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Historia con otra mirada

Notas: Por Pablo Ambrosetti, Profesor de Historia

En carne viva

Todavía hoy, en pleno siglo XXI, es fácil encontrar historiadores, comunica-dores periodísticos, referentes político-partidarios de toda especie y hasta “gente común “que añora la prosperidad pasada de cuando éramos el “granero del mundo”.

Para estos militantes del sentido común los años ´20 y ´30 eran épocas gloriosas de llegada de inmigrantes europeos deseosos de trabajar, de exportaciones agrarias record, de desarrollo urbano que emparentaba nuestra orgullosa Buenos Aires con París, de trenes y telégrafos que articulaban nuestra extensa geografía y de una escuela pública ordenada y de calidad. El subterráneo, el orgullosos obelisco y las estampas cinematográficas de un Gardel engominado que vestido de smoking sostenía una copa de champagne en su mano eran pruebas irrefutables de la “grandeza nacional “. La firma del pacto Roca-Runciman sería, entonces, el puntapié inicial de nuestra “inserción en el mundo” y el comienzo de una “lluvia de inversiones” que inundaría nuestras pampas de libras esterlinas, marcos alemanes y dólares.
Esta mitología construida por los grupos dominantes reaparece en estos tiempos cuando, en un famoso programa de almuerzos televisados, el candidato presidencial Hermes Binner reivindicaba el “país de nuestro primer centenario" (1910) “y no éste (2010) donde se politizó la historia”. A su lado, el entonces alcalde porteño, Mauricio Macri agregó que “yo sueño con un nuevo Roca para que nuestros hijos hereden el país que encontraron nuestros abuelos”. Dispuesta a no desentonar la también invitada Beatriz Sarlo agregó que “era vergonzoso que en el desfile realizado por Fuerza Bruta se rescate la figura Mariano Moreno, Juana Azurduy, Rosas pero no la de Sarmiento o de Alberdi.” Por lo visto no hay nada más vivo que la historia.
Por supuesto que ese paraíso agro- conservador nunca existió, y su recuerdo sólo es un dispositivo ideológico de hegemonismo cultural con el cual los grupos dominantes, y sus herederos, cosifican la historia para convertirla en el “opio de las masas” que adormezca e inmovilice la conciencia de las grandes mayorías. Cuando el vicepresidente Julio Roca (hijo) acuerda con el imperio británico la venta de carnes congeladas nuestra oligarquía se asegura una jugoso negocio; pero al mismo tiempo se creaban las condiciones para el tráfico de influencias, el lobbismo empresarial y la corrupción.
Los frigoríficos ingleses repartían generosos retornos (llamadas vulgarmente coimas) a funcionarios guberna-mentales para que les permitieran entrar en el negociado. Al mismo tiempo los bancos privados inflaban los precios de las acciones de dichas empresas favoreciendo, así, la burbuja financiera y la especulación bursátil. Así mismo y como el pacto establecía que el gobierno argentino se comprometía a tratar de “forma beneficiosa y privilegiada a las compañías inglesas “los intermediarios comerciales se enriquecía rápidamente y sin el menos esfuerzo dedicándose a la importación de productos industriales británicos y arruinando la producción local. El esquema se completaba mediante la emisión de deuda pública y privada que los frigoríficos y los grandes criadores emitían con respaldo del Estado.
Todo este escándalo salió a la luz cuando en senador por Santa Fe, Lisandro de la Torre, encabezó una comisión parlamentaria que se dedicó a investigar este oscuro negociado. Ligado a los pequeños productores lecheros de la pampa gringa, acompañado por las cooperativas aglutinadas en la Federación Agraria y con el apoyo de algunos legisla-dores del radicalismo y el socialismo; el bullicioso senador ganó notoriedad pública y se transformó rápidamente en una molestia para el régimen gobernante. Fue entonces que durante una sesión del Congreso que trataba este escabrosos tema, un matón de la policía ligado al partido conservador efectuó varios disparos contra La Torre hiriéndolo a él y ultimando a su compañero de bancada , el senador Enzo Bordabehere quien murió desangrado en pleno recinto. Era el 23 de julio de 1935 y la democracia tal y como la entendían nuestras clases dominantes había quedado al desnudo.
El resultado no podía ser otro que aquel que fue: la comisión investigadora se disolvió, Lisandro de la Torre vio eclipsar su carrera política y poco tiempo después, solitario y abandonado, acabó por quitarse la vida de un disparo. Mientras tanto las reses congeladas seguía viajando a Europa en barcos frigoríficos ingleses, las acciones del agro argentino seguía subiendo y nuestra oligarquía festejaba en cada coqueta apertura de la exposición rural de Palermo. Todo estaba en el mismo lugar de siempre. Y la historia, volvía a detenerse.

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De la resistencia a la revolución

Una vez consolidado el gobierno conservador del general Agustín Justo, tras las fraudulentas elecciones de 1932, las clases dominantes sintieron volver a las gloriosas épocas en que éramos el “granero del mundo”. La firma del vergonzoso acuerdo comercial con Inglaterra (conocido como el pacto Roca- Runciman) no fue más que la oficialización de nuestro re-asumido roll de economía dependiente exportadora de materias primas y compradora de manufacturas. Argentina, “la joya más brillante de la corona del Imperio Británico” según expresó el vicepresidente, no era más que una colonia inglesa camuflada de república independiente.

Los monopolios extranjeros asociados con los círculos oligárquicos criollos administraban el país como una estancia infinita que rebalsaba de vacas y de tierras baratas concentradas en pocas manos. En el fondo de la pirámide social los criollos pobres eran desplazados del campo a la ciudad para engrosar los precarios barrios obreros que circundaban los cordones industriales de La Boca, Avellaneda o Barracas. Los conventillos de San Telmo, las casas de inquilinato de Saavedra y las primeras villas de emergencia (como Puerto Nuevo en el actual Puerto Madero o Villa Desocupación en Chacarita) eran las postales de la “nueva pobreza urbana” creada por el orden conservador. En el Interior, por supuesto, la situación empeoraba brutalmente con trabajadores rurales reducidos a la semi-esclavitud (como los zafreros de Tucumán o los hacheros explotados por La Forestal en el norte santafesino) o la reducción a la servidumbre forzada de los aborígenes del recientemente “modernizado” territorio nacional del Gran Chaco.
El capitalismo, como correctamente analizó Lenin, se desarrollaba rápida y brutalmente hasta alcanzar su fase superior: el Imperialismo. En esos tristes y no tal lejanos años los capitales británicos, pero también norteamericanos y alemanes, se extendía por todo el globo como aves de rapiña para apropiarse de los recursos naturales y los mercados de las naciones débiles. Tal vez la fratricida “Guerra del Chaco Boreal”, protagonizada entre 1932 y 1935 por Bolivia y Paraguay, sea el ejemplo máximo de esta práctica imperial.
Dos multinacionales petroleras, la Standard Oil Company de Estados Unidos y la Shell de Gran Bretaña, empujaron a esos dos países a una sangrienta guerra para apropiarse de forma exclusiva de los yacimientos de crudo encontrados en una zona limítrofe de ambas naciones. Los 500.000 muertos resultantes de ese conflicto no fueron más que “un costo operativo” de estas dos gigantescas empresas que lograron llenar sus arcas de dólares y libras esterlinas manchadas de sangre latinoamericana.
Es en ese contexto y no en otro que en nuestro país un grupo de intelectuales, abogados, economistas y militantes políticos vinculados a la UCR comienzan a organizar, casi clandestinamente, espacios cívicos de resistencia al régimen gobernante. Allí se encontrarían personas como los poetas Homero Manzi y Cátulo Castillo, historiadores como Arturo Jauretche, investigadores como Raúl Scalabrini Ortiz entre otros. Los unía su furioso nacionalismo anti-británico, una pertenencia radical desencantada de la burocracia partidaria que había dejado de representarlos, la encendida defensa de la tradición ibero-católica, un rescate de los caudillos independentistas del siglo XIX y una desconfianza visceral tanto del liberalismo burgués como del marxismo. Eran federales americanistas que aspiraban a representar los intereses de los sectores populares explotados por el gran capital británico y la oligarquía cipaya. El 29 de junio de 1935 pudieron sintetizar todas sus ideas en un manifiesto inaugural llamado “Somos una Argentina colonial que queremos ser una Argentina libre”. Allí se denunciaba al colonialismo británico como el causante de todos los males, a la oligarquía como su cómplice y al pueblo como el actor protagónico de la emancipación americana. Se determinaba que la UCR era, naturalmente, la herramienta adecuada para esa lucha y que Hipólito Yrigoyen había encarnado el ideal de líder popular revolucionario. Estaba naciendo la Fuerza de Orientación Radical para la Joven Argentina (FORJA) como aglutinadora del descontento político y económico de amplias fracciones de la pequeña burguesía y algunas capas del proletariado calificado.
Aún imposibilitados de hegemonizar la UCR para volver a llevarla a representar los intereses populares, este activo grupo de jóvenes logró un gran aporte a la discusión política de esos años y serían (diez años después) la usina de pensadores que apoyaría la irrupción del peronismo.
Para transformar un mundo injusto lo primero que tal vez sea necesario hacer es resistir. FORJA lo hizo y materializó esa decente y valiente actitud política de resistencia. Pero para que los trabajadores hagan su ruidosa e incontenible entrada en la historia grande de nuestro país habría que esperar algunos años.
El “subsuelo de la patria”, como describió Scalabrini Ortiz las jornadas de octubre de 1945, emergería cuando las condiciones históricas y sociales hayan madurado. Ni un segundo antes. Sin un segundo después.
Ya se sabe: los pueblos avanzan…sin permiso. Y sin apuro.

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No todo lo que brilla
es oro

Una vez producido el golpe de Estado que derrocó al gobierno constitucional de Hipólito Yrigoyen, los usurpadores del poder dieron inicio al largo ciclo de quiebres institucionales que atravesaron toda nuestra historia. Los conspiradores estaban compuestos por los grupos ultra-nacionalista de derecha del ejército, el ala anti-yrigoyenista de la UCR, el partido Conservador y la alta clerecía católica.

Los primeros, acaudillados por el general Félix Uriburu, imaginaban construir en estas tierras un gobierno fuerte, centralizado y corporativista al estilo de los fascismos europeos. Los segundos, en tanto militantes de Alvear, resolvían mediante un quiebre institucional una mezquina interna partidaria al tiempo que ataban al radicalismo a la zaga de las fuerzas conservadoras. Los últimos aglutinados en la SRA y los partidos conservadores, añoraban volver a la “viejos años dorados” en los que el Estado no intervenía en las relaciones obrero-patronales y el “granero del mundo” se abría pasivamente a la viril pujanza de los capitales británicos. Ese extendido bloque de poder, bendecido por el edulcorado mensaje de la Iglesia católica siempre llamando a la “unidad nacional y la superación de viejas antinomias”, es el que se hizo del poder el 6 de septiembre de 1930. Sin embargo, si bien es muy fácil para un bloque de poder tradicional derrocar violentamente a cualquier gobierno mediante el uso de las fuerzas militares, no siempre es están fácil gobernar. El general Uriburu debió pasar del roll de militar golpista al de “presidente de facto” (metáfora elaborada en esos días por la Corte Suprema de Justicia para nombrar al dictador) y aplicar medidas de gobierno claras y concretas. El resultado no podía ser otro del que fue: Uriburu clausuró el Congreso, instaló por decreto la pena de muerte en todo el territorio nacional, prohibió la actividad sindical y conculcó el derecho a huelga, estableció la “ilegalidad de todos los partidos políticos” y creó en el departamento central de la Policía Federal la “Sección especial para la represión del comunismo”. El huevo de la serpiente estaba siendo encubado en la Casa Rosada.
Sin embargo las dictaduras tienen, desde su nacimiento, fecha de vencimiento. Los grupos dominantes pueden necesitar en ciertos períodos de gobiernos dictatoriales que frenen los reclamos populares y mantengan por la fuerza el “estatus quo”; pero también esos mismos sectores suelen ser cobardemente hipócritas y presentarse ante la sociedad que explotan como “demócratas y republicanos”. De allí la necesidad de una “ficción democrático-electoral”. Es en ese contexto que el Partido Conservador, el Partido Socialista Independiente, formaciones provinciales de fuerte presencia territorial, sectores del radicalismo de Alvear, grupos de militantes católicos y los herederos de la vieja oligarquía patricia del interior formaron la alianza política conocida como Concordancia que ganaría, fraude mediante, las elecciones de 1932. Uriburu se retiraría al oscuro ostracismo que se depara a todos los brazos ejecutores políticos de los intereses de los grupos dominantes y otro militar , Agustín Justo, ascendería al estrellato; sin más uniforme que un traje de civil y una banda presidencial que le cruzaba el pecho. A poco de asumir, y en medio de la crisis económica más brutal que el mundo había conocido hasta entonces, el vicepresidente Julio Argentino Roca hijo, viaja a Londres en misión diplomática. Allí sellan con Sir Walter Runciman, el secretario de comercio, un acuerdo comercial de “ayuda mutua”. Por el mismo Inglaterra se comprometía a comprar carne congelada a nuestro país por una cuota no menor a la de 1929 (que casualmente había sido la más baja de la historia). Como contra parte el gobierno se comprometía a “ gastar el 100% de esas divisas en compras directas a Gran Bretaña, no cobrar ningún impuesto a las importaciones industriales provenientes de ese país, limitar al 5% como máximo la participación de frigoríficos argentinos en dichas operaciones y a tener un trato preferencial y benévolo con todas las empresas inglesas”. Además el traslado de las reses congeladas debía hacerse exclusivamente en barcos británicos y el costo del mismo sería cubierto por el Estado argentino. Como humillación final dicho tratado fue firmado el 1º de mayo de 1933, el mismo día que en las calles porteñas la policía reprimía violentamente las movilizaciones por el día internacional de los trabajadores.
Al volver a nuestro suelo el vicepresidente Roca declaró a los periodistas: “Nuestro país es ya la joya más brillante de la corona del Imperio británico”.
Pero no sólo relucen las piedras preciosas. A veces, brillan las cadenas.

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Abril y el otoño del caudillo

Uno de los más recurrentes slogans que engalanan las conversaciones de nuestras minorías “bien pensantes” y que hacen del sentido común una militancia mediática es emparentar la democracia con la alternancia política.

Desde esta infantil y simplista visión el funcionamiento del sistema republicano estaría garantizado en el hecho que las fuerzas políticas se turnen en el ejercicio del poder .Esa idea, anclada en la ingenuidad de que la variedad en el signo político que administra el Estado garantiza la democratización de las instituciones públicas, condena los vicos del populismo demagógico materializados en las re-elecciones de funcionarios. Países como México o Estados Unidos han hecho un culto de este formalismo anti-reeleccionista limitando todos los cargos ejecutivos a un período o dos respectivamente. Mientras que en el primer ejemplo el PRI gobernó el país y todas las provincias por 70 años consecutivos (1928-1998) en el segundo Demócratas y Republi-canos se alternaron en el poder desde mediados del siglo XIX garantizando, ambos, las constantes invasiones en América Latina, la privatización de la salud y las universidades, la persecución al sindicalismo y la prohibición del voto a los negros hasta 1964. Como vemos la “democracia” es un ideal político al que no se llega mágicamente solamente limitando la re-elección de funcionarios.
En nuestra castigada Argentina esta idea se plasmó en la Constitución de 1853 que prohibía expresamente la re-elección del presidente mientras que, al mismo tiempo, dejaba librado de esa limitación a gobernadores, intendentes, diputados y senadores. El ciudadano que ejercía la primera magistratura, entonces, gobernaría un sexenio para luego retirarse mientras que el parlamento y las gobernaciones seguiría siendo el coto privado de los representantes de las familias patricias y aristocráticas que constituirían el “gobierno permanente del aparato y los fondos del Estado”. Cuando en 1916 la Ley Sáenz Peña democratizó el derecho del sufragio haciéndolo extensivo a todos los varones el “anti- reeleccionismo” se corporizó en el círculo más rancio de opositores a Yrígoyen. Cuando el 1º de abril de 1928 una abrumadora mayoría del electorado convalidó con casi 900.000 votos válidos (más que la suma de los recibidos por todos las otros candidatos juntos) el poder real de Argentina decidió “re-definir la democracia”.
Las caricaturas del diario Crítica (de Natalio Botana), las conspiraciones de Alvear (un radical conservador), la furiosa prédica antiliberal de Leopoldo Lugones (un escritor vinculado al nacionalismo) y las caracterizaciones que desde los escaños parlamentarios hacían conservadores de variada cepa sobre el “caudillismo”, “el malevaje radical” y la “gauchocracia” como devaluación de la república fueron minando la autoridad presidencial y la legitimidad del sistema en su conjunto. Si a esto le sumamos el desgaste natural que el ejercicio del gobierno conlleva, los errores que todas las gestiones tienen y el complejo contexto de la crisis económica internacional que ya se hacía sentir el desenlace no podía ser muy venturoso. Cuando en septiembre de 1930 una alianza cívico –militar protagonizó el primer golpe de estado de nuestra trágica historia se inauguró, además, el ciclo de la decadencia jurídico-institucional que todavía arrastramos hasta hoy. Los golpistas se llamaron a sí mismos “revolu-cionarios”, los partidos de la oposición (mayorita-riamente anti-yrigoyenistas) no se movilizaron contra el quiebre democrático y la Corte Suprema de Justicia (presidida por el abuelo del hoy Jefe de Gobierno Porteño, Horacio Rodríguez Larreta) reconoció a la dictadura militar como un “gobierno de facto”. Desde ese año en adelante, y durante más de una década gobiernos militares, conservadores y neo-radicales se irían sucediendo aplicando un mismo programa de ajuste a las minorías, entrega del patrimonio nacional, extranjerización de la economía y represión de los conflictos sociales pero, eso sí, asegurando de no re-elección de ningún presidente. Habría que esperar hasta que Perón en 1951, ahora incorporando a las mujeres, recibiera una avalancha de votos que lo revalidaran en su cargo para transformarse en el segundo presidente re-electo de la historia moderna y, luego, en el segundo derrocado. La democracia tutelada por las fuerzas armadas y encorsetada en los intereses de las clases dominantes había adquirido, ahora, una nueva forma. Los pueblos votan. Las oligarquías vetan.

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De la boina a la galera

El sistema democrático moderno se basa, centralmente, en la puja electoral entre diferentes expresiones políticas llamadas partidos.

Como su nombre lo indica, cada una de estas formaciones expresa no “al todo“ de la ciudadanía sino a una “fracción o parte” con ideología e intereses exclusivos y a veces excluyentes. Así, en nuestro país por ejemplo, a principios del siglo XX el Partido Conservador se presentaba como la expresión de los grandes hacendados y las familias patricias del interior, el Conservadurismo Popular aglutinaba a las fracciones empobrecidas de criollos católicos tradicionalistas y el Socialismo interpretaba las demandas de los obreros calificados y empleados del sector de los servicios de los grandes centros urbanos. Completaban este abanico los partidos provinciales (Demócrata-Progresista de Santa Fé, Autonomistas de Buenos Aires o Demócratas de Mendoza) que eran claramente expresiones de intereses territoriales más que ideológicos. Totalmente opuesto a esta lógica local en Partido Socialista Internacional (luego llamado Comunista) se presentaba como el articulador de los intereses comunes a todo el proletariado industrial, más allá del país que habitaran o de la rama de la producción en que se hallaran insertos. Esas eran las partes, o partidos, de la joven y frágil democracia Argentina. Sin embargo la llegada al poder de la UCR desestabilizó esta ecuación puesto que abrevaba de tradiciones políticas muy diversas y era capaz de contener en su seno a sectores tan diversos como los chacareros de la Pampa Húmeda, comerciantes e intelectuales urbanos, obreros calificados hijos de inmigrantes europeos, artesanos cuentapropistas, y a la baja oficialidad del ejército argentino. El gobierno de Yrigoyen contribuyó enormemente a esa imagen de gobierno de unidad al lograr, al mismo tiempo, fortalecer al Estado con la creación de YPF, enriquecer a los grandes hacendados al sostener el modelo agro-exportador, arbitrar en los conflictos sociales buscando un acuerdo entre los sindicatos y las patronales, sancionar las primeras leyes laborales y controlar las protestas obreras mediante la represión policial. El yrigoyenismo podía soñar, entonces, con ser un movimiento histórico superador que pueda presentarse como la suma de todas las partes en disputa. 1921 sería el año en que sonaría el despertador. Ante la inminente elección que definiría la sucesión presidencial para el período 1922/ 1928 la UCR decidió postular al aristocrático correligionario que ocupaba la cancillería en Francia. Hijo de prósperos latifundistas patricios, portador de una estirpe familiar que podía rastrearse hasta los tiempos de la Colonia, y descendiente de uno de los Directores Supremos; Marcelo Torcuato de Alvear representaba la colonización oligárquica al interior del radicalismo. Excéntrico, refinado en sus gustos y modales, amante de los viajes, la noche y la ópera; su figura no podía antagonizar más con la austeridad republicana de su viejo antecesor. Luego de arrasar en las elecciones presidenciales Alvear avanza en “ des-yrigoyenizar “ la UCR. El levantamiento de los aranceles protectores de la joven industria nacional, el fortalecimiento de la relaciones con la Sociedad Rural y el endurecimiento represivo contra el movimiento obrero combativo serían los sellos distintos de su gestión. La apertura indiscriminada de las importaciones industriales no sólo se tradujo en crecimiento del desempleo fabril sino que trajo como consecuencia la valorización de la moneda nacional que en 1927 llegaría a la paridad con la libra esterlina. El primer 1 a1 de la historia sería un cepo de hierro a la economía nacional que estallaría con la crisis internacional de 1929; durante la segunda presidencia de Yrigoyen.
El “anti-personalismo” como gustaba llamar a su línea político-partidaria no fue más que subordinar al primer partido de masas de nuestra historia a los intereses económicos de la oligarquía a la que el propio Alvear pertenecía. Desde ese momento la UCR intentaría sostener una mística progresista y republicana mientras se integraba a la caravana de los grupos dominantes como el furgón de cola del patriciado terrateniente. Luego del Golpe de Estado de 1930 el alvearismo se constituiría como la corriente hegemónica al interior de la UCR, negociando cargos con la dictadura de Uriburu, integrando los gobiernos de la Década Infame para luego confluir en el pantano del anti-peronismo del cual no podría salir nunca.
Desde el 23 de marzo de 1942 el cuerpo de Marcelo Torcuato de Alvear ocuparía la fastuosa bóveda familiar en el selecto cementerio de la Recoleta pero su fantasma puede encontrarse en el trágico derrotero de alianzas que su partido traza hasta nuestros días.
Desde hace muchos años las boinas blancas cambian haciéndose amarillas.

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Los profetas del odio

La imagen extendida que tenemos de los lejanos años `20 es de un mundo sorprendido por el desarrollo del cinematógrafo, el tendido de redes de alumbrado público y la ruidosa irrupción del Ford T. Esa convulsionada y efervescente sociedad industrial bailaba al ritmo del charlestón, construía los primeros rascacielos e iniciaba la aventura de la aviación mientras bebía champagne y carcajeaba con Charles Chaplin.

Era la “Belle Epoc”; ese momento en que las burguesías del occidente capitalista creían vivir el paraíso terrenal de una sociedad sin conflictos y un progreso sin límites. El desarrollo de la ciencia, el consumo alocado, la extensión de los medios masivos de comunicación como la radio y el cine, el pleno empleo y la democracia republicana parecían ser los puntos más altos de la historia del desarrollo humano. Sin embargo, por debajo de esa aparente armonía homogénea, la sociedad seguía produciendo y reproduciendo violentos conflictos sociales y económicos. En los países periféricos, como el nuestro, las viejas oligarquía terratenientes había cedido el poder político a las burguesías urbanas pero seguían manteniendo el control económico. Naciones como Argentina, Brasil, Chile, Venezuela o Colombia mantenían las “formas democráticas” mientras se orientaba toda la acción del Estado para mantener el modelo agroexportador, la concentración latifundista de la tierra y la represión social contra el naciente movimiento obrero. Al mismo tiempo, en los países centrales, la competencia entre las empresas monopolistas obligaba a los gobiernos a expandirse sobre diversas áreas del globo para asegurar materias primas baratas. Lana de Australia para la industria textil de Manchester, Caucho de Indochina para las fábricas de neumáticos de Francia, carbón africano para las acereras de Alemania eran las formas que la competencia inter- imperialista adoptaba en esos años. La Primera Guerra (1914-1918) sería la violenta resolución de estos conflictos entre potencias imperialistas que luchaban por el control mundial. Para 1920 Francia, Inglaterra y Estados Unidos emergerían como centros geopolíticos de poder mientras que Rusia, Turquía y Alemania iniciarían violentos procesos de crisis casi terminal. La revolución bolchevique pondría fin a la decadente monarquía rusa, el nacionalismo turco llegaría a su fin tras la derrota militar y los germanos vivirían largos años de inflación descontrolada, desempleo y miseria sin precedentes. De las cenizas de una sociedad diezmada por la guerra, el hambre y la desocupación no es fácil resurgir. A veces el dolor de los vencidos se transforma en dignidad que busca transformar las causas primarias de la crisis capitalista y se apuesta a construir un sistema más justo. Ese camino eligió Rusia. Pero otras veces ese mismo dolor troca en resentimiento y se buscan culpables inmediatos a quienes responsabilizar por “todos los males de la nación”. Ese fue el camino que lentamente inicio Alemania.
Pequeños industriales empobrecidos por la guerra, soldados de bajo rango que volvieron a su patria cargando la vergüenza de la derrota, obreros desempleados que competía con otros trabajadores por los pocos puestos de trabajo existentes, pequeños campesinos a los que los bancos extranjeros les expropiaban sus campos al no poder pagar los créditos hipotecarios. Todos ellos fueron constituyendo una argamasa que hervía de ira contra los “políticos tradicionales”, los extranjeros vencedores que “humillaban a Alemania” y todo aquel que no se “empobreció como ellos”. Sólo necesitaban un intérprete que direccione su odio y su frustración hacia un enemigo de carne y hueso. El 25 de febrero de 1920 en un salón céntrico de Munich un pequeño grupo de militantes políticos realizaba una asamblea pública en la que se pretendía dar nacimiento a un nuevo partido político. Unos 150 testigos escucharon la encendida oratoria de un joven sargento del ejército alemán dando a conocer el Programa de gobierno de la nueva agrupación. Habló de construir una “Nueva y Gran Alemania”, de “nacionalizar la banca y las minas de hierro y carbón”, de “expulsar a los extranjeros que no sean parte del Pueblo” y de “prohibir la ciudadanía a gitanos, eslavos y judíos”. Prosiguió explicando la necesidad de “prohibir la inmigración” y “aplicar la pena de muerte para los usureros y especuladores” como así también a los “agitadores bolcheviques y a los enemigos de la Nación”. Los aplausos y la ovación final que los espectadores le brindaron al pequeño orador fueron el preludio de la tempestad que se avecinaba. Ese día había nacido el Partido Nacional Socialista Obrero Alemán y Adolf Hitler daba su primer paso a la conquista del poder. La crisis económica había parido su peor consecuencia. Discurso anti-inmigratorio, nacionalismo extremo, belicismo expansivo, líder demagógico y una sociedad atormentada por el miedo al desempleo que decide sumarse a un proyecto populista de derecha. Cualquier semejanza con la actualidad… no es pura coincidencia.

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Rebelión en la ciudad

Suele ocurrir que las sociedades se aproximen a la interpretación de los hechos dolorosos de su pasado desde una visón ingenua o mágica. Así, frente a los sucesos oscuros, vergonzosos o trágicos, solemos reaccionar con una sobreactuada sorpresa o un fatalismo bíblico.

Por ello la genocida guerra de la Tiple Alianza, de la cual Argentina fue protagonista, es borrada de los manuales de textos escolares; la Conquista del Desierto es presentada como responsabilidad exclusiva de Roca y no de la Sociedad Rural que financió dicha empresa y las sucesivas dictaduras militares son resultantes de una “tentación militarista propia de los atrasados pueblos latinoamericanos” para exculpar a los grupos económicos beneficiarios de esos gobiernos castrenses. Con esa visión accidental de la historia los responsables activos de dichos procesos blindan sus culpas y los responsables pasivos edulcoran sus atormentadas conciencias. Esa es la trampa de la historia oficial: ocultarnos que el injusto mundo actual se hace a diario por acción y por omisión. Pero… ¿siempre habrá sido así?...
El caluroso enero de 1919 puso en la tapa de los diarios la conflictividad social en tiempos de la “apertura democrática radical”.
En el sur de la industriosa ciudad de Buenos Aires los talleres metalúrgicos de Vasena son tomados por los trabajadores que estaban en conflicto desde mediados de diciembre reclamando un pequeño aumento salarial, la delimitación de la jornada laboral a 10 horas como máximo y el reconocimiento de la organización sindical por parte de la patronal. Los 2500 trabajadores de la planta no sólo comenzaron a retener sus servicios sino que, a partir del 7 de enero, decidieron ocupar la fábrica para exigir a los patrones sentarse a negociar con los delegados obreros. Ese mismo día un grupo de rompe-huelgas contratados por la empresa intentó desalojar a los trabajadores que resistieron, lo que desembocó en una violenta contienda en la planta que se cobró varios heridos. A partir del día 9 la huelga se extendió a las calles produciendo marchas, piquetes, ollas populares y actos callejeros que rápidamente alcanzaron gran masividad. La Federación Obrera Regional Argentina, que era la central de trabajadores de la época, llamó a la huelga general en solidaridad con los obreros de los talleres Vasena ante lo cual la patronal recrudeció en sus postura exigiendo la intervención policial. Nuevos choques violentos se produjeron en muchos barrios del sur metropolitano en donde la organización y valentía de los huelguistas hizo retroceder a la policía. Al día siguiente, el 10 de enero, el gobierno nacional dispuso la militarización de la ciudad enviando a 30.000 infantes y decretando el Estado de Sitio para “controlar las calles”. La respuesta fue sorprendente: en varias ciudades se decretaron huelgas generales en solidaridad con los trabajadores porteños. Santa Fe, Bahía Blanca, Mar del Plata y hasta Montevideo realizaron huelgas generales el día 11, en las cuales hubo movilizaciones callejeras multitudinarias. Ante el desborde popular, el propio Yrigoyen se reúne con una delegación de los huelguistas y presiona a la empresa para que acepte las demanda obreras. La respuesta de la patronal no se hizo esperar. Desde la noche del mimo 11 de enero hasta las primeras horas del 14 bandas civiles armadas recorrieron las barriadas populares de La Boca, Boedo, Barracas, Villa Crespo y Chacarita. Jóvenes universitarios de las familias del patriciado porteño aglutinados en la “Liga Patriótica”, comisarios y policías vinculados al Partido Conservador, militantes de la Acción Católica y el malevaje reclutado por unos pesos dieron inicio a una brutal cacería de agitadores sindicales y obreros revoltosos. Se asaltaros locales de la FORA, se incendiaron conventillos y se saquearon locales comerciales propiedad de judíos y “rusos”. La pasividad policial (que sugiere cierta complicidad oficial) y la brutalidad demostrada por estos `primitivos “grupos de tareas” permitieron que por tres días la ciudad sea una “zona liberada” dominada por el odio de clase, la xenofobia y el anti-obrerismo reaccionario. La resistencia obrera fue heroica; `pero inútil. El día 14 de enero de 1919 la huelga fue derrotada, los obreros participantes fueron despedidos y la patronal logró volver a imponer las brutales condiciones de trabajo pre-existentes. 700 obreros murieron durante los enfrentamientos, se registraron más de 4000 heridos y los partes policiales acusaron más de 5000 detenidos. La memoria obrera registra ese hecho como la “Semana Trágica” pero la historia oficial lo bautizó simplemente “La semana de enero”. Parecería un detalle menor, pero no lo es porque 47 años después de estos hechos un hijo y heredero de esa patronal genocida llamado Adalberto Kriegger Vasena sería nombrado Ministro de Economía por el dictador Juan Carlos Onganía.
Los ricos no piden permiso. Ni perdón.

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El subsuelo de la patria

El 13 de diciembre de 1907 el pequeño pueblo costero de Comodoro Rivadavia se transformó en noticia. Tan sólo un día antes este desolado poblado patagónico contaba con apenas 50 familias asentadas de forma permanente y una economía casi de subsistencia basada en la producción lanar.

Su puerto, que no tenía escollera que lo protegiera de las bravas mareas del Atlántico, era inutilizable durante el largo invierno por lo cual se aguardaba con ansias la llegada del tan prometido ferrocarril estatal. El clima seco y el incesante viento completaban el hostil marco geográfico de este rincón olvidado de la patria que el general Roca había conquistado a sangre y fuego menos de 30 años atrás. Sin embargo, ese día, todo cambió. Para siempre.
Trabajadores de la empresa privada que perforaba la árida estepa patagónica buscando agua vieron azorados brotar borbotones de petróleo por la frágil torre de madera. Sólo 24 horas después el gobierno, en manos del presidente José Figueroa Alcorta, firmaba un decreto que
“creaba una reserva nacional de 200.000 hectáreas alrededor de Comodoro Rivadavia” quedando además “prohibidas todo tipo de concesiones privadas sobre dicho territorio”. De esta manera el Estado se aseguraba resguardar la reserva de crudo de las presiones de los grandes terratenientes patagónicos que reclamaban derechos de propiedad sobre el subsuelo de sus estancias ovejeras, como así mismo evitar la llegada de petroleras anglo-norteamericanas como la Standard Oil y la Shell. Esta medida de proteccionismo económico, sorprendente en un gobierno conservador como el de Alcorta, demuestra las líneas al interior de la propia alianza gobernante. Mientras el sector más reaccionario, ligado a la agro-exportación, buscaba aliarse como socio menor de las grandes petroleras extranjeras; el grupo más progresista, vinculado a la naciente industria, prefería un monopolio estatal para asegurarse insumos energéticos a bajos precios. Esas era, y tal vez aún sean, las grietas de los grupos concentrados de la economía: mientras la burguesía industrial aspiraba a ser una clase dirigente la oligarquía terrateniente se conformaba con ser una clase dominante. Por casi una década la línea proteccionista y modernizadora logró imponerse al interior del propio Estado y frenar los intentos privatistas de la SRA, la Bolsa de Comercio de Londres y la embajada de EE. UU. Pero fue con la llegada de la UCR al gobierno que el tema del petróleo adquirió una nueva dimensión. El propio Yrigoyen decidió intervenir en el tema de forma directa y, fiel a su estilo personalista, designó un hombre de su entera confianza a cargo de una comisión que investigara los costos y beneficios de nacionalizar o privatizar el petróleo. Enrique Mosconi sería el encargado de esta patriada petrolera. Por varios años se realizaría estudios geológicos en el sur patagónico, se haría reuniones con industriales, ingenieros y economistas. Los ministros responsables de áreas vinculadas al debate energético como Hacienda (economía), Guerra (defensa) y Ferrocarriles. El propio Mosconi viajaría a Europa para estudiar la novedosa compañía estatal petrolera creada en la URSS y participaría como invitado especial en la Convención Constituyente de Querétaro donde los mexicanos debatirían la propiedad estatal del subsuelo mineral. Con todo ese caudal de información la conclusión de Mosconi fue categórica: el gobierno debía crear una compañía estatal que monopolice la explotación de todo el petróleo hallado y por hallar en el subsuelo argentino. Había nacido YPF gracias a la decisión política de enfrentar a los poderosos. Curiosamente sería otro gobierno radical, el de Arturo Frondizi, el que iniciaría a finales de la década del ´50 el lento pero continuo proceso de privatización petrolera que Menem llevaría a su punto más alto de entreguismo en los años ´90.
El subsuelo de la patria es, desde entonces, un millonario negocio de multinacionales petroleras, operadores de bolsa, empresas constructoras contratistas del Estado y lobistas disfrazados de ministros. El oro negro no es más oscuro que nuestra historia.

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Volver a los 17

Los periódicos argentinos de mayor tirada de comienzos de siglo XX, La Prensa y La Nación, sorprendieron a sus numerosos lectores con alarmantes noticias internacionales. Durante varios días, las secciones internacionales, reproducían cables trayendo inquietantes
informaciones de sucesos de lejanas estepas heladas.


“Agitadores sin religión ni ley atentan contra la libertad en Rusia” tituló La Prensa el sábado 3 de noviembre de 1917. La Nación, por su parte, el martes 6 dedica la columna editorial a tranquilizar a sus lectores explicando que “… esa Rusia ideologizada y estrecha que hoy se agita está compuesta sólo por una minoría de obreros y soldados que no podrán imponer sus ideas”. Al día siguiente el diario de los Mitre debió rectificarse titulando “Los soviets se adueñan del poder”. Ya desde entonces la realidad desmentía a las noticias.
Ese lejano 17 de noviembre (del cual el próximo año se cumplirá un siglo exacto) repercutiría inusual y profundamente en nuestras tierras. Por un lado la tradicional cautela diplomática del gobierno radical se tradujo en una abierta política de “no intervención “y en declaraciones oficiales a favor de “la paz de los pueblos y la resolución pacífica de los conflictos”. Con la Primer Guerra Mundial finalizando y ante el éxito obtenido por Argentina en su política de neutralidad, Yrigoyen logró mantenerse “al margen” de definiciones categóricas (tanto a favor como en contra) de la todavía inclasificable situación rusa. Sin embargo las primeras medidas del gobierno provisional bolchevique puso en evidencia una corriente política emergente que cuestionaba la base central del modelo occidental capitalista: la propiedad privada. A 24 horas de asumir el gobierno; el propio Vladimir Ilich Ulianov (Lenin) presentó un decreto que establecía la “confiscación automática de todas las tierras de los grandes terratenientes, los mayorazgos, y los conventos y su traspaso a órganos de control popular”. La reforma agraria compulsiva develaba el carácter socialista de la insurrección triunfante que se reconvertía en revolución. Estaba naciendo la Unión Soviética: ese experimento socio-político que más allá de sus errores, límites y contradicciones fue por 70 años el marco de referencia de una importante porción de la clase obrera de todo el mundo. Ese “paraíso obrero” no tardaría en seducir a una fracción de nuestros trabajadores que lejos de desanimarse por la lejanía geográfica de la “nueva tierra prometida” se blindaron en una nueva “mística militante” que forjaría a varias generaciones de obreros y obreras argentinos. Un gobierno nacional y popular como el de Yrigoyen (aún con los límites que implica ser representante de las capas pequeñas y medianas de la burguesía) crea condiciones favorables al desarrollo de una conciencia política más profunda en los grupos subalternos de esa sociedad. El aumento de la actividad industrial, desarrollada gracias a la coyuntura favorable de la guerra europea, aumenta numéricamente a la clase obrera. Al mismo tiempo el nuevo roll de árbitro que asumió el Estado interviniendo en los conflictos obrero-patronales fortaleció la tendencia a la sindicalización.
Sindicatos como los Panaderos, Zapateros, Ferroviarios, Textiles, Marítimos y obreros de la Construcción vieron crecer su número de adherentes y, como consecuencia de esto, su capacidad de representar los intereses obreros frente al Estado y los empresarios. Diversas corrientes de izquierda marxista encontrarían, entonces, un suelo fértil en dónde hacer germinar sus ideas de cambio sociales profundos. Es así que un grupo de afiliados al Partido Socialista comienzan en cuestionar la estrategia partidaria centrada en la “lucha electoral parlamentaria” y su “desentendimiento de la participación en los sindicatos”. El crecimiento cuantitativo de la clase obrera, la baja en la intensidad represiva por parte del nuevo gobierno y el triunfo de una revolución de obreros y campesinos en Rusia demostraban – según este grupo disidente- la necesidad un cambio de estrategia partidaria. Ya no se trataría de modificar las leyes vigentes que administraban el sistema social vigente; sino de transformar a la sociedad en su conjunto.
Inspirados en esas ideas en enero de 1918 ( algo más de dos meses después de la Revolución rusa) se fundaría en Partido Socialista Internacional, antecedente del Partido Comunista. Todo proceso histórico rupturista aporta luces y sombras y este no sería la excepción. Una nueva corriente política dividía el frente popular anti-capitalista que nuestras clases populares habían tardado medio siglo en construir pero también este nuevo espacio ponía al movimiento obrero en el centro de la escena política, como protagonista central de los cambios que vendrían.
Ese 7 de noviembre, como bien parecían entenderlo La Prensa y La Nación, había cambiado el mundo. Y Argentina con él.

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La hora de los pueblos

Desde su creación como concepto, en la Antigua Atenas, “Democracia” es un término en disputa. Para esos antiguos habitantes del Egeo el “Demos” , es decir aquellos ciudadanos que estaban habilitados para ejercer el derecho a participar en política, sólo eran los varones mayores de 30 años que a la vez fueran letrados y propietarios de un mínimo de parcelas de tierras.

El poder o “Kratos” era entonces el privilegio hereditario de una selecta minoría endogámica. En la Atenas del siglo V antes de Cristo podían entonces convivir esclavos, mujeres sin derechos, campesinos y artesanos sin voz ni voto y una “casta de política de togas blancas que teorizaban sobre la democracia y el poder en manos del pueblo “.
Posteriormente los romanos reproducirían este curioso sistema en donde el gobierno imperial estaría monopolizado por los “patricios”, también pertenecientes a los grupos de grandes terratenientes o comerciantes. Para el resto, llamada la “plebe”, sólo quedaría el consuelo de no ser considerado un bárbaro por vivir dentro de los límites del imperio y poder acceder de manera gratuita a las grandes fiestas deportivas que se realizaban en el Coliseo dónde se podía, además, recibir un dotación de harina de trigo donada por el Emperador. “Pan y circo”, he ahí la verdadera fórmula de la democracia clásica.
El desarrollo de la historia, sin embargo, hizo que los grupos dominantes no pudieran relegar indefinidamente a las grandes masas populares al roll de meros espectadores de su propio destino. Fue así que Inglaterra en el siglo XVII y Francia en el siglo XVIII produjeron grandes reformas políticas que, muy lenta y gradualmente, abrieron canales de participación popular. Para la década de 1850 en casi toda Europa occidental el voto masculino universal se había extendido como un reguero de pólvora. Nuestro castigado continente, por supuesto, fue mucho más refractario a esas reformas por exclusiva responsabilidad de la oligarquía terrateniente conservadora que se negaba sistemáticamente a permitir que la “chusma de alpargata y chiripá” pueda decidir sobre los destinos de la patria. El propio Sarmiento, en sus escritos finales, manifestaba la preocupación de que nuestro país se convierta en una “gauchocracia”. Cuando Julio Argentino Roca crea el PAN, uniendo al partido Autonomista de Alsina con el Nacionalista de Mitre, no sólo demuestra la gran capacidad de alianza que tienen la fracciones de los grupos dominantes para unirse en defensa de sus intereses; sino también el nacimiento de una maquinaria político-electoral contra-mayoritaria. Una República ficcional, con formas democráticas, rituales electorales y farsas institucionales en donde el poder era ejercido de manera casi monárquica no ya por una familia sino por una casta de hacendados y comerciantes portuarios. Sólo la lucha de los sindicatos anarquistas, los parlamentarios socialistas, los caudillos federales del interior y el creciente apoyo que lograba acaudalar la UCR podría poner freno a la voracidad de un bloque de poder insaciable. Fue así que a comienzos del siglo XX, y como consecuencia directa de la incapacidad gubernamental de encausar el conflicto social de otra forma que no fuera aumentar los niveles de represión, el Congreso Nacional sancionará la Ley Sáenz Peña que garantiza el voto “ obligatorio, secreto y único” para todos los “ciudadanos varones mayores de 18 años de edad”. En abril de 1916 la fórmula Conservadora mediría sus fuerzas en elecciones libres y limpias contra los Demócratas- Progresistas, los Socialistas y los Radicales. Casi 745.000 hombres acudieron a votar, muchos de ellos por primera vez. Pocos para un país de algo más de 7.000.000 de habitantes pero es bueno recordar que no pudieron sufragar los residentes en La Pampa, Chaco, Formosa, Jujuy, Salta, Catamarca y toda la Patagonia por ser estas regiones, todavía, territorios nacionales y no provincias. Sin embargo, y más allá de tantas trabas burocráticas, las elecciones se llevaron adelante con relativa normalidad y finalmente la alianza gobernante fue desalojada del poder. Con casi el 45% de los votos Hipólito Yrigoyen fue elegido presidente con el aval de las urnas, que por primera vez en nuestra historia habían sido escuchadas. Asumiría su cargo el 12 de octubre de 1916, hace un siglo exacto por estos días, en medio de una multitudinaria manifestación que lo acompañaría ruidosamente festejando por las calles.
De tal magnitud fue la presencia popular en las calles ese día que el primer mandatario, visiblemente conmovido por la situación reinante, decidió improvisar un discurso desde los balcones de la casa de gobierno y frente a una plaza de mayo rebalsada.
La muchedumbre lo escuchó y lo ovacionó durante su breve pero emotivo mensaje.
Ese día nuestro país estaba empezando a cambiar para siempre… el “demos” y el “kratos” se fundían en el mismo barro sagrado de la historia de los pueblo libres. Ya no sólo hablarían las urnas, también hablarían las calles.

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Los muros del liberalismo

Muchas veces ocurre que las sociedades construimos mecanismos de negación que nos permite exorcizarnos de las responsabilidades colectivas frente a nuestro pasado y nuestro presente. Así podemos, todavía hoy, escuchar las voces de miles de compatriotas que se manifiestan “sorprendidos” por los crímenes de la dictadura, el vaciamiento menemista o el ajuste macrista. Ese reciclado “yo, argentino” desdibuja al cuerpo social para transformarlo en una “víctima pasiva de la historia”, un amorfo ser sin capacidad de acción ni reacción que se presenta a sí mismo como mero espectador de su propia vida.

“Los argentinos somos derechos y humanos” es mucho más que una patética calcomanía repartida por lo genocidas en 1979, es la obediencia debida que las sociedades sin pensamiento crítico se imponen así mismas. Así cuando hace muy pocos años el entonces alcalde porteño, Mauricio Macri, reflexionó ante la toma de tierras en el sur de la ciudad que el problema radicaba en la “inmigración descontrolada” todos los prejuicios ocultos salieron a la luz. La misma patria que se muestra orgullosamente blanca y europeizada frente a una Sudamérica afro-originaria sugería ahora limitar la llegada de los inmigrantes para evitar “desbordes sociales y delictivos”. ¿Esa brutal pero honesta declaración ideológica fue sólo un exabrupto del Jefe de Gobierno Porteño o una exteriorización de una tradición política y cultural de nuestras clases dominantes?.Veamos.
El surgimiento de la Unión Cívica en 1890 como una fuerza progresista, de amplia base social, ideología liberal federalista y prédica revolucionaria puso a la oligarquía terrateniente en un atolladero político. O se recrudecían los mecanismos represivos en manos del Estado Conservador o se abrían, lenta y controladamente, canales de participación electoral que permitieran participar a los sectores más moderados de la oposición. Es así, y no de otra manera, que comienzan a producirse reformas políticas que alentaban la participación electoral de grupos sociales hasta entonces excluidos. Cuando en 1895 una nueva intentona revolucionaria radical sacude a varias provincias del interior el gobierno conservador, en manos del presidente Luis Sáenz Peña primero y su vice Manuel Quintana después, desarrolla un novedoso sistema de apertura controlada. Allí se reconocen nuevos partidos como el Demócrata Progresista de Santa Fé, el Liberal de Corrientes o el Socialista, que si bien tenía organización nacional era especialmente fuerte en Avellaneda, La Boca y Barracas. Junto con esto se constituyen gabinetes “amplios y plurales" donde tendrán un lugar asegurado ministros y funcionarios de diversas expresiones partidarias y se avanzará (muy lentamente) en la depuración de los fraudulentos padrones electorales. Sólo la UCR conducida férreamente por Alem primero e Yrigoyen después seguiría levantando las banderas de la “abstención revolu-cionaria”. Esta táctica que parecía asilarlos de otros espacios políticos más proclives a la negociación con el régimen conservador fue tan exitosa que obligó al propio Julio Argentino Roca a re-postularse a la presidencia en 1898 por ser considerado el único garante de orden vigente. Con el fraudulento proceso electoral que llevó al tucumano nuevamente al poder la crisis de legitimidad se agudizó dejando a la oligarquía gobernante despojada de todo disfraz republicano. Frente a este bloque de poder se erigían dos grandes colectivos opositores: la UCR y el Movimiento Obrero. Mientras que el primer núcleo centraba sus críticas, válidas por cierto, en la falta de participación cívica el segundo sector pugnaba no sólo por la defensa de sus intereses sectoriales sino por modificar la estructura económica imperante. Las grandes huelgas de comienzos del 1900 crearon las condiciones para que un año después varios sindicatos conducidos por militantes anarquistas crearan la Federación Obrera Argentina (FOA), la primera central sindical de nuestra historia. Sin embargo la reacción roquista no se haría esperar y en 1902 el Congreso votaría por abrumadora mayoría la Ley 4144 que autorizaba al “expulsión a sus países de origen de los inmigrantes responsables de atentados contra el orden social vigente”. Era la famosa Ley de Residencia cuyo autor, Miguel Cané, venía ejerciendo diversas funciones públicas desde la “apertura" iniciada por Pellegrini. El entonces Senador presentó el proyecto aduciendo la “necesidad de desprenderse elementos disolventes de la unión nacional y los valores nacionales” y según sus propias palabra por “expreso pedido de la UIA, una de las entidades más valiosas de nuestra patria”.
Cané murió el 5 de septiembre de 1905 a los 56 años de edad dejándole a la clase dominante, de la cual él mismo era parte funcional, una de las leyes más brutalmente represivas de nuestra historia. Controlar la “calidad inmigratoria" es una obsesión histórica de los grupos privilegiados que levantan muros invisibles de prejuicios para blindar el feudo de sus privilegios. ¿ Conocerán Donald Trump o Mauricio Macri la historia de Miguel Cané?...¿ O serán distintas caras de la misma historia?

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El piloto de tormenta

Uno de los mayores éxitos que han demostrado nuestras clases dominantes, fue la de convencer a un número creciente de compatriotas que la economía es algo complejo y por lo tanto ajeno a la comprensión popular.

El ama de casa, el jubilado y el trabajador que todos los días realizan transacciones comerciales, producen riqueza (en forma de bienes o servicios) y consumen parecen sentirse desvinculados de ese mundo de saberes que los entendidos llaman grandilocuentemente “economía “. Así, logran convencer a amplios sectores de la población, que “los precios de los alimentos suben“ de manera mágica y totalmente independiente de los grandes productores agrarios, los supermercados y los exportadores. El precio de la góndola que hiere el bolsillo de los sectores más pobres no es, entonces, el resultado de la capacidad de los grupos económicos concentrados de imponer sus intereses sino una fatalidad del “destino argentino que nos condena a la inflación continua “. Una economía “fetichizada“ es necesaria para esconder el rostro, los nombres y los apellidos de los que se benefician con el perjuicio de las grandes mayorías. Pero… ¿Habrá sido así desde siempre?...Veamos.
A partir de 1880 nuestro joven Estado estructuró un modelo económico basado en la agroexportación. Los trenes, que surcaban el extenso territorio argentino, hacían confluir en el puerto de Buenos Aires el azúcar tucumano, el algodón chaqueño, el tanino santafesino, la lana patagónica y las carnes de la pampa húmeda. Desde allí, y casi sin ningún agregado de valor industrial se embarcarían rumbo a la tan lejana y querida Inglaterra desde donde volverían meses después transformados en bebidas alcohólicas, tejidos, marroquinería y vestimentas. El “granero del mundo “ podía sólo podía funcionar importando arados, locomotoras y alambrados “made in England”. Este modelo de crecimiento económico vinculado al mercado interno encierra en sí mismo una grave contradicción: la desigualdad de los términos de intercambio. Mientras los precios de los productos primarios permanecen estable, pues le trigo o la carne siempre serán trigo o carne, las manufacturas tienen una tendencia alcista púes son cada vez de mejor calidad. Al mismo tiempo Inglaterra obligaba a sus colonias, Australia e India, a producir lana y algodón respectivamente para regular el precio internacional de esos productos logrando una lenta pero continua caída en los valores de las materias primas. Si Argentina producía únicamente materias primas que vendía a un único comprador que además tenía vendedores alternativos que competían con nuestros productos la única forma de vender era bajando los precios. Así desde mediados de la década de 1880 nuestro comercio internacional fue deficitario púes exportábamos productos baratos en pesos e importábamos productos caros en libras. Ese déficit se cubría, obviamente, contrayendo deuda externa con los propios ingleses. Muy rápidamente el Estado se encontró, al no tener control sobre su política monetaria, con un déficit comercial enorme que decidió cubrir con más deuda externa y emitiendo dinero sin respaldo al mismo tiempo que se profundizaba la matriz agro-dependiente de la economía. Sólo cabía esperar un único resultado. En 1889 se desató la más violenta crisis hiper-inflacionaria de nuestra historia. Los precios subían de forma acelerada y los salarios perdían capacidad de compra. Las pocas industrias locales cerraban sus puertas despidiendo a miles de trabajadores lo que retraían más el consumo. Por primera vez había hambre y desabastecimiento en el granero del mundo. La explosión revolucionaria del 26 de julio de 1890 fue la materialización política de la crisis económica. Acorralado por una situación social inmanejable el presidente Juarez Celman debe renunciar para ser reemplazado por su vice: Carlos Pellegrini. El 7 de agosto de 1890 en su discurso de asunción pronunciado frente al Congreso y ante la severa mirada de Julio Roca dijo: “Pobre de aquel país que le confía su economía a las nubes”. A partir de allí, y a pesar de pertenecer a las más rancia oligarquía patricia de nuestro país, el gobierno decidió intervenir fuertemente en la descompresión de la crisis. Se creó el Banco Nación gracias a un “aporte de varios millones de pesos que el presidente exigió a las familiar más prósperas de Argentina”, se frenó el ingreso masivo de productos industriales y se apostó al desarrollo agro-industrial. Los vinos, los aceites, los molinos y los tambos serían fomentados por el Estado y protegidos de la competencia externa. Si bien ninguna de estas áreas afectaba en lo más mínimo los intereses británicos no es menos cierto que Pellegrini encarnó un primer intento de diversificación económica en nuestro país. Dos años después terminaría su mandato y entregaría la banda presidencial al nuevo mandatario elegido por el sistema de fraude del cual él mismo era parte. El “padre de la industria nacional” o el “piloto de tormenta” como lo llamaban sus adherentes viviría sus últimos días en el aislamiento político al que lo condenó Roca. Un siglo después, en 1991 y tras otra crisis económica, su rostro sería el que ilustraría los recientemente creados billetes de un peso. La foto publicitaria de Domingo Felipe Cavallo mostrando el billete nacional junto al dólar inauguraba la hoy reciclada etapa de desindustrialización nacional llevada adelante por el neoliberalismo criollo. Carlos Pellegrini asesinaba el “made in Argentina”.

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Julio y sus raíces olvidadas

La historiografía liberal ha logrado instalar la idea de que el proceso de construcción del Estado moderno argentino (1860- 1880) fue un camino armónico y carente de tensiones internas.

Desde esta visión los “grandes estadistas del siglo XIX” como Sarmiento, Mitre, Avellaneda y Roca coincidieron tácitamente en todos los aspectos sobre los cuales debían cimentarse las bases del nuevo país. Esa historia inmovilizada, casi embalsamada, es la que ilustra las láminas escolares del Billiken o los devaluados billetes que pasan por nuestras manos. Esa historia des-ideologizada, huérfana de conflictos y debates, es la que requieren nuestras clases dominantes para desarticular las luchas del presente y transformar al “status quo” en sentido común. Demás está decirlo: los sectores populares necesitamos otra historia. Veamos…
Luego de ejercer la presidencia con poder casi absoluto, Julio Argentino Roca creó un hábil sistema de sucesión política que asegurase a la oligarquía terrateniente la permanencia en el poder más allá de los “vaivenes electorales”. La Liga de los Gobernadores elegía al futuro mandatario entre una lista de candidatos que debían reunir dos condiciones: no ser porteño y contar con la aprobación de los dos partidos mayoritarios el Nacionalismo y el Autonomismo. El cónclave revelaría el nombre del candidato meses antes de que el control policial de las elecciones, la adulteración de los padrones, el sistema de “voto cantado” y el naciente sistema de clientelismo político asegurase el arrollador triunfo del recientemente creado Partido Autonomista Nacional. Miguel Juárez Celman, yerno de Roca, sería el primer “presidente” elegido por esta compleja y siniestra maquinaria política creada por Roca. El orgulloso granero del mundo era una gran estancia en la cual sus propietarios elegían un nuevo administrador cada 6 años, quien debía pronunciar discursos encendidos de republicanismo celeste y blanco mientras abría los puertos a los capitales británicos. Los CEOS de la política no son nada nuevo.
Sin embargo en el interior de esa sociedad encorsetada se estaba gestando un nuevo sector emergente. Pequeños propietarios rurales de la Pampa húmeda, trabajadores artesanales independientes, comerciantes urbanos ligados al mercado interno, abogados e intelectuales comenzaron a reclamar una apertura política. Estos sectores, mayoritariamente nietos de inmigrantes europeos, estaban familiarizados con la idea del sufragio universal y la participación política activa transformándose rápidamente en el núcleo opositor al roquismo. A ellos se sumarían criollos federales anti-oligárquico, nacionalistas críticos del entreguismo económico, católicos enfrentados al laicismo escolar instaurado por Roca y hasta algunos gremios “cuello blanco” como empleados de comercio y los trabajadores del Estado. Estaba naciendo la Unión Cívica, una coalición de fuerzas liberales y progresistas que inicia una activa campaña de agitación política reclamando una “reforma electoral que democratice la República”. Figuras con la de Leandro Nicéforo Alem, Bernardo de Irigoyen e Hipólito Yrigoyen estarían entre sus fundadores. Luego se sumarían los arribistas profesionales del oportunismo político, como el propio Bartolomé Mitre que cínicamente se integra al grupo de cívicos a comienzos de 1890. Ese mismo año, y ante el desarrollo de una brutal crisis económica, la UC se lanza a la conquista del poder vía revolucionaria. Ante la convicción, seguramente acertada, que el régimen conservador no modificaría su asfixiante sistema político las hueste de Alem deciden tomar el poder mediante una insurrección armada. El 26 de julio de 1890 grupos de civiles junto con sectores nacionalistas del ejército se enfrentan en el Parque de Artillería de la Capital Federal con las tropas leales a Juárez Celman. El grupo insurgente, que se identificaba así mismo por las boinas blancas que usaban, fue derrotado tras varias horas de combate. Si bien se fracasó en el objetivo principal de tomar el poder, la crisis política desatada obligó al presidente a renunciar y a que el propio Roca aceptara reunirse con los líderes rebeldes para ofrecerles puestos en un nuevo “gobierno de unidad nacional”. Por supuesto que Mitre fue el primero en aceptar, lo que obligó al grupo intransigente comandado por Alem a dar por muerta la Unión Cívica y lanzarse a la formación de un nuevo armado político. Así, sobre los principios de “abstención electoral y derecho a la revolución” nació la UCR como un núcleo de duros anti-roquistas que intentarían varias veces más tomar el poder vía armada. Seis años después, herido por las traiciones de varios de sus correligionarios que capitulaban ante el poder oligárquico, y tras varios fallidos intentos revolucionarios el primer caudillo radical de la historia puso fin a su vida de un disparo. Su existencia transcurrió del idealismo republicano al fanatismo revolucionario, de este al desencanto político y de allí al escepticismo fatalista. De profeta a mártir de sus propia causa.
La UCR le sobreviviría hasta el día de hoy llevando en sus filas muchos Mitres y ningún Alem.

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¿Es fácil mentir y cómodo aceptar que nos mientan?

Muchas veces se recurre, en la historia, a la formación de reglas memotécnicas que nos permita retener datos que consideramos importantes. Así “Mitre, Sarmiento y Avellaneda son tomados como una misma unidad histórica” que repetimos como si fuera la línea defensiva de Platense del ´69 o el “ser nacional“ es utilizado como una gran categoría homogénea que nos impide diferenciar las múltiples identidades pre-existentes que lo conforman.

La historia debe de estar al alcance de todos y todos debemos y podemos comprenderla, pero para ello debemos huir de las explicaciones sencillas. Nada es más fácil que mentir y nada es más cómodo que aceptar que nos mientan. La llegada al poder presidencial de Julio Argentino Roca es aceptado como la entronización política de la oligarquía terrateniente que hasta entonces “sólo monopolizaba el poder económico“ de nuestro país degradado a la categoría de “granero del mundo”. Desde 1880, y por varias décadas, el roll de patrones y los ciudadanos conformaban una infinita peonada disciplinada a fuerza de represión policial y explotación laboral. Las montoneras federales del interior profundo y la germinación de los primeros sindicatos obreros fueron, aún con sus límites, valientes formas de resistencia popular ante el poderoso régimen oligárquico conservador vigente. Ahora bien, al interior de la propia casta dominante, existían líneas divergentes en cuanto a los mecanismos de dominio que debían aplicarse para asegurarse el control social.
La Iglesia católica, los hacendados del interior y el viejo patriciado parasitario que vivía de la renta agraria aspiraba a un mante-nimiento perpetuo del “status quo” a fuerza de aumentar los mecanismos represivos del Estado, asegurarse la no extensión del derecho al voto y reafirmar los valores tradicionales de la familia patriarcal, la jerarquización social y la espera paciente de la felicidad prometida en el “reino de los cielos”.
Los intelectuales, el nuevo ejército, la burguesía enquistada en la administración de la burocracia estatal y el incipiente empresariado criollo pretendían aplicar un programa, aunque igualmente represivo, modernizador del Estado centrado en la diversificación económica, el librecambio y la importación de mano de obra calificada de Europa. Ahora bien ¿Cómo asegurarse que estos miles de trabajadores que llegaban del viejo mundo aportaran sólo su disciplina laboral y no las arraigadas ideas socialistas y democráticas con las que se habían formado? El sector más lúcido del grupo dominante encontró la respuesta. El 26 de abril de 1884 se sancionó la Ley 1420 que garantizaba la escolarización gratuita, laica y obligatoria para todos los niños de 6 a 14 años de edad en todo el territorio nacional.
La escuela, con sus rituales, sus maestras normales, sus pruebas estandarizadas, sus boletines de calificaciones y su sistema disciplinario aparecía entonces como un derecho de los ciudadanos al acceso al conocimiento y como un instrumento de coerción social del Estado que “argentinizaba a la fuerza a los hijos de los inmigrantes y los descendientes de gauchos mestizos por igual“. El Estado oligárquico-conservador había creado su fábrica de ciudadanos disciplinados y obedientes.
El guardapolvo blanco de Jacinta Pichimahuida no se mancha. Nació manchado.

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La revolución de mayo

En historia existe lo que se conocen como “hechos bisagra”; suceso tan importante que se consideran una divisoria de aguas en el seno de las sociedades que los protagonizan. El desarrollo de la agricultura, hace aproximadamente 10.000 años o el comienzo de la escritura unos 5000 modificaron el perfil de todas las sociedades humanas futuras.

Sin embargo así como frente a estos hechos existe un consenso casi generalizado es mucho más complejo acordar sobre cuales son los momentos revolucionarios más cercanos a nuestros propios tiempos. Muchos investigadores coinciden en que el proceso iniciado con la revolución tecnológica industrial inglesa (mediados del siglo XVIII) y la llegada al poder político de la burguesía francesa (finales de la misma centuria) constituyeron los orígenes de nuestra sociedad contemporánea basada en dos pilares centrales: sistema capitalista y modelo republicano. Ahora bien, si aceptamos que vivimos una época histórica modelada por estas dos matrices de poder debemos preguntarnos: ¿Cuándo y quiénes comenzaron a cuestionar ese esquema?...Veamos.
La populosa ciudad de Chicago fue el epicentro de uno de los hechos más importante de toda la historia humana conocida. Allí un 1 de mayo de 1886 casi 40.000 trabajadores se reunieron en la plaza Haymarkert amenazando con no volver a sus puestos de trabajo hasta tanto los industriales locales no reconocieran un pliego de condiciones que incluía demandas tales como jornada laboral de 10 horas como máximo, descanso dominical obligatorio, prohibición del trabajo infantil y establecimiento de una pauta salarial mínima fijada por el Estado. La fecha de la protesta había sido elegida por la costumbre anglosajona que establece el 30 de abril como el cierre del “año fiscal”, día en el cual todos los contratos laborales y comerciales se consideran caducados. De allí que el primer día del nuevo mes los trabajadores industriales de la ciudad decidieran unirse para enfrentar a las patronales, que hasta entonces imponían su voluntad en las relaciones laborales de la época. Por tres días la ciudad de Chicago estuvo virtualmente paralizada y la plaza central ocupada por estos obreros organizados que mostraban una unidad nunca antes vista. Finalmente, por orden ejecutiva del alcalde de la ciudad, la policía desalojó violentamente a los trabajadores produciendo decenas de heridos y más de un centenar de detenidos .Todos ellos fueron procesados por terrorismo, resistencia a la autoridad e intento de revolución social y los 5 dirigentes sindicales que movilizaron la protesta (Spies, Lingg, Fischer, Engel y Pearson) condenados a la horca. El 11 de noviembre de ese mismo año fueron ejecutados para momentánea tranquilidad de las clases dominantes del mundo entero.
Sin embargo la noticia no tardó en recorrer los periódicos obreros de toda Europa primero y de América Latina después, donde rápidamente los sindicatos buscaron medidas de acción directa que permita hacer visible no sólo la lucha de la clase obrera por mejoras en sus condiciones de vida sino la virulencia represiva del régimen capitalista. Estaba naciendo la solidaridad internacionalista de la clase trabajadora. Fue así que nuestros jóvenes sindicatos criollos, organizados por socialistas y anarquistas, se lanzaron a la tarea de sumarse al recordatorio de los “mártires de Chicago“ en el “día internacional de los trabajadores“. Nacía en nuestras lejanas pampas el “Comité Obrero Internacional” como una organización madre que aglutinaba medio centenar de sindicatos, mutuales de trabajadores y sociedades de fomento (llamadas en esos años Sociedades de Socorros Mutuos y Resistencia) que el 1 de mayo de 1890 coparon el local llamado “El Prado Español” de Av. Quintana en Recoleta. Fueron 3000 obreros, criollos e inmigrantes los que escucharon a sus dirigentes, aplaudieron las consignas libertarias, reclamaron el cumplimiento de las históricas demandas insatisfechas, saludaron a los compañeros caídos en la lucha y cantaron “La Internacional”.
No lo supieron ese día, pero la historia había cambiado para siempre. La clase obrera ingresaba en la escena política de nuestra patria con una agenda propia. Las bisagras de la historia rechinaban y se abrían las puertas del futuro.

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La piedra de Abril

Todos los Estados modernos, desde su creación en la Europa del siglo XV y XVI, se constituyeron en torno a un poder central que ejercía la autoridad política desde una cierta legitimidad. Primero fueron las monarquías católicas las que gobernaban basándose en la idea del “derecho divino” que sostenía que “Dios elegía a los reyes” que los súbditos debían obedecer en la tierra para así asegurarse “la entrada al reino del los cielos”. Luego, la Revolución francesa cambiaría todo y serían los “ciudadanos los que se gobernarían a sí mismos a través del sufragio y la elección de representantes”.

Las
monarquías y las repúblicas fueron, entonces, formas distintas de organizar un mismo poder: El poder político. Si en el primer modelo la nobleza entendía al poder como una práctica endogámica púes siempre circulaba al interior de la misma familia, el segundo lo distribuía de una manera mucho más ampliada a todo aquel que ingresara en el concepto de ciudadano. Para finales del siglo XIX casi toda Europa occidental se había republicanizado y presionaba a las ex -colonias latinoamericanas para que las imitaran en su forma de organizar el Estado y el gobierno. Veamos que pasó.
Con la excepción de Brasil (que seguía aferrado a la medieval idea de la monarquía esclavista) toda América se declamaba republicana aunque de hecho tenía su propia nobleza vernácula: la oligarquía terrateniente. Ese patriciado parasitario dedicado al contrabando, el comercio negrero o la renta agraria habían sido parte tanto de la administración colonial como del proceso independentista y desde la década de 1850 eran quienes ostentaban los cargos de gobernadores, generales, jueces de paz o presidentes en nuestras jóvenes repúblicas independientes. Argentina, por supuesto, no escapó a esta dinámica. Aunque con marcados matices Urquiza, Mitre, Sarmiento y Avellaneda encarnaron gobiernos liberales y modernizadores desde lo económico y cultural pero, a la vez, profundamente conservadores desde lo político y social. Federal del interior el primero, porteño centralista el segundo, federal cuyano tan anti urquicista como anti mitrista el tercero y conservador unitario el cuarto; todos se consideraban republicanistas y modernizadores herederos del espíritu del progreso universal y los ideales de la revolución de mayo.
El viejo bi-partidismo de Unitarios y Federales habría de mutar en el Autonomismo porteño y el Nacionalismo liberal. Las oligarquías de cada provincia adherían a una u otra corriente política según sus intereses regionales o personales y negociaban el apoyo a tal o cual candidato presidencial mediante la “Liga de Gobernadores”. Fue así que luego del éxito militar que significó la llamada “Conquista del desierto “y el reparto de tierras entre las familias patricias que habían apoyado la expedición al sur patagónico, los dos partidos mayoritarios deciden fusionarse y conformar el Partido Autonomista Nacional. La oligarquía del interior profundo y el patriciado comercial porteño se fundían en un fraternal abrazo que “dejaba atrás los viejos desencuentros del pasado”. Mientras Sarmiento se oponía al acuerdo denunciado la vuelta del caudillismo federal y Mitre añoraba convertirse en el candidato de la unidad Carlos Pelegrini y Miguel Juarez Celman lograban que los gobernadores apoyen al nuevo hombre fuerte. Julio Argentino Roca, el “héroe del desierto” salía de las sombras a la luz del poder total.
Así, un 11 de abril de 1880 el aparto político de los gobernadores mediante la coacción, el clientelismo y el uso de la violencia policial logró una abrumadora victoria en unas elecciones dónde sólo votaron los varones mayores de 18 años, letrados y con certificado de trabajo; es decir el 3 % de la población total del país. Roca sería “elegido como el presidente democrático” de una república “ficcional” donde el poder no circulaba sino que se ramificaba uniendo las estancias ganaderas de la pampa húmeda, los ingenios azucareros de Tucumán o los latifundios ovejeros de la Patagonia con el puerto, la aduana y la Bolsa Comercial de Londres. El “roquismo” sería el ejercicio político de nuestra clase dominante hasta 1916 cuando la UCR iniciara el primer paso en el largo camino de la democratización de la república. Hasta entonces la piedra del 11 de abril sería ni más ni menos que la lápida de la república.

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El luto de marzo

Hay fechas que casi inevitablemente nos remiten a “momentos bisagra“ de nuestras historia personal, familiar o colectiva. Marzo está, y estará siempre, atravesado por recuerdo del inicio de la más terrible época recientemente vivido por nuestra historia: la dictadura militar de 1976.

Sería fácil caer en el discurso, muy común entre periodistas devenidos en historiadores, de entender a “marzo como el mes maldito“; una suerte de “condena divina” que llega con el fin del verano. Esa visión de “accidentalización de la historia” nos corre del eje central del deber de todo investigador y analista: descubrir las causas, tensiones e intereses que confluyen en cada proceso socio-histórico que se desarrolla. ¿Sólo el marzo de hace 40 años debe ser recordado con dolor?...Veamos.
Cuando la Guerra de la Triple Alianza avanzaba inexorablemente hacia la victoria de los invasores las tropas guaraníes debieron enfrentar la difícil decisión de negociar la rendición con los invasores o de seguir resistiendo. A la vez las envalentonadas tropas brasilero-argentinas no estaban dispuestas a aceptar otro resultado de la contienda que la derrota total de Paraguay ya que sólo esto posibilitaba el acceso al codiciado botín de las fértiles tierras del “Matto Grosso”. Por otro lado la diplomacia británica, desde Buenos Aires, Montevideo y Río de Janeiro presionaba para que la guerra se siga desarrollando hasta las últimas consecuencias. De allí que el último año de la guerra adopte las formas más crueles y sanguinarias de lucha y resistencia: reclutamiento masivo y compulsivo de esclavos negros por parte de los invasores y de niños de hasta 12 años por parte de los paraguayos. La quema de cosechas y poblaciones enteras a medida que el ejército paraguayo se retiraba como política de “tierra arrasada “ fue respondida con los fusilamientos masivos de civiles a cargo del ejército invasor. El hambre y la brutal epidemia de fiebre amarilla aumentarían los estragos de una guerra sangrienta como pocas en nuestra historia. Fue así que el 1 de marzo de 1870 el presidente paraguayo Francisco Solano López, acompañado de la última docena de hombres con los que contaba, resiste heroicamente en el enmarañado monte del Cerro Corá. Hambreado desde hacía varios días, herido en una de sus piernas y acosado por el paludismo el mariscal de un ejército reducido a cenizas se niega a rendirse ante las tropas brasileñas. Cuando estas lanzan su último ataque al cerro que hoy simboliza la resistencia del pueblo del país hermano, lo hallaron custodiando a su mujer e hijos pequeños que lo acompañaban desde hacía varios meses. “Muero con mi patria…” juran que alcanzó a gritar antes de lanzarse, espada en mano contra el batallón que lo ultimó a bayonetazos para rematarlo de un disparo en el pecho. Su cuerpo sin vida fue maltratado, despojado de su uniforme militar y enterrado en una fosa común sin señalar junto con sus hombres y uno de sus hijos, José Francisco, de tal sólo 13 años que también murió en combate. Hoy, a más de 150 años de su asesinato su tumba sigue sin ser ubicada.
Exactamente 9 años después, el 1 de marzo de 1879, Bolivia y Chile entraban en guerra por presiones de Inglaterra que necesitaba monopolizar el negocio del salitre y el guano. Luego de 4 años de lucha y 50.000 muertes Chile logra arrancarle a Bolivia su salida al mar y los comerciantes ingleses se aseguran un negocio rentable por muchos años.
Podemos seguir pensando de forma accidental y creer que marzo es un mes maldito, que nos persigue la mala suerte o que Dios nos ha condenado al castigo eterno. O podemos reconocer que año tras años, y siglo tras siglo sufrimos los ataques constantes del Imperialismo y sus afiladas garras. Garras de león británico , de águila norteamericana o de buitre internacional.

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Viejas y las nuevas resistencias

Una vez producida la derrota final de las tropas paraguayas a manos de los ejércitos de la Triple Alianza, los vencedores de esa guerra de exterminio se vieron en la difícil tarea de administrar su propia victoria. Así las cancillerías de Brasil y Argentina encararon un dificultoso proceso de negociación a fin de determinar quien de las dos potencias sudame-ricanas se impondría ante su ex –aliada.

Los recursos madereros y el potencial agrícola del extenso territorio paraguayo conocido como el “chaco boreal“ eran codiciados tanto por los parasitarios “facendados“ del Imperio de Brasil como por la oligarquía terrateniente criolla; y esperaban que sus respectivos gobiernos resolvieran este “conflicto de intereses“.
Con Paraguay diezmado poblacionalmente, obligado a pagar los gastos de la guerra y ocupado militarmente por las tropas brasileñas la cancillería argentina veía cada vez más difícil imponer sus intereses. El gobierno provisional de Cirilo Rivarola (un general paraguayo que peleó valientemente a favor de los invasores brasileros) intentaba finalizar los reclamos territoriales que desde Buenos Aires y Rio de Janeiro le exigían continuamente púes, la propia oligarquía paraguaya aspiraba a quedarse con esas codiciadas tierras. Fue así que un 3 de febrero de 1876 logró firmar un tratado de límites con el gobierno de Nicolás Avellaneda reconociendo el río Pilcomayo como “límite natural “entre ambas naciones. El mismo tratado establecía que el codiciado “ chaco boreal “sería dividido en dos regiones puestas a “arbitrio de una autoridad ecuánime de reconocido prestigio internacional”, es decir el presidente de Estados Unidos. Rutherford _Hayes en su papel de presidente imperial determina que una de esas regiones permanecería bajo administración paraguaya mientras que la porción mayoritaria pasaría a integrarse al territorio de Brasil. El fallo arbitral norteamericano, que a simple vista puede parecer una derrota a los intereses de la oligarquía argentina, permitió que el Estado nacional en manos de esa misma clase social pudiera avanzar hacia el hasta entonces desconocido monte chaqueño. Esa gran región, que incluía el norte de Santa Fe, Chaco y Formosa, aún se encontraba dominada por las poblaciones originarias de lengua Q´Om tales como matacos, abipones y tobas. Miles de hectáreas sin dueño esperaban a que “las fuerzas de progreso y la modernidad “explotaran su riqueza dormida. Los centenarios quebrachos ignoraban su destino de transformarse en los durmientes del tendido ferroviario para los trenes británicos tanto como la tierra colorada no sabía que pronto iba a ser parcelada en infinitas estancias algodoneras para abastecer las fábricas de ropa inglesas.
Es en ese contexto que el gobierno nacional autoriza la fundación de la “Colonia Resistencia” el 2 de febrero de 1878 en el centro del “territorio chaqueño del sur del río Pilcomayo”. Más de 50 familias de colonos italianos serían favorecidos con tierras fiscales y un permanente emplazamiento militar se asentaría para “asegurar la integridad de los recién llegados“.
El nordeste argentino había sido incorporado violen-tamente al capitalismo agroexportador de finales del siglo XIX. Los recursos naturales serían explotados, la tierra privatizada y los pueblos originarios proletarizados a la fuerza.
El desierto verde del norte ya había sido conquistado.

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Un ardiente enero para un Julio Argentino

Uno de los grandes debates que ha atravesado toda nuestra historia fue la discusión en torno al “rol del Estado”.

Desde la visión liberal clásica el Estado es una institución necesaria para regular la vida de las sociedades desarrolladas; que en la experiencia latinoamericana deriva en un interminable aparato burocrático que “afixia las libertades individuales de los ciudadanos”. Para los gobiernos nacionales-populares, en cambio, el Estado es una herramienta “que interviene a favor de los sectores menos favorecidos”. Ambas interpretaciones son, al menos, incompletas. El Estado es, ante todo, una super-estructura que combina instituciones y prácticas culturales, políticas, jurídicas y económicas que expresan los intereses de los grupos dominantes. Una herramienta de los poderosos para legitimar su propio dominio sobre las mayorías que sostienen y reproducen ese dominio. El Imperio Inca, el Virreinato español, la Confederación Argentina y la República Liberal post- 1853 fueron “distintas formas que adoptó ese monopolio legal de la fuerza que llamamos Estado”. La Constitución de 1853 fue la partida de nacimiento del Estado Argentino que, como todo parto, no estuvo exento de sangre y dolores.
Luego que Mitre, Sarmiento y Avellaneda lograran hegemonizar el poder centralizador disciplinando a las provincias, reprimiendo los sucesivos alzamientos federales y arrasando el modelo autonómico del Paraguay faltaba un paso decisivo para terminar de conformar el país: asegurar las fronteras. Con la Banda Oriental y Bolivia ya separadas, la cordillera como barrera natural hacia el Pacífico, Paraguay reducido a cenizas y el Imperio de Brasil como potencia hegemónica en el Atlántico sólo quedaba un lugar hacia donde avanzar: el sur patagónico. Esa extensa estepa árida surcada por vientos helados donde los Mapuches aún cazaban guanacos y ñandúes sin conocer la existencia de algo llamado Argentina.
Desde antes de la Revolución los malones azotaban las poblaciones fronterizas robando ganado y mujeres obligando al Estado a realizar ocasionales expediciones punitivas llevadas adelante por mercenarios a sueldo de las autoridades y los hacendados. Décadas después Rosas, como estanciero y gobernador, alternaba las cordiales relaciones comerciales con las esporádicas campañas militares contra los originarios díscolos. Mitre, luego de Caseros, encararía personalmente la lucha por la expansión territorial al sur del río Negro que acabaría con la vergonzosa derrota militar de San Carlos que sufrió el joven Ejército argentino contra las huestes de Calfulcurá. Durante más de 20 años el río Salado se transformó en la frontera sur de nuestro país. Adolfo Alsina, Ministro de Guerra de Avellaneda, fue el creador de la teoría de la “línea de fortines“ que aseguraban la defensa contra los malones con una sucesión de zanjas dispuestas para frenar “a los salvajes”. El gaucho Martín Fierro es un símbolo de esta política territorial basada en el aislamiento defensivo de Estado frente al “desierto indómito”. La política defensiva de Alsina fue exitosa pero las casi 200.000.000 de hectáreas patagónicas exigían más audacia.
Es en ese contexto de disputa interna de la propia clase dominante que controlaba el Estado que emerge la figura de un joven general tucumano de 35 años de edad: Julio Argentino Roca que propone al presidente una política de agresivo expansionismo militarista. Avellaneda duda, pero “conveniente y sorpresivamente” Alsina muere de un cuadro de indigestión severa tras una asado que el partido gobernante ofrece en su honor. Así un 4 de enero de 1878 por decreto presidencial Roca es nombrado Ministro de Guerra recibiendo luz verde para la invasión a la Patagonia que pasará a la historia como la “Conquista del desierto”. José Toribio Martinez de Hoz, presidente de la Sociedad Rural Argentina, encabezaría la colecta para comprar los fusiles Remington que definirían el resultado. Las familias Anchorena, Unzué, Alzaga, Rodriguez Larreta, Miguenz y Alvear también aportarían jugosas donaciones que luego de la compaña militar serían retribuidas con miles de hectáreas de tierras fiscales aún manchadas de sangre mapuche. Dos años después Julio Argentino Roca sería “elegido“ presidente.
El Estado Oligárquico había coronado a su mesías.

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El sueño de la Patria Grande…

Por Pablo Ambrosetti, Profesor de Historia

Desde el inicio de nuestros procesos revolucionarios, entre 1810 y 1820, nuestras elites debatieron sobre el lugar que nuestra joven nación debía ocupar en el mundo.
Si para nuestras minorías portuarias, Argentina debía ser entendida simplemente como una gran periferia bárbara de la ciudad y su aduana para el patriciado conservador del interior Buenos Aires y su puerto eran la puerta de entrada y salida al comercio británico.


Ambos sectores que diferían en su visión geopolítica pero coincidían en sus intereses de clase y sus representaciones ideológicas. La disputa entre Unitarios y Federales era, entonces, la forma que tomaba la lucha por la hegemonía al interior de los grupos dominantes. En la base de la sociedad la derrota del artiguismo dejó a los sectores populares huérfanos de un proyecto político propio y los obligó a refugiarse en las esporádicas insurrecciones federales del interior profundo o en el paternalismo ganadero de Rosas o Urquiza. Así, el sueño del Protector de los Pueblos Libres de construir una gran federación sudamericana de base popular terminó reduciéndose al regionalismo federal de subsistencia de mediados del siglo XIX. La llegada de Mitre y Sarmiento a la presidencia, el retiro de Urquiza al ostracismo de sus estancias infinitas y la profundización de la dependencia económica con el imperialismo inglés sellaron la suerte de nuestro destino. La patria grande se había fracturado para siempre.
Tal vez por eso, promediando el gobierno de Mitre, estalló en el lejano cuyo una revuelta popular acaudillada por un conocido montonero urquizista llamado Felipe Varela. Este jefe popular había forjado su prestigio enfrentando primero a Rosas y luego a Mitre por considerarlos a ambos expresiones del “centralismo porteño” que ahogaba política y económicamente a todo el interior. Como muchos otros federales, Varela, vio en Urquiza al heredero de las luchas populares del federalismo anti-porteño y por eso no entendió la actitud del Supremo entrerriano que ahora llamaba a los gauchos federales a alistarse bajo las órdenes de Mitre para pelear contra Paraguay. ¿Unirse al liberal pro-inglés que derrotó a Urquiza en Pavón? ¿Aportar las lanzas federales para invadir un pueblo hermano bajo las órdenes del patriciado porteño y del Imperio de Brasil? ¿Olvidar las violentas represiones sufridas por los caudillos en manos de la milicia mitrista?...Todo esto sólo podía tener una única respuesta.
El 6 de diciembre de 1866 Felipe Varela lanza su famosa proclama llamando a la sublevación popular contra el gobierno nacional. “Ser porteño es hoy ser ciudadano exclusivista; y ser provinciano es ser mendigo sin patria, sin libertad y sin derechos. Esta es la política del gobierno de Mitre. (…)Soldados federales!... Nuestro programa es el de la práctica estricta de la Constitución, el orden común, la paz y la amistad con Paraguay y la unión con todas las demás Repúblicas Americanas. Vuestro Jefe y amigo Felipe Varela los invita a recoger de los campos de batalla el laurel de la victoria de los pueblos o la muerte…” Así se convocaban, una vez más, los sectores populares para enfrentar con lanzas y ponchos colorados al ejército nacional que Mitre ya había convertido en la guardia pretoriana de la clase dominante. La rápida extensión del polvorín montonero logrará hacerse del control territorial de casi todo cuyo pero la decisión de Urquiza de no apoyar el alzamiento y la compra por parte de Mitre de miles de fusiles automáticos Remington terminan por volcar la balanza. La derrota militar en Pozo de Vargas en abril de 1867 llevó a Varela y su ejército al exilio boliviano desde donde volverá años más tarde a intentar nuevamente la revolu-ción federal, enfrentando ahora al gobierno de Sarmiento. Su derrota militar en Salta, en enero de 1869, marcaría el fin de su vida política. Luego vendría el melancólico destierro chileno y su muerte al año siguiente a los 49 años de edad. El ideario de Bolivar, San Martín y Artigas moría con él. La unión de los pueblos americanos perdía a su último soldado. Años más tarde el historiador Jorge Abelardo Ramos iniciaría su famoso “Revolución y contrarrevolución en Argentina” reflexio-nando sobre la Patria Grande que no puedo ser, escribiendo: “Somos un país porque fracasamos en el proyecto de ser una Nación”

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Los dueños del olvido

Por Pablo Ambrosetti, Profesor de Historia

Corría el año 1989 entre el ascenso de gobiernos neo-liberales en todo el mundo y la crisis de descomposición del bloque socialista europeo, cuando una joven historiadora argentina de apenas 35 años de edad lograba doctorarse en la selecta Universidad VII de Paris.

La joven investigadora lograba ser la primer mujer latinoamericana en alcanzar tal logro en esa prestigiosa casa de altos estudios al presentar una novedosa tesis doctoral que historiaba el “Revisionismo” en Argentina. El título de dicha obra no podía ser menos provocador, se llamaba “Los males de la memoria” y se centraba en la idea que “la memoria popular era la peor enemiga de la historia científica”. Si los pueblos deciden qué y cómo recordar los “historiadores profesionales” pierden su sentido y el conocimiento del pasado pasa a ser “manipulado por aventureros y aficionados”. Fue con esta idea que Diana Quatrocchi Woission logró su tan ansiado doctorado: sosteniendo la necesidad de des-historiar la memoria de los pueblos.
Pero, ¿por qué era necesario en esos años reinstalar el debate sobre la memoria popular? ¿Qué peligros encierra el pasado?. Veamos.
Desde el mismo momento que Nicolás Avellaneda asumió la presidencia intentó reconciliar a los bandos en puga al interior de la propia alianza gobernante. El alzamiento militar encabezado por Bartolomé Mitre, que desconocía su derrota electoral, había desembocado en la furia de Sarmiento y de los gobernadores del interior cansados de la prepotencia del centralismo porteño. Luego de derrotar la fugaz insurrección militar, y de desestimar la primera idea sarmientina de fusilar a los sublevados, el nuevo gobierno debió buscar una salida a la “crisis de gobernabilidad” desatada por Mitre. Fue allí que Avellaneda decidió constituir un “gabinete de unidad nacional” incorporando mitristas, porteños, provincianos, liberales, católicos, conservadores y hasta federales urquisistas a la nueva etapa de la administración nacional. Pero, además del clásico reparto de cargos públicos, los gobiernos deben desarrolla una gestión que los legitime en sus intereses. El fin de la guerra contra Paraguay, el inicio de la expansión territorial hacia la Patagonia araucana, el fomento a la inmigración europea y el religioso complimiento en los pagos de los intereses de la deuda externa serían los ejes del gobierno de Avellaneda. El nuevo presidente, entonces, buscaría fortalecer los lazos con el imperialismo británico al acompañar al ejército brasilero en el genocidio a la nación guaraní y terminar con el dominio de los pueblos originarios al sur del Río Negro para poner millones de hectáreas de estepa patagónica como garantía de la deuda en forma de acciones en la Bolsa de Comercio de Londres. La compra de miles de rifles automáticos Remingthon para equipar al Ejército Argentino fue una de las grandes “modernizaciones” llevada adelante por Avellaneda para “avanzar sobre el desierto”. Julio Argentino Roca sería el brazo ejecutor de la política de “imperialismo interno” desarrollada por el gobierno del joven abogado tucumano que lograría nuevamente hermanar a todas las facciones de la clase dominante. Tras el avance militar sobre la Patagonia llegarían miles de fardos de alambre acerado para demarcar las estancias infinitas de los latifundios ovejeros y toneladas de durmientes de quebracho chaqueño para el tendido de las vía férreas que llevarían esa lana al puerto para ser devuelta, meses después, como una camisa con etiqueta “made in England”. Para el final de su gobierno, Avellaneda había logrado duplicar el territorio nacional integrando Argentina al mercado mundial como productora de granos, carne vacuna, azúcar y lana ; profundizando la matriz agropecuaria de nuestra economía y asegurando el dominio de la oligarquía terrateniente como grupo dominante.
Tal vez por ello un 11 de noviembre de 1875, a trece meses de haber asumido la presidencia, Nicolás Avellaneda inauguró sobre los terrenos de la ya demolida casa de Juan Manuel de Rosas el Paseo Público 3 de Febrero, conocido popularmente como el rosedal de Palermo. “Ni el polvo de tus huesos América tendrá…” sentenció Sarmiento condenando a una parte de la historia al olvido oficial y a la nada del silencio. Avellaneda embelleció un coqueto barrio porteño sobre los cimientos demolidos de la estancia del Restaurador. ¿Por qué?. Por la misma razón que Quatrocchi Woission nos invitaba a olvidar el pasado de nuestra historia en la puerta de entrada del menemismo y por la misma causa que el propio presidente riojano intentaría demoler la ESMA para construir un espacio verde. Porque la memoria popular es un arma peligrosa en las manos de un pueblo que lo invita a dejar de ser espectador de la historia para transformarse en su protagonista.

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El mejor alumno

Por Pablo Ambrosetti, Profesor de Historia

Ni bien asumió la presidencia, Domingo Faustino Sarmiento centró su acción de gobierno en terminar la guerra contra Paraguay y exterminar los últimos brotes de resistencia federal.

Una vez alcanzados estos objetivos el “padre del aula” decidió desarrollar una ambiciosa modernización estructural de Argentina basado en dos pilares: la educación y la inmigración. El hombre de confianza que eligió para supervisar estos dos aspectos centrales del gobierno sarmientino fue el de intelectual tucumano que apenas superaba los treinta años: Nicolás Avellaneda. Desde el Ministerio de Instrucción Pública, el joven funcionario logró crear un sistema escolar primario extendido en todo el territorio nacional.
El censo realizado ordenado por Sarmiento en 1869 (el primero de nuestra historia) arrojaba a aterradora cifra de un 78% de la población analfabeta y fue a partir de la aplicación de este masivo programa de escolarización obliga-toria que esos números fueron bajando continuamente.
Sólo Estados Unidos, Chile y Uruguay lograron constituir una escuela primaria pública, laica y obligatoria como la que se gestó en Argentina durante esos años. Sin embargo, y como complemento a estos grandes logros, fue también el ministro Avellaneda quien impulsó la llegada masiva de inmigrantes europeos que permitan “nivelar el desarrollo cultural y racial de nuestro pueblo atrasado” diluyendo la “bárbara sangre indígena “entre los genes de los recién llegados. La idea de permitir la “poligamia en hombres los ingleses, franceses, alemanes e irlandeses” para que puedan “dejar su simiente en los vientres de nuestras mozas criollas” no pudo prosperar por razones de decoro y presiones de la Iglesia Católica pero si contó con el acompa-ñamiento de Sarmiento y Alberdi.
Tal vez fue esto lo que le valió ser elegido por mandatario saliente como sucesor para las elecciones presi-denciales de 1874 en las que se enfrentaría al candidato del Nacionalismo porteño Bartolomé Mitre.
El aparato clientelar y policial en manos de los gobernadores del interior le dieron el “triunfo” al candidato oficialista, pero el derrotado decidió desconocerlo. Al grito de fraude Mitre agrupó a su tropa, compuesta por milicianos porteños y bandoleros mercenarios uruguayos, y se alzó en armas con la intención de “derrocar al fraudulento gobierno de Sarmiento”. A finales de agosto de 1874, en la localidad bonaerense de La Verde, el batallón mitrista fue derrotado por una partida policial comandada por un ignoto sargento que dispersó a la tropa y tomó prisionero al ex presidente devenido ahora en “líder revolucionario.” El presidente Sarmiento ofuscado firma un decreto de necesidad y urgencia ordenando el “fusilamiento inmediato al infame traidor General Mitre”. La vida del futuro creador del diario La Nación pendió de un hilo durante varios días, hasta que el propio Avellaneda logró convencer al presidente saliente que “indultara al sublevado”.
Fue así que el día de la sunción presidencial ambos ex –presidentes, Mitre y Sarmiento, asistieron galantemente vestidos a la jura del nuevo mandatario. Ese 12 de octubre de 1874, con 36 años recién cumplidos, Nicolás Avellaneda juró como presidente de la República. En uno de los pasajes más célebres de su discurso inaugural declaró que “…la Nación Argentina honrará su deuda externa aún sobre el hambre y el sufrimiento de su pueblo…”
Todos aplaudieron.
El mejor alumno de la clase dominante decía presente.

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Primavera negra

Por Pablo Ambrosetti, Profesor de Historia

Luego de la catastrófica derrota de Curupaytí, la estrella política de Bartolomé Mitre emprendió un lento pero continuo ocaso. Relevado del mando del ejército invasor por pedido expreso de la corona de Brasil y el embajador Británico, cuestionado por los oficiales argentinos que regaban con su sangre el campo de batalla y acosado por la aparición de brotes de insurrección federal en algunas provincias del interior; el futuro fundador del diario La Nación emprendió el regreso a Buenos Aires.

El tramo final de su mandato se vio atravesado por el fortalecimiento de una nueva corriente política al interior de la alianza gobernante. Los viejos caudillos del interior se habían reconvertido a la institucionalidad surgida post-Caseros y ahora lucían orgullosos sus cargos de senadores provinciales, diputados, jueces de paz o gobernadores. Este viejo patriciado del interior podía ser federal urquicista, liberal, ex rosista o unitario pero, tenía un principio ideológico que los abroquelaba: eran furiosamente anti-porteños. Esta corriente crítica fue la que logró imponerse en las elecciones de 1868 que llevaron a la presidencia de la república a un ex-gobernador cuyano: Domingo Faustino Sarmiento.
Periodista, escritor prolífero, exilado político durante el gobierno de Rosas, investigador curioso de las ciencias naturales, modernista fanático inspirado en las ideas de Darwin y Spencer, Sarmiento se hallaba en misión diplomática en Estados Unidos cuando se produjo la elección que lo llevó al sillón de Rivadavia. En una época donde sólo se permitía el voto a varones mayores de edad, letrados y que contaran o con título de propiedad inmueble o certificado de trabajo estable, la participación en los comicios orillaba el 2% de la población total. ¿Cómo había logrado imponerse un candidato que ni siquiera estaba en el país para hacer campaña?... La respuesta es obvia: la “Liga de Gobernadores” mediante el fraude, la coacción y las prácticas clienterales derrotaron al aparato del mitrismo.
Durante sus seis años de gobierno (1868-1874) Sarmiento debió finalizar la Guerra de Paraguay para lo que recurrió a la deportación masiva de gauchos y negros (esclavos y libertos) que engrosarían las interminables listas de anónimos caídos. Como esa práctica de enrolamiento compulsivo de los sectores más pobres causó levantamientos en el interior, Sarmiento encaró un profundo plan represivo de los caudillos federales. Estando el Ejército argentino ocupado en la guerra de exterminio contra los pueblos originarios, se decidió tercerizar la represión estatal por lo cual se contrataron mercenarios uruguayos vinculados al partido colorado para derrotar, atrapar y degollar a caudillos como el Chacho Peñaloza.
La famosa expresión de “no economizar sangre de gaucho” que Sarmiento escribe en una carta dirigida a uno de sus jefes militares no era sólo un recurso poético. La barbarie americana debía ser cortada de raíz y suplantada por una nueva “raza más apta para el comercio, las artes y las industrias “.
De allí, que fuera también durante su gestión que Argentina asumiera su perfil de país receptor de inmigrantes europeos, no por altruismo sino porque era necesario suplantar la barbarie local por la civilización importada. Inclusive su gran aporte a la extensión de la escolaridad primaria (como presidente primero y como director general de escuelas después) también obedecía a un proyecto político claro: argentinizar a los hijos de los inmigrantes recién llegados para integrarlos a una identidad nacional en formación.
El final de sus días lo encontrarían enfrentado con Mitre, acusando a la Iglesia de retrógrada y oscurantista, denunciando el latifundio en manos de esa oligarquía que “huele a bosta de vaca“ y reivindicando desde sus escritos el “exterminio de todo los paraguayos mayores de 12 años“.
Curiosamente allí, en la capital del país que había ayudado a destruir, moriría un 11 de septiembre de 1888 sólo acompañado por su joven amante.
Diez días después sus restos llegarían en vapor al puerto de Buenos Aires para ser recibidos por un nutrido grupo de estudiantes del colegio Nacional Buenos Aires que habían logrado fugar de clase declarando de hecho el primer “día del estudiante“.
El padre del aula no puedo verlo, pero en su nombre los estudiantes hicieron una rateada histórica.

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Los ojos de la guerra

Por Pablo Ambrosetti, Profesor
de Historia


El 9 de diciembre del 2007 Néstor Kirchner se despedía, en una protocolar cena realizada en Olivos, de la presidencia. Su sucesora electa, Cristina Fernández, que asumiría al día siguiente fue la oradora principal del emotivo acto. Allí los invitados, entre lo que se encontraban varios mandatarios de la región que había viajado especialmente para asistir a la jura de la futura presidenta, la escucharon dirigirse a muchos de ellos en términos personales y afectuosos. “Ante los graves problemas que está atravesando la hermana República del Paraguay”- que sufría una grave crisis institucional - debemos extender nuestra mano. Argentina y Brasil tienen una deuda histórica con ese pueblo porque muchos de los problemas que hoy tienen son consecuencia de, aunque mañana desde las editoriales del diario La Nación lo refuten, un genocidio llevado adelante durante la Guerra de la Triple Infamia”.
Extraño discurso ese que generaba una ola de aplausos, gestos de aprobación de Lula Da Silva que se hallaba presente y la natural respuesta al día siguiente desde las señoriales páginas del diario de la familia Mitre. Pero... ¿de qué estaba hablando Cristina?
La respuesta se encuentra escrita con sangre en la página más vergonzosa de nuestra historia.
Desde su declaración de independencia, en 1811, Paraguay se había constituido como un mal ejemplo regional.
Ayudado por su condición mediterránea había logra-do aislarse del efecto seductor que el comercio inglés ejercía sobre las élites criollas. Sus gobernantes se inspiraron en un sólido modelo paternalista inspirado en las ideas de Rousseau. Para mediados del siglo XIX Paraguay tenía la mayor tasa de alfabe-tización del continente, tierras de propiedad comunitaria, control estatal del comercio interno y externo y un desarrollo industrial de avanzada que le permitía tener astilleros, altos hornos de fundición de hierro, molinos y talleres de fabricación de cañones, municiones, armas y locomotoras. Todo esto en manos del Estado, que además no solicitaba préstamos al exterior.
Fue por eso que, argumentando históricos problemas limítrofes, la Corona de Brasil, el presidente Mitre y el gobierno uruguayo probrasileño acaudillado por Flores conformaron una “Triple Alianza”, bendecida por la madre patria de todas las conspiraciones: la diplo-macia británica. Su único objetivo era destruir económicamente a Paraguay e incorporarlo a la fuerza al mercado mundial hegemonizado por Inglaterra. Durante cinco años (1865-1870) los tres países descargaron toda su fuerza bélica contra la pequeña nación guaraní. El Marqués Da Souza y el propio Mitre comandaron personalmente las acciones militares de invasión que encontró su punto de inflexión entre el 3 y el 22 de septiembre de 1866. Luego de 19 días de sitio y bombardeo naval a la fortaleza de Curupaytí 9000 soldados argentinos y 8000 brasileños, todos comandados por Mitre, marcharon sobre las pantanosas tierras coloradas dispuestos a tomar por asalto el fuerte. La heroica resistencia paraguaya es ya parte del mito nacional del país hermano. Al anochecer del 22 de septiembre los invasores debieron emprender la retirada dejando casi 10.000 muertos en el campo de batalla. Fue el mayor enfrentamiento de la guerra y el fin de la carrera militar de Mitre. El Emperador de Brasil solicitó formalmente el relevo del presidente argentino del mando de las operaciones militares, el cónsul británico acompañó el pedido. Casi sin vacilar Bartolomé Mitre aceptó y decidió regresar a Buenos Aires.
Cuatro años después la guerra finalizaría dejando arrasado económicamente a Paraguay que perdería el 90 % de la población masculina en ese largo y cruel conflicto. Argentina y Brasil se repartirían las tierras del “Matto grosso” e Inglaterra obli-garía al nuevo gobierno de Asunción a contraer préstamos para saldar los gastos de la guerra. Allí comenzaría el subdesa-rrollo de Paraguay.
Uno de los tantos anónimos combatientes de Curupaytí sería el famoso pintor Cándido López que durante los enfren-tamientos perdería su brazo derecho.
Sus gigantescas pinturas son magnificas postales dolientes del más oscuro rostro del mitrismo y pruebas del horror de una guerra fratricida en la que nuestro país participó del lado de los victimarios.
El pincel en la mano izquierda de Cándido López se transformó en los ojos de la guerra que la historia oficial decide no mirar. Hoy, 150 años después del inicio de la Guerra de la Triple Alianza, los herederos de los Mitre siguen fingiendo ser ciegos.

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Las vaquitas son ajenas…

Por Pablo Ambrosetti, Profesor de Historia

Al cumplirse medio siglo de la declaración de la independencia, en julio de 1866, nuestro joven país estaba atravesando uno de sus procesos más traumáticos. La derrota de Rosas primero, a manos de los caudillos federales del interior encabezados por Urquiza, y la posterior caída de este a manos de las tropas de Buenos Aires culminó con la llegada al poder del Partido Nacionalista porteño.
Su máximo exponente sería Bartolomé Mitre quien encararía la difícil tarea de organizar, pacificar y modernizar una sociedad lacerada por más de 40 años de guerras internas.
Para ello, el nuevo gobierno buscaría establecer una alianza entre el poderoso círculo de comerciantes porteños, los estancieros de la pampa húmeda y las tradicionales familias oligárquicas del interior profundo a las que se les permitiría “ conectarse con el mercado mundial” a través del puerto. Pero ¿cómo vincular el azúcar y el tabaco del norte, o los aceites y aguardientes de cuyo con la ciudad portuaria?¿ Cómo asegurarles la llegada a esas lejanas latitudes de los tan preciados perfumes franceses y telas británicas a las coquetas burguesías criollas? ¿ Cómo articular una país extenso y poco poblado? Mitre hallaría la respuesta en una lejana y pequeña isla de clima frío y húmedo a la que siempre había cortejado y que por primera vez podía soñar con ser correspondido. Desde la presidencia de la República se convocó a capitales británicos para que invirtieran en el “desarrollo y tendido de redes ferroviarias “que unan los centros de producción agraria con el puerto que los exportaría, cruzando el Atlántico, al paraíso prometido para nuestras clases domi-nantes: Inglaterra. Mitre ingenia un irresistible sistema de prebendas, extensiones impositivas y reintegros para “atraer capitales” a invertir nuestras pampas. Así surge la “Ley de garantías de inversiones ferroviarias “mediante la cual el Estado aseguraba a la empresa una rentabilidad mínima, que de no alcanzarse sería cubierta por el erario público. Traducción: la compañía de trenes tenía asegurada, por ley, una rentabilidad mínima anual.
Al final del año la misma empresa presentaba los balances al fisco y si estos no dejaban la ganancia prevista, correspondía al Estado cubrir la diferencia.
Al mismo tiempo, mediante otra ley comple-mentaria, se le otorgaba a la empresa el monopolio “a perpetuidad y libre de impuestos” de una franja de tierra de “una legua” a ambos lados del tendido de la vía férrea y se obligaba que todo el personal jerárquico del ferrocarril (directivos, ingenieros, maquinistas, etc) fueran exclusivamente británicos. Obviamente como todos los años los balances empresarios presentaban déficit, el Estado debía destinar gran parte de sus reservas para “subsidiar” a estos valiosos hombres de negocios que desinteresadamente inver-tían en nuestro país. Como para finales del sexenio de Mitre estas cargas eran insostenibles el gobierno nacional se vió obligado a recurrir al financiamiento externo. ¿A dónde recurría Mitre para solicitar un préstamo destinado a cubrir las ganancias de las empresas ferroviarias inglesas ?...a Inglaterra. Como el gobierno inglés consideraba “riesgoso” prestar dinero a una Argentina casi sin reservas propias cobrará intereses usurarios y exigirá una “garantía en caso de no pago”. El gobierno argentino pondrá “títulos de tierra pública” como prenda de pago de la naciente “deuda externa”.
“Recién ahora podemos afirmar que somos una verdadera Nación “comenzó diciendo el presidente Mitre en el discurso de inauguración de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, donde la tierra arrancada a los gauchos y los pueblos originarios se compraba y se vendía como una mercancía más en la mesa de saldos del capitalismo global del siglo XIX. Fue así que un 10 de julio de 1866 (un día después de celebrarse los 50 años de la declaración de la indepen-dencia de España) un grupo de los prósperos hacendados que apoyaban el modelo económico y político vigente crean la Sociedad Rural Argentina. Menos de un centenar de familias patricias se agremian con el único propósito de mantener sus viejos privilegios de clase, asegurarse extensiones impositivas a la exporta-ción de sus carnes y granos, financiar la con-quista de nuevos territorios todavía en manos del indio y compatibilizar el reco-rrido de los trenes ingleses con los cascos de sus estancias. “Cultivar el suelo es servir a la Patria “rezaba el lema funda-cional de la entidad que agrupaba, y agrupa, a nuestra clase dominante que soñaba y sueña ser los administradores perpetuos del “granero del mundo”. El primer presidente de esta entidad fue José Toribio Martinez de Hoz. Su abuelo era comerciante de esclavos en el puerto, su padre participaría del cabildo abierto de mayo de 1810 y votaría por mantener al virrey en su puesto. Su hijo heredaría las 2.500.000 hectáreas donadas por Julio Roca en premio a financiar la conquista del desierto. Su nieto sería gobernador de Buenos Aires durante la década infame y su bisnieto llegaría a ser el ministro de economía de Videla, Massera y Agosti.
Esos son los frutos de la semilla plantada por nuestra oligarquía, regada por Mitre y abonada por el Imperio británico.
Ese julio de 1866 el sueño de la Independencia murió para siempre.

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El grito de las piedras azules

Por Pablo Ambrosetti, Profesor de Historia

Desde el mismo momento en que la burguesía agro-exportadora logró consolidarse como la clase social hegemónica de nuestro joven país, la tierra comenzó a transformarse en el eje de las políticas de Estado. En todos los países de pasado colonial, la política interna tiene necesariamente una matriz geográfica. Si en 1810 el debate era romper o no nuestros lazos con Madrid, luego de producida la revolución la discusión pasó a ser si nos consti-tuíamos como una nación soberana o si redefiníamos nuestra dependencia hacia París o Londres. Luego de 1816 este debate fue suplantado por otro: la incógnita de donde debía radicar la capital de la nueva nación independiente. La contradicción fundacional de este nuevo ciclo histórico pasó a materializarse en el enfrentamiento entre Buenos Aires y el Interior, que a su vez escondía la disputa geo-económica de fondo: el puerto, su aduana y su renta. Desde que el mundo adquirió su dimen-sión global completa (tras la conquista de América en el siglo XVI) y las poten-cias centrales desa-rrollaron industrias que requerían la afluencia de materias primas baratas (desde el siglo XVIII en adelante) toda la historia humana se volvió geo-política.
Ahora bien si las potencias centrales, como Inglaterra, durante el siglo XIX ejercían el colonialismo económico, militar o financiero sobre el resto de las naciones ¿qué alterna-tivas se presentaban como posibles para los países menos desarrollados?. Sólo había tres posibili-dades: 1) resistir heroica-mente a ese paradigma de poder global unipolar 2) integrarse al mundo existente en las mejores condiciones posibles 3) ser militantes del poder hegemónico constituido y reproducir su esquema de dominio aplicando un “colonialismo doméstico” al interior de sus propias sociedades. Paraguay tomaría el primer camino, Uruguay el segundo y nosotros el tercero. Con la llegada al poder de Bartolomé Mitre, el 1 de mayo de 1862, esta línea estratégica se impone al interior de nuestra clase dominante que se lanza brutalmente a la “coloni-zación” del interior.
Ya desde los años rosistas los estancieros cada vez que necesitaban, o simplemente querían, extender sus amplias estancias de invernada requerían al Restaurador que “avance sobre el desierto”. Con esta metáfora las familias terratenientes solicitaban al poder político de turno que usurpen mediante la violencia militar las tierras en manos de los pueblos originarios del sur del Río Salado.
Así comenzó la “conquista del desierto”, como una empresa privatizadora de la tierra pública donde el poder económico tercerizaba la mano de obra militar del Estado. Ese negocio de clientelismo de elite que Rosas realizaba de manera casi artesanal, Urquiza lo continuó y Mitre lo industrializó. Fue así que uno de los ejes de los gobiernos post- Caseros fue avanzar hacia los territorios del sur pata-gónico y las sierras puntano-cordobesas; ambas regiones en manos de originarios.
Emilio Mitre, hermano del presidente, encabezó la expedición militar contra los Ranqueles que terminó en el vergonzoso extravío del batallón que tras varios meses de deambular por las sierras no logró entablar combate alguno por no encontrar a los enemigos que buscaba. Bartolomé comandó personalmente la campaña hacia el sur donde enfrentó a las tropas de Calfulcurá en la batalla de San Carlos. Allí las lanzas del bravo cacique de la Patagonia derrotaron a los 2000 soldados profe-sionales del Ejército argentino, que huyeron dejando abandonados caballos, mapas y piezas de artillería.
Los envalentonados arau-canos persiguieron a las tropas de Mitre y llegaron a saquear Saladillo, Lujan y Perga-mino. El fracaso militar del futuro fundador del diario La Nación fue tan estrepitoso que la estrategia de la oligarquía terrateniente cambió y decidieron construir una interminable línea de fortines en la provincia de Buenos Aires para evitar el avance de Calfulcurá y sus guerreros. La piedra azul (tal era la traducción de su nombre araucano) fue el símbolo de la resistencia originaria ante el avance del imperialismo interno que nuestra clase dominante intentaba impo-ner a sangre y fuego. Murió un 3 de junio de 1875 cuando el nuevo presi-dente, Nicolás Avellaneda, volvía a impulsar el avance militar sobre la Patagonia.
Su nieto, Ceferino Namuncurá, ya no pelearía contra el “huinca invasor” sino que se integraría a él y moriría mansamente abrazado a la misma cruz que había bendecido el exterminio de sus her-manos mayores durante la conquista al desierto realizada por Julio Roca.
La piedra azul ya no gritaba, lloraba en silencio.