deportes CONTACTO videos
.

     
Arsénico en el agua, y las claves para una solución colectiva

Carolina Vespasiano y Nicolás Camargo Lescano (Agencia CTyS-UNLaM)

La Doctora en Química Marta Litter reflexiona sobre las acciones políticas que faltan para mitigar la presencia de este metal altamente tóxico en las aguas de consumo, un problema que afecta potencialmente a cuatro millones de personas en Argentina.

Hace más de un siglo que la presencia de arsénico en el agua se considera un grave problema sanitario a nivel mundial. Beber agua con este tóxico puede producir una enfermedad llamada HACRE (Hidroarcenicismo Crónico Regional Endémico), y sus consecuencias pueden ser letales.

¿Por qué ocurre esto? En una charla con Agencia CTyS-UNLaM, la Doctora en Química Marta Litter identifica los obstáculos y adelanta que el camino para lograr un agua segura debe ser “interdisciplinario desde el aspecto social, médico, sanitario y científico”, y que  requiere de “la participación de las autoridades nacionales y regionales”. 

Casi ninguna zona de Argentina está exenta de este metaloide. Desde la Puna, pasando por la llanura Chaco-Pampeana hasta la región patagónica, ríos y aguas subterráneas contienen arsénico en mayor o menor medida, con lo que alrededor de cuatro millones de personas podrían estar afectadas, especialmente quienes consumen agua de pozo por no contar con agua corriente de red.

Si bien hoy en día existe un abanico de alternativas para tratar el arsénico, nunca se ha logrado erradicar el problema a nivel nacional. De hecho, muchas de las regiones afectadas ni siquiera sospechan del veneno que corre por sus grifos.

Agua que has de beber, agua que has de conocer
La presencia de arsénico en el agua proviene de procesos de sedimentación naturales que comenzaron en la era Cuaternaria. Para avanzar hacia la aplicación de soluciones, Litter sostiene que el primer paso viene de la mano de geólogos e hidrogeólogos que mapeen el territorio completo y determinen las proporciones de arsénico en cada región.

En segundo lugar, es preciso determinar qué valores límite de arsénico pueden tomarse sin comprometer la salud a largo plazo. La OMS determina que el límite se fija en 10 microgramos por litro, pero hay algunas regiones que exceden cientos de veces ese valor en Argentina, alcanzando los 5300 microgramos por litro.

Según Litter, todavía hay discusión sobre este estándar internacional que plantea la OMS.
Algunos referentes académicos lo consideran muy bajo, porque, para medir el arsénico en esos valores, se requiere de tecnología y recursos humanos muy sofisticados.

En este contexto, Litter sugiere que debería fijarse un parámetro nacional, ajustado a las características de la población. Afortunadamente, ya hay estudios epidemiológicos locales en marcha intentando encontrar un valor óptimo que no produzca riesgos de desarrollar HACRE.

Un diálogo necesario
El tercer aspecto –y no menos importante- tiene que ver con la concientización sobre el problema. “Los principales afectados son las poblaciones aisladas o socioeconómicamente vulnerables que no acceden a información ni a soluciones a su alcance”, explica la experta, pero reconoce que “las autoridades también desconocen todo el trabajo que científicos y tecnólogos están haciendo en el país”.

En este sentido, Litter considera que la salida es la articulación a largo plazo, no sólo al interior de las ciencias humanas y naturales, sino entre ellas y el plano social y político.  Para ello, sugiere la conformación de un comité de expertos en el tratamiento de agua a nivel gubernamental (ejecutivo y/o legislativo), y la elaboración de una legislación federal que reglamente acciones políticas concretas.

La tecnología ya está disponible para cada caso en particular. Algunas de las alternativas de remediación son de bajo costo, como las nanopartículas de hierro, pensadas para uso doméstico y comunitario, y otras requieren de mayor infraestructura, como las plantas para remediación de agua instaladas en distintos lugares como Lezama, en Buenos Aires.

“El tema del arsénico tiene que ser una política de Estado”, sostiene la especialista, y reflexiona que, para llegar a ese punto, hay que alertar a la población desde las escuelas, y forjar el compromiso de los científicos, los políticos y las comunidades. ¿Desafío imposible? Lo parece, pero no tanto si el agua comienza a tomarse como lo que es: un derecho humano.

Desarrollan un "papel bioactivo" que protege alimentos

Magalí de Diego (Agencia CTyS-UNLaM)

Investigadores del CONICET que desarrollan papeles bioactivos con propiedades antimicrobianas y antioxidantes obtuvieron el "Premio Arcor a la Innovación", entregado por la empresa y por la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica (ANPCyT).

Muchos son los problemas de conservación durante el almacenaje y transporte de los alimentos que día a día consumimos. Los protagonistas del ataque son, en la mayoría de los casos, microorganismos, -como mohos, levaduras y bacterias- que además de generar pérdidas de alimentos, pueden resultar nocivos para la salud humana.
Un grupo de investigadores del CONICET buscaron soluciones este problema y desarrollaron un envase de papel o cartón con propiedades bioactivas (antioxidante, antimicrobiana, insectífuga y/o insecticida) mediante el injerto de moléculas específicas de origen natural sobre la celulosa.
El proyecto “Desarrollo de papeles bioactivos para el envasado de alimentos” fue ganador de la edición 2017 del premio que entregan Arcor y la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica (ANPCyT), dotado de 150 mil pesos que se destinarán a la ejecución del mismo.
La Dra. Raquel Martini, investigadora adjunta del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) en el Instituto de Investigación y Desarrollo de Ingeniería de Procesos y Química Aplicada (IPQA, CONICET-UNC) consideró el premio como “un incentivo para seguir adelante y acercar el trabajo científico a la sociedad porque son proyectos que se relacionan con la vida cotidiana de la gente”.
“El objetivo es seguir ampliando y afianzando la línea de investigación de envases activos y otros proyectos relacionados”, explica la doctora Martini, especializada junto con su equipo, al desarrollo de materiales para optimizar la conservación de alimentos.
Otra conocida causa de importantes pérdidas de alimentos es debido a la infestación por plagas de insectos poscosecha que pueden atacar materias primas almacenadas y productos alimenticios semielaborados o finales debido a su capacidad de ingresar en los envases durante su distribución o almacenamiento, ejemplificó la investigadora.
También la oxidación de componentes alimenticios por acción del aire produce sabores rancios, compuestos tóxicos y pérdida de propiedades nutricionales.
Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por su sigla en inglés) el envasado de alimentos forma parte de los factores que inciden en la pérdida de los mismos junto a la recolección, transporte, infraestructura o a los mecanismos de mercado, o de los precios, así como a los marcos institucionales y legales. Esto hace que hasta un tercio de todos los alimentos se estropee o desperdicie antes de ser consumido por las personas.

Primer Páncreas Artificial de Latinoamérica

ITBA, UNLP y UNQ

Nicolás Camargo Lescano (Agencia CTyS-UNLaM)

La clave de la innovación es un algoritmo, desarrollado en Argentina, que regula el nivel de glucemia en sangre para pacientes con diabetes tipo uno. Ya fue probado con éxito en pacientes en el Hospital Italiano.
En un claro ejemplo de ciencia básica aplicada a la salud, y también de trabajo interdisciplinario, investigadores argentinos presentaron el primer páncreas artificial de América Latina. La clave de la innovación es el algoritmo ARG (Automatic Regulation of Glucose), desarrollado íntegramente en Argentina, que permite regular el nivel de glucemia en la sangre de pacientes con diabetes tipo uno.
“Lo que más me entusiasma de este proyecto es ver cómo les cambia la vida a las personas- resalta el Dr. Ing. Ricardo Sánchez Peña, director del proyecto-Este algoritmo no solamente regula los niveles de glucosa sino que además les da independencia y autonomía, de forma tal que el paciente no tenga que estar permanentemente pensando en cuánto nivele de azúcar consume”.
El algoritmo fue desarrollado por investigadores del Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA), de donde Sánchez Peña es director, la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ).
Dicho algoritmo, que puede ser alojado en un celular, va conectado a una bomba de insulina y un monitor de glucosa. Estas dos últimas partes ya estaban en el mercado.
“La comunicación entre el celular que contiene el algoritmo y la bomba de insulina y el monitor de glucosa se hace a través del sistema bluetooth, por lo que se necesitan protocolos de comunicación”, explica Sánchez Peña, que además es investigador principal del CONICET.
“Ya hicimos un convenio con una empresa que fabrica monitores de glucosa, que nos van a facilitar esos protocolos, y faltaría entonces encontrar alguna empresa que fabrique bombas de insulina que nos proporcione lo mismo”, agrega.

Las pruebas clínicas
Los primeros ensayos en pacientes se habían hecho en noviembre de 2016, pero con un algoritmo de la Universidad de Virginia (Estados Unidos), que ya había sido probado anteriormente.
Durante junio de este año, además, se hicieron pruebas clínicas en cinco pacientes argentinos, ya con el algoritmo ARG, que estuvieron internados 36 horas en el Hospital Italiano. Los médicos de este hospital se habían sumado al equipo de investigación en 2014.
“Son las primeras pruebas clínicas que se han hecho en América Latina; hasta ahora no ha habido pruebas de este tipo muy recientes, excepto en Estados Unidos, Europa e Israel”, aclara Sánchez Peña.
Desde el punto de vista clínico, el investigador explica que, además de necesitar mayor financiación, se deberán hacer más pruebas en pacientes y de forma ambulatoria, “personas que no estén en un ambiente hospitalario sino en sus casas”.
Sánchez Peña, quien hasta 2009 trabajó en España en el área espacial, había decidido mudar sus líneas de investigación al campo de la medicina y la biología. “Uno de mis colegas tenía un nieto con diabetes tipo 1. Empecé a interiorizarme de la enfermedad y me pareció que era una buena línea de investigación”, relata.
El investigador también ponderó el vínculo entre las distintas disciplinas que participaron y, especialmente, con los pacientes. “Uno, como ingeniero, interactúa poco con otros seres humanos; trabaja más con dispositivos, satélites, cohetes y aviones. La interacción con pacientes es muy enriquecedora porque ahí uno ve los frutos de lo que está haciendo”, concluye.

Un microorganismo con capacidad degradativa sobre residuos

Investigadores trabajan en un método que no daña al ambiente y disminuiría el volumen de polipropileno biorientado (BOPP), un material muy utilizado en la industria de los envases flexibles. Argentina, entre los 30 países que más contaminan los mares con desechos plásticos.
Sebastián Alonso (CTyS-UNLaM) – Actualmente, Argentina figura entre los 30 países que más contaminan los mares con materiales sólidos; sólo en 2010 generó 157.777 toneladas de basura plástica. Según un estudio realizado por diferentes instituciones académicas de los Estados Unidos, y la Organización de Investigación Científica e Industrial del Commonwealth de Australia, de no tomar cartas en el asunto, esa cantidad podría duplicarse en 10 años.
El polipropileno biorientado (BOPP), película plástica que, por su bajo costo de fabricación es utilizado para embalaje, como envoltorio de snacks o galletas, es responsable de gran parte de los residuos que se acumulan en la naturaleza, generando un desequilibrio ecológico con la consecuente contaminación ambiental. La biodegradación de este tipo de materiales plásticos por acción de microorganismos, surge como una opción segura y económica para el tratamiento de esos desechos.
Investigadores de la Universidad Nacional del Litoral (UNL) decidieron enfrentar la problemática y plantearon un método alternativo para reducir los volúmenes de BOPP en los rellenos sanitarios. El sistema que desarrollan los científicos santafesinos no produce ningún tipo de efecto sobre el ambiente, a diferencia de la incineración, que es un recurso empleado en varios países para suprimir materiales, con graves consecuencias por los vapores tóxicos generados.
“Todo lo que no puede disminuirse va hacia los rellenos sanitarios, que se vuelven un uso y abuso de la tierra disponible”, asegura, en diálogo con Agencia CTyS-UNLaM, Fernanda Argarañá, miembro del equipo de trabajo y docente e investigadora de la UNL. Según la especialista, “en diez años, los lotes utilizados quedan inservibles y hay que salir a buscar una nueva superficie para enterrar basura”.
Los investigadores recurrieron a la biodegradación, a partir de microorganismos nativos que viven en el suelo y naturalmente pueden minimizar los desechos plásticos al usarlos como fuente de carbono y energía para nutrirse. Aislaron una bacteria, Pseudomonas aeruginosa, que cumple ese rol, y estudian qué enzimas están involucradas en el proceso, con el objeto de aislar los genes que las codifican y obtener un microorganismo genéticamente modificado.
La bacteria apartada se incubó junto a las tiras de BOPP, y después de cuatro meses fueron pesadas y evaluadas. La reducción del peso del polipropileno biorientado otorgó un parámetro para comprobar la actividad de la misma. Además, se midió la actividad de grupos químicos funcionales mediante Espectroscopía Infrarroja con Transformada de Fourier (FTIR) y, con un microscopio electrónico de barrido, se detectó la formación de huecos en la superficie de las láminas, generados por la degradación.

De la observación
a la acción

La degradación ideada no se realizaría in situ, en la tierra, sino en un ambiente favorable, tanto para el crecimiento del microorganismo, como para la óptima expresión del producto buscado. “Esto se lograría utilizando un reactor”, detalla la directora del proyecto, la Dra. María Gabriela Latorre Rapela. El proceso permitiría obtener dióxido de carbono, agua, energía, y una biomasa residual mucho menor que la inicial.
El estudio de la UNL se concentró en la degradación del BOPP pero, según Argarañá, “hay muchos plásticos que tienen una estructura base semejante, como el polietileno, y podrían recibir un tratamiento similar”.
Por otra parte, los científicos avanzan en el proyecto junto a la municipalidad de Santa Fe, que implementaría el sistema a medida que las pruebas de laboratorio sigan siendo satisfactorias.