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Nunca, nunca es fácil ser mujer

Por Foro de Género
Facebook: Foro de Genero de Hurlingham
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Ser niña.
Ser mujer/adolescente. Ser mujer/joven.
Ser mujer/adulta.
Ser mujer/adulta mayor

“Y el tiempo pasa. Cuando tenía 12 años, mi padre me espió mientras me bañaba, poco tiempo después saliendo él de la ducha, `se le cayó´ el toallón con el que se había cubierto de la cintura para abajo.
Siempre hasta que me fui, tenía una rara forma de demostrarme amor: a los golpes. Creo que también era una manera de tocarme y no tener culpa.
Tenía 13 cuando caminando con una amiga por el barrio, un tipo que venía en sentido contrario me tocó las tetas con las dos manos. Por esa época, otro en el tren Urquiza, se sentó al lado mío y se masturbó.
Ya en el secundario regresando a casa en horas del mediodía un muchacho arriba de una bicicleta enarbolaba el sexo a unos metros delante mío, no aminoré el paso y tuve la suerte que en camino había un cajón roto, tomé una tabla que tenía un clavo al aire y, sin inmutarme seguí caminado. Se fue, pero juro que estaba dispuesta a clavárselo justo ahí.
No puedo contabilizar las veces que me dijeron barbaridades, algunas acompañadas por gestos obscenos.
Fue ya en la univer-sidad cuando un noviecito me vino a ver en casa de una amiga. Estábamos solos. Y él creyó que eso era una señal inequívoca de que quería tener relaciones. Intentó hacerlo y como opuse resistencia intentó violarme. Los gritos y las trompadas con que me defendí, fue para ese sujeto señal de que era una ¨chica buena” y me pidió perdón. Lo mandé a la puta madre que lo parió.
Era un infeliz lleno de tabúes y esquemas más viejos que la naftalina y como corresponde había tenido gonorrea y hecho abortar a otra chica “mala”.
Después me casé. Cuando quedo embarazada de mi primer hijo, mi marido me pide que deje de trabajar para así poder criarlo como corresponde, le respondí que de ninguna manera iba a serlo que yo no iba a dejar en manos de nadie la independencia relativa que me daba tener un sueldo.
Se sintió mal porque decía que era evidente que yo no me entregaba nunca del todo.
Y sí, tenía razón. ¿Qué es eso de entregarse? Alguien acorralado se entrega a ¿sus captores? ¿Sus jueces? ¿A la justicia? ¿Cómo? ¿Con las manos atadas, con miedo, por debilidad, por autocompasión? Porque alguien medianamente libre tendría que entregarse a otro, ¿el amo? ¿El dueño de los días? ¿El proveedor de bienes? Me divorcio años después.
Entre los 35 y los 50, tuve otra pareja que se ponía cachondo cuando los hombres me miraban con ganas. Supongo, y haciendo uso ilegal del psicoanálisis, que se sentía el macho conquistador, el más más. (Y estaba buena, la guacha: yo). Y ahora quería “carne fresca”. O sea ternera, no vaca vieja. Así no más, al más puro estilo neandertal donde era importante tener hijos para que el animal humano no desapareciera. ¿Cuántos viejos están con jóvenes? Un montón, sobre todo cuando hay mucho dinero y poder.
Y entonces cuando ya no soy apetecible, comestible y deseable, esa pareja de casi treinta años, se aleja, primero sexualmente, y después, defini-tivamente.
Es que él era hombre cuando se medía con otros.
En tanto el tiempo pasa y la soledad impera, no de la pareja, no del hombre, de la mujer, sino de la sociedad que aísla, aparta a las viejas y los viejos porque no oyen, porque son lentos, porque tienen arrugas, porque no son comestibles.
La violencia de género tiene muchas caras, desde las más terribles: la asesina, la golpeadora, la humillante, hasta la sutil de una sociedad hipnotizada de selfies. De gente linda que anda por la vida, usando la tecnología para retratar el mundo personal como si fuera de importancia superlativa para el resto de los congéneres que no conoce, que no se preocupa por conocer.
En fin, ser mujer no es fácil, por eso es bueno tener a mano la propia vida”


Ahora que estamos juntas, ahora sí que nos ven.

“Qué habría sido de las mujeres en el patriarcado sin el entramado de mujeres alrededor, a un lado, atrás de una, adelante, guiando el camino, aguantando juntas. ¿Qué sería de nosotras sin nuestras amigas? ¿Qué sería de las mujeres sin el amor de las mujeres?” (“Pacto entre mujeres, sororidad”, Marcela Lagarde)
Ese miércoles 8 de marzo no comenzó igual que cualquier otro miércoles de marzo. Desde muy temprano comenzaron a llegar los saludos de buenos días de las compañeras, seguidos de un “¿Dónde nos encontramos hoy?”, el día había llegado.
Desde hacía meses, veníamos palpitando lo que sería el Primer Paro Internacional de Mujeres. Mujeres de todo el mundo, de más de 50 países nos autocon-vocábamos a salir a las calles, a caminarlas, a encontrarnos y a proponernos (¿Por qué no?) por unas horas que la tierra tiemble bajo nuestros pasos.
“Luchar con la compañera le gusta a usted, le gusta a usted…” resonaba en cada una de nuestras mentes camino a la estación. Las mujeres conurbanas arrancamos la jornada con un “trenazo”, porque cuando decimos que “estamos organizadas” no es sólo una simple expresión, la propuesta ya era un hecho, mujeres de todo el conurbano llenando los trenes de color, de canto y de gritos de consignas, nos encaminábamos hacia el Congreso.
Las miradas cómplices, los abrazos compañeros y el sonido de los bombos acompañaron el inicio de la marcha, miles de mujeres con pancartas, banderas y pañuelos verdes comenzaron a avanzar por las calles porteñas, hablando de paros ¿Quién nos podría parar ahora?
¿Por qué paramos? Nos preguntan… Paramos porque no queremos ni una muerta más por violencia machista, porque el aborto clandestino aún sigue matando a cientos de mujeres, porque queremos que se sepa que las tareas domésticas y de cuidado, que mayormente está a nuestro cargo, también es un trabajo y no está remunerado.
Paramos porque estamos cansadas de tener miedo al salir a la calle, pero también paramos porque el hogar continúa siendo el espacio más inseguro cuando se convive con la violencia. Paramos porque las políticas neoliberales afectan puntualmente a las mujeres, ensanchando las brechas salariales y aumentando la pobreza.
Las mujeres paramos porque denunciamos la responsabilidad del Estado. Porque llega tarde después de cada femicidio. Porque a la policía la perturba más que una compañera desabroche su corpiño a que un violador se baje el pantalón.
Paramos porque lo personal también es político.
Las luces de la Plaza de Mayo anunciaban el final de la jornada, sin embargo los abrazos y los cantos no cesaban, las piernas estaban ya un poco más cansadas pero aún con la firme convicción de que había mucho por caminar. Porque las cosas no están bien, porque sabemos muy bien que los derechos conquistados arrancaron con una pancarta en alguna plaza, porque nos queremos vivas pero también libres.
De a poco nos vamos alejando del centro de la ciudad, retornando a las calles conurbanas. Volvemos las mismas que fuimos, pero ahora distintas, empoderadas, hermanadas, enlazadas. Comprendimos en esta histórica jornada que si estamos juntas, seguro nos van a ver, que de esa forma poco a poco el patriarcado se va a caer y que si seguimos con esta lucha en algún futuro, esperemos no tan lejano, el feminismo finalmente va a vencer.