan, convir-tiéndolas en válidas e incuestionables. En distintas épocas o lugares existen prácticas diversas, como por ejemplo: el exterminio de mujeres adúlteras a piedrazos, el colgamiento de negros esclavos, la quema de mujeres llamadas brujas, la exigencia del uso de un velo ocultando la cara, el asesinato de hombres con tendencia erótica homosexual y así sucesivamente.
La discriminación está dirigida a los grupos minoritarios o más débiles, y sostiene estrategias de dominación. La dominación implica tener a estos grupos a su servicio. ¿Quiénes dominan?: los que desean poder. En ocasiones discriminamos sin aparente deseo de poder, sólo por “hacernos los lindos”, y quedarnos del lado tranquilizador, diciendo algo así como “por algo será…”. No todas las personas somos conscientes de estos discursos, pues la mayor parte de las veces los hemos naturalizado de tal manera que los repetimos sin pensarlos demasiado.
A la conciencia de género es algo a lo cual se arriba luego de mucho análisis y no es algo de lo que se parte. A la conciencia de la discriminación también es algo a lo que se llega luego de reflexionar mucho.
La discriminación implica establecer desigualdades. La diferencia no es lo mismo que la desigualdad. La diferencia apunta a las características de las individualidades, en cambio la desigualdad ubica un arriba y un abajo, un bueno y un malo, un legal y un ilegal.
Los humanos somos todos diferentes, pero esas diferencias no deberían sentar desigualdades. Ni los niños, ni los ancianos, ni las mujeres…ni nadie se merece ser desigualado. Nos merecemos ser tenidos en cuenta por nuestras individualidades, por nuestras diferencias que nos hacen únicos.
El feminismo es un movimiento que surge a partir de la inquietud de muchas mujeres por defender sus derechos. Podría dividir al feminismo en dos grandes ramas. Una de ellas establece la superioridad de las mujeres, lo que volvería a generar el circuito de un arriba y un abajo, un mejor y un peor. Otra rama, busca establecer igualdad de derechos y obligaciones entre hombres y mujeres.
Personalmente, adhiero a investigar sobre todos los prejuicios que impiden pensar en la igualdad de derechos y obligaciones entre todos los seres humanos: hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, niños y niñas, adult@s y niñ@s, blanc@s y negr@s, ric@s y pobres.
Descarto que quien posee intereses especiales (económicos, políticos u otros) no aceptará mi invitación de pensar los prejuicios pues no le conviene, pero convoco a quienes no tendríamos ningún interés en la dominación a pensar por qué pensamos lo que pensamos (aunque suene a un juego de palabras).
Espero que nos encontremos en todas las ediciones de este suplemento, pensando juntos.