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HISTORIA: Con otra mirada

Por Pablo Ambrosetti

El padre de la patria financiera

La brutal pandemia que nos azota por estos días pareciera, además de haberse cobrado miles de vidas a lo largo del globo, también haberse devorado la memoria colectiva.

El aislamiento Socia Preventivo y Obligatorio impuesto por el Ejecutivo imposibilitó la conmemoración colectiva de grandes hitos de nuestra historia reciente. Por primera vez en más de 30 años la Plaza de Mayo no se vio colmada por una multitud el que 24 de marzo pone en guardia la memoria izando las siluetas de los 30.000 como bandera. Tampoco se pudo homenajear en el espacio público a los combatientes de Malvinas ni reclamar en los foros internacionales (luego de cuatro años de vergonzoso y cipayesco silencio macrista) nuestro derecho soberano a ejercer la soberanía total sobre nuestro territorio usurpado. Por supuesto que este congelamiento de la vida pública no significó un detenimiento de la Historia ni los conflictos de clase que la dinamizan. El abandono de las calles por parte de los sectores populares tubo su contra parte en la monopolización de los espacios mediáticos por parte de los sectores más reaccio-narios de nuestra infatigable derecha criolla.

Al hipócrita discurso hilvanado durante los primeros días de la “cuarentena” en dónde los voceros mediáticos de la derecha elogiaban la “responsabilidad institucional del gobierno” o el “tono prudente y conciliador de Alberto”, le sucedió una brutalmente honesta campaña de desestabilización económico-mediática.
Este, muy bien orquestado intento de disciplinar al gobierno por parte del poder económico comenzó con el despido de 1450 obreros de la construcción por parte del Grupo Techint (multinacional holandesa que paga sus tributos en el “paraíso fiscal “de Luxemburgo y que tiene sólo el 13 % de su capital invertido en Argentina ) y continúo con acciones similares llevadas adelante por varias empresas sumamente prósperas como Lan, Mc Donald o las automotrices. Luego le siguieron una continua alza de los precios de alimentos e insumos médicos y las infaltables subas del dólar. Rápidamente, reconocidos voceros del empresariado local, fomentaron las “espontaneas quedas ciudadanas” contra los “costos de la política” o el arribo de médicos cubanos. Marcelo Longobardi fue aún más lejos cuando desde su programa radial en Radio Mitre “alertó a la población “sobre la posibilidad que el material sanitario donado por China estuviera contaminado”, acción que debe encadenarse con las continuas apariciones televisivas de economistas como Espert o Milei que cacarean sobre la “chavi-zación de un gobierno que avanza sobre las libertades individuales”.

El proyecto presentado por el diputado Carlos Héller que busca gravar por única vez con una impuesto extraordinario del 1,5 % a las fortunas de más de 3.000.000 de dólares y la propuesta de re-negociación de la deuda externa con los acreedores privados terminó de alinear las tropas del libre mercado. La editorial firmada por Marcelo Bonelli (ex asesor de Repsol) en el diario Clarín que presenta a la propuesta oficial de quita de intereses de la deuda contraída por Cambiemos como “agresiva e inaceptable” completan el marco material en el que se desarrolla la pandemia. Por lo visto la derecha no está en cuarentena. Pero ¿cómo es esto posible? Como siempre la respuesta está en la historia. Fue un 2 de abril de 1976, seis años antes de la aventura militarista de Galtieri, cuando la Junta Militar nombró en el Ministerio de Hacienda (actual cartera de Economía) a José Alfredo Martínez de Hoz. El ex ceo de Acindar (empresa de Paolo Rocca), bisnieto del fundador de la Sociedad Rural y tío político de Esteban y Patricia Bulrrich asumió el cargo ese mismo día recibiendo aplausos de los grupos concentrados del empresariado local, la banca internacional, la embajada de Estados Unidos y el patriciado agrario agroexportador.

Su primer decreto fue “anular el impuesto a la herencia” establecido por Perón, lo que le permitió al funcionario no tributar un centavo por las 112 propiedades inmobiliarias que su padre le había heredado tras su muerte. Recién después de blindar su patrimonio el ministro avanzó en la apertura de importaciones industriales (lo que arrasó con miles de empresas nacionales), la anulación de las retenciones a los agro-exportadores y la desregulación del sistema financiero. La quintuplicación de la Deuda Externa con el FMI y la posterior absorción por parte del Estado de los pasivos empresariales autorizada por un muy joven Domingo Felipe Cavallo en su roll de funcionario del Banco Central completaron el cuadro que la dictadura (ejercida militarmente por las FFAA y conducida económicamente por los grupos concentrados de la economía local e internacional) heredaron a la democracia post- derrota en Malvinas.
Ese es otro de los negros aniversarios que la historia, en estos días de aislamiento social, pareciera haber olvidado.

Pero la brutal campaña político-mediática desatada por estos días nos marca que los herederos ideológicos de la Dictadura tienen muy buena memoria. Será entonces imprescindible que los sectores populares renunciemos al olvido piadoso que nos proponen los apólogos de la “unidad nacional” que no descansan un día en su afán de rapiña y revanchismo social. Hoy, más que nuca, la memoria social es una obligación que el campo popular debe ejercer como única herramienta para enfrentar la “enemigo invisible del virus” y derrotar el “enemigo visible” que encarna la clase dominante. Debemos recordarlo una y otra vez.
Los planes de la derecha no están en cuarentena. No debemos entonces buscar vacuna contra la lucha de clases.

EL CIELO POR ASALTO


Desde su surgimiento histórico, las grandes religiones monoteístas, lograron constituirse como grandes entramados culturales, territoriales y políticos. El Oriente medio (cuna del judaísmo primero, el cristianismo después y el islam finalmente) fue un espacio donde por largos siglo se complementaron en relativa paz y armonía prácticas culturales, comidas, leyendas tradicionales y hasta idiomas entre los pobladores de la región. Con los años, y tras las sucesivas ocupaciones territoriales por grandes imperios (Persia, Macedonia y Roma) esas religiones se fueron “institucionalizando” y desarrollando lentas pero continuas disputas por el control de la “espiritualidad y los territorios sagrados “. Desde las cruzadas en el siglo X hasta la conquista de América en el XV estas tres grandes religiones protagonizaron la primera guerra fría de la historia. Con el desarrollo del comercio global (siglo XVI), los grandes descubrimientos científicos (siglo XVII), el fin de las monarquías absolutas (siglo XVIII) y el afianzamiento del capitalismo como sistema socio-económico (siglo XIX) la religión fue desplazada del centro de la vida política para quedar recluida en el ámbito doméstico. El surgimiento del socialismo marxista y el triunfo de la Revolución Rusa acabó por des-sacralizar la historia para arrojarla en el barro de los conflictos materiales que encarnaban los trabajadores y su infatigable lucha por construir un paraíso aquí en la tierra. La poderosa Iglesia Católica adoptó, entonces, un posicionamiento público sumamente reaccionario que la llevó incluso a coquetear con los movimientos nacionalistas de extrema derecha de España, Italia y Portugal en los años '20 y '30. Sin embargo, al finalizar la devastadora Segunda Guerra, el “Sumo Pontífice” adoptó una nueva y arriesgada estrategia: la creación de un partido político que critique la insensibilidad capitalista, proponga reformas económicas en favor de los trabajadores y frene la influencia comunista en la conciencia de la clase obrera. Surge así el Partido Demócrata Cristiano, creado en Italia en 1951 y rápidamente exportado a todo el mundo occidental. A nuestro país llegaría en 1954 como el ariete político con el cual la Iglesia enfrentó y ayudó a derrocar al gobierno de Perón.
Sin embargo, desde comienzos de los años '60 este espacio político comienza a sufrir grandes transformaciones.
La Revolución Cubana, los procesos de descolonización llevada adelante por las oprimidas naciones africanas, la heroica victoria vietnamita sobre el imperialismo yanqui, las luchas por los derechos civiles llevadas adelante en EEUU por los afro-descendientes y la resistencia del movimiento obrero a las sucesivas dictaduras militares o gobiernos civiles títeres que mantenían la proscripción del peronismo fueron construyendo una nueva identidad para amplios sectores sociales vinculados al cristianismo. Los aportes teóricos del clérigo y sociólogo colombiano Camilo Torres terminaron por articular una nueva identidad católica que lograba matrimoniar el cristianismo con ciertos elementos socializantes. Esta nueva “izquierda católica” tendrá varias expresiones. En las universidades a través de catedráticos como Conrado Eggers Land o José Pablo Feimman, en el sindicalismo con la mítica figura del dirigente gráfico Raymundo Ongaro y la sociedad civil con la fundación del Partido Cristiano Revolucionario; este nuevo sector logró arrastrar tras de sí a un sector de sacerdotes que sentaron las bases de lo que se llamaría Teología de la Liberación y el Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo.
Todos estos grupos confluyen en un gran plenario realizado en Mendoza en 1972 donde se aprueba un documento llamado “Nuestra opción por el Peronismo” en el cual definen al movimiento como “un movimiento de Liberación Nacional, anti- capitalista, anti- imperialista y que lucha por construir un Socialismo Nacional de inspiración cristiana. Uno de los más entusiastas y lúcidos oradores del encuentro fue el sacerdote Carlos Mujica quien desde hacía años trabajaba con los vecinos de la Villa 31, organizaba cooperativas de trabajo, sostenía varios comedores populares y apadrinaba la “Coordinadora inter- villera”, organización territorial que expresaba las demandas de todos los barrios populares y asentamientos de Capital Federal y Gran Buenos Aires.
Mujica expresó como nadie esta nueva identidad cristiana que intervenía en la historia como un actor político y que aspiraba a la transformación del sistema capitalista desde la realidad de los más humildes y vulnerados. Su identificación con el peronismo y su fe inquebrantable en posibilidad de realizar una revolución incruenta lo llevó a aceptar un cargo menor en el Ministerio de Bienestar Social que comandaba el siniestro José López Rega.
Un comando de la Triple A lo acribilló a la salida de una ceremonia religiosa un 11 de mayo de 1974; en plena calle y ante los ojos de todos. Tenía apenas 44 años pero dejaría tras sí un eterno legado de identidad barrial que hasta el día de hoy se mantiene firme y tercamente organizado en la idea de construir ,aquí en la tierra, un paraíso para todos.  

El pueblo que venció a Rambo

Por PABLO AMBROSETTI

Tal vez el más eficaz de los ejércitos norteamericanos no sea el que exterminó a los pueblos originarios durante la “conquista del salvaje oeste” ni el que derrotó a los alemanes durante el desembarco en las playas de Normandía sino la avasalladora maquinaria propagandística montada en Hollywood. Las arrolladoras y atractivas películas yanquis lograron efectuar una lenta pero continua invasión invisible sobre grandes masas de población mundial. Así, a lo largo de más de un siglo, las coloridas películas de acción norteamericanas lograron construir audiencias que aceptaban boquiabiertas a las espectaculares hazañas realizadas por héroes acartonados que salvaban al mundo mientras comían barbacoa y bebían Coca-Cola. John Wayne, Chuck Norris o Bruce Willis son la encarnación de todos los estereotipos de “ gran héroe” que lucha contra el mal que representaron sucesivamente los indios , los nazis, los comunistas, los terroristas árabes o los marco -traficantes latinos. Sin embargo, para desencanto de nuestros cinéfilos, la historia no es una película.

El sudeste de Asia era territorio ocupado por potencias europeas desde finales del siglo XVII. Portugueses y británicos en India y Pakistán, ingleses y alemanes en Japón, holandeses en Sri Lanka y franceses en Indochina se dedicaron por varios siglos a esclavizar a las poblaciones nativas y saquear los recursos naturales de estas lejanas naciones. Pero, como es sabido, no existe población que soporte pasiva y mansamente una ocupación extranjera que los sojuzga y los empobrece. Así la pequeña provincia de Vietnam, que junto con Laos, Camboya y Conchinchina formaban parte de los enclaves coloniales franceses, fue gestando un poderoso movimiento independentista. Campesinos explotados, comerciantes saqueados por la avaricia europea e intelectuales crearon el “Vietnam Doc Lap Dong Minh“; un partido político nacionalista que luchaba por la independencia del país. Brutalmente reprimido por la salvaje Legión Extranjera, este agrupamiento político encontró un terreno fértil para propagar sus ideas durante la Segunda Guerra.

La ocupación japonesa y la cobardía demostrada por las tropas francesas para evitarlo hicieron que grandes sectores de la población comenzara a exigir el abandono de su condición de colonia. EL líder político que emergió en esta coyuntura fue el máximo referente del Partido Comunista, Ho Chi Ming, que organizó un gran ejército clandestino que luchó contra la ocupación nipona primero y contra la ocupación francesa después.
Tras años de lucha, el gobierno francés, decidió dividir el pequeño país en dos zonas (Vietnam del Sur y Vietnam del Norte) dejando la primera en manos de un monarca pro-occidental al que ellos mismos coronaron y el segundo en manos de los insurgentes. En julio de 1954 en la ciudad de Ginebra el decadente imperialismo francés reconoció su derrota al retirarse de medio país pero también evidenció su voraz afán de rapiña al declarar a Vietnam del sur “protectorado francés” al cual seguiría ayudando con “dinero y apoyo militar”.

Los patriotas del norte, lejos de celebrar la media victoria, lazaron una avanzada militar contra el sur para reunificar el país. El general Vo Nguyen Giap fue el héroe de esos años que logró movilizar miles de campesinos , ahora integrados al Ejército Popular que derrotaron a los franceses que huyeron del sudeste de Asia en 1959. Sin embargo para esa misma época el ejército norteamericano comenzó a enviar “asesores militares, armas y dinero “al gobierno de Vietnam del Sur para que “luchen contra el comunismo”. Así, el heroico pueblo vietnamita luego de enfrentar a los japoneses y a los franceses debieron, ahora, enfrentar a la maquinaria militar de EEUU. Luego del asesinato de Kennedy y con la llegada al poder de Lyndon Johnsonn la Casa Blanca entregó a la CIA y el Pentágono la estrategia militar de la agresión imperialista que se desenmascaró el 8 de marzo de 1965 cuando el presidente autoriza la invasión norteamericana a Vietman.

Una década después y tras una brutal guerra en la que se lanzaron por primera vez en la historia armas bacteriológicas o napal (un antepasado del Glifosato) para quemar cosechas, los norteamericanos huirían dejando tras de sí más de 3000.000 de muertos y un país arrasado. El Goliat del siglo XX había caído de rodillas frente a (como dijo Richard Nixon) “un pueblo que no salía aún de la edad de piedra”. Todas las películas que vendrían después intentarían de manera decadente camuflar desde las pantallas cinematográficas una hecatombe histórica. El General Giap viviría hasta los 102 años de edad (murió en octubre del 2013) como un testimonio de la victoria militar más grande y más justa de todos los tiempos.
Rambo, finalmente, había sido derrotado.

El rito cívico de la banda y el bastón.

Por PABLO AMBROSETTI
La Patria, como todas las palabras, es un término que expresa algo mucho más profundo que el mero significado científicamente delimitado en las apretadas líneas de los diccionarios escolares. Para los antiguos romanos (el imperio clásico que ordenó toda la jurisprudencia legal de occidente) “patria” podría traducirse como “tierra de los padres”, es decir el lugar en donde nacieron nuestros antepasados. De allí que los descendientes de esos antiguos habitantes originarios del Lacio hayan conformado la clase social privilegiada: los “patricios”; un minúsculo grupo de hombres (llamados “paters familiaes”) propietarios de grandes extensiones de tierras que heredarían a sus primogénitos. La palabra “patrimonio” deriva de esta práctica legal que aseguraba que la riqueza territorial siempre circulara en el interior de las mismas familias. Como vemos, la “patria” nació atendida por sus propios dueños.
En este país, como ocurriera en toda la América colonial, nuestro “patriciado criollo” se conformó con los vástagos de los españoles que usurparon estas tierras a fuerza de espada, cruz y viruela. Las guerras emancipadoras del siglo XIX lograron separarnos de la corona española pero, a la vez, nos “re-esclavizó” convirtiendo a estas jóvenes naciones americanas en la propiedad privada de nuestra parasitaria oligarquía terrateniente. Los gauchos, negros e indios que nutrieron los heroicos ejércitos de San Martín, Bolívar o Artigas sólo dejaron de ser súbditos de la Corona española para transformarse en mano de obra barata y fácil de ser explotada por nuestra naciente burguesía agraria. Recién un siglo después de alcanzada la independencia nacional, una porción de nuestras clases postergadas (los hombres) lograron un plena independencia política al conseguir ser reconocidos como ciudadanos con derecho al voto.
La llegada al gobierno de Yrigoyen en 1916 grafica este momento. Sin embargo el caudillo radical decide asumir su cargo en una fecha controvertida: el 12 de octubre.
La institucionalización del “feriado nacional en celebración del día de la raza hispana” sería uno de sus primeros decretos.
Su sucesor, el aristocrático terrateniente radical Marcelo Torcuato de Alvear, también elegiría esa fecha para dar inicio a su mandato. Seis años después, en 1928, Yrigoyen repetiría el ritual. Luego del golpe fascista que encabezó el militar Uriburu, los fraudulentos gobiernos conservadores de Justo en 1932 y Ortiz en 1938 optarían por dar inicio a sus magistraturas el 20 de febrero; justamente por ser una fecha carente de toda relevancia histórica lo que permitía apuntalar el mito fundacional que tanto gusta a nuestras clases dominantes.
Un nuevo golpe militar, encabezado por el sector nacionalista católico del ejército, inaugura un nuevo calendario político: el 4 de junio. Perón, al entenderse como la continuidad de ese proceso, asumiría sus dos mandatos (en 1946 y 1951) en esa fecha. Un nuevo golpe militar (la mal llamada Revolución Libertadora) desalojaría a Perón del gobierno, lo obligaría a exilarse y desataría una violenta ola de revanchismo contra la clase obrera. La inevitable “apertura democrática” llegaría con la elecciones (con el PJ y el PC proscriptos) en las que se impondría en candidato desarrollista Arturo Frondizi. Este, en un claro guiño para con los sindicatos, asumiría en una fecha cargada de significado político: el 1º de mayo de 1958. Algo más de tres años después las Fuerzas Armadas, una vez más, derrocarían al gobierno para luego convocar a nuevas “elecciones” en las que resultaría electo por menos del 22% de los votos el radical de derecha Arturo Illia. Tal como símbolo de la restauración conservadora que el nuevo mandatario encarnaba, su asunción se llevó adelante el 12 de octubre de 1963. Menos de tres años después, las mismas fuerzas reaccionarias que lo llevaron al poder lo derrocaron para suplantarlo por uno de los más nefastos dictadores de nuestra historia: Juan Carlos Onganía. La infatigable lucha popular (llevada adelante centralmente por la clase obrera) obligó que la decadente dictadura militar convoque a elecciones libres que dieron por resultado el triunfo de Héctor Cámpora que asumiría el 25 de mayo de 1973. Tras apenas 49 días de gobierno, y como resultado de la convulsionada situación socio-política, el primer mandatario renuncia y nuevas elecciones llevan a la presidencia por tercera vez a Perón quien retoma la conservadora costumbre de asumir un 12 de octubre.
Luego de la interminable noche de la genocida dictadura militar-empresarial de 1976 y en un marco social desgarrado por la crisis económica, el espiral inflacionario y la derrota en Malvinas, la descompuesta cúpula castrense debe realizar una apertura electoral que llevan a la presidencia al radical Raúl Alfonsín. Fue él quien instauraría la costumbre de asumir el “día internacional de los derechos humanos”. La entrega anticipada de su mandato (en medio de una brutal crisis) permitió que Menem asumiera el 8 de julio de 1989 y, como consecuencia de la huida presidencial de De La Rúa (el 20 de diciembre del 2001) Néstor Kirchner se calzaría la banda presidencial el 25 de mayo del 2003 en el 30 º aniversario del triunfo de Cámpora. Como vemos las fechas no carecen de sentido ni de relevancia. El calendario es también un territorio en disputa, un espacio simbólico donde se re significan pasado y presente. Hace pocos días se produjo una nueva sucesión presidencial que no deberá ser una más de nuestra historia, sino un punto de inflexión que sepulte para siempre el proyecto neo-liberal que nuestra rancia oligarquía patricia intenta imponer a sangre y fuego desde hace dos siglos. La impactante muchedumbre que se congregó durante horas en la Plaza de Mayo bajo el ardiente sol de diciembre exige al nuevo gobierno estar a la altura de las circunstancias históricas. Este mes deberá ser una especie de navidad popular, un natalicio colectivo que alumbre el surgimiento de una fuerza social que encare las transformaciones necesarias para garantizar el nacimiento de una Patria para todos.

Petróleo sangriento

Por PABLO AMBROSETTI

Hace pocos días, los grandes medios de comunicación promocionaron hasta el hartazgo el nuevo conflicto entre Estados Unidos e Irán. Como consecuencia directa del asesinato de casi una docena de políticos y jefes militares iraquíes e iraníes por un grupo comando estadounidense; la tensión diplomática entre Washington y Teherán fue aumentando. Las pirotécnicas declaraciones de Donald Trump, las masivas movilizaciones de repudio desarrolladas en todo Medio Oriente y el avasallador tsunami de “analistas internacionales” que saturan las pantallas ofertando editoriales al servicio de los intereses de la Casa Blanca nos presentan un conflicto geopolítico como una mala producción de Netflix. El rechoncho rostro del multimillonario primer mandatario yanqui lanzando amenazas frente a las cómplices cámaras de Fox News o las demonizadas imágenes de diputados barbados y de piel trigueña que votan por unanimidad en el parlamento persa la “muerte a Estados Unidos” suman más desinformación al desconocimiento general. ¿Qué está pasando en realidad?
Todas las actuales fronteras del Oriente Medio fueron diseñadas desde hace un siglo por las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial. Sobre las cenizas del Imperio Otomano, Francia, Inglaterra y Estados Unidos “inventaron nuevas naciones” a las que les dieron el ofensivo estatus de “protectorados”. El negocio del petróleo y la amapola (a partir de la cual se producía la heroína) quedaron entonces asegurados para estas potencias imperiales que establecieron alianzas con las familias tradicionales de cada nuevo país creando, así, dinastías monárquicas pro-occidentales. Irán fue una de estas creaciones europeas. Luego de la Segunda Guerra esas mismas potencias sumaron dos nuevos focos de conflicto: por un lado apadrinando la creación del Estado de Israel (que se erigió sobre territorios considerados sagrados tanto por cristianos como musulmanes) y por otro fomentando procesos de “democratización política” como forma de frenar la influencia soviética en la región. Al mismo tiempo el desembarco de las multinacionales petroleras como Shell, Esso, Texaco, Standard Oil generaron nuevas tensiones ahora por el control monopólico de un recurso tan estratégico como el petróleo. Es en este complejo contexto de post-guerra que surgen tanto en África como en América Latina y Oriente Medio movimientos políticos de fuerte impronta nacionalista y anti-colonial. El “Frente Nacional” expresó esta corriente en Irán que logró imponerse en las elecciones presidenciales de 1951 llevando adelante un profundo programa de reformas económicas que incluyeron la nacionalización de los yacimientos petroleros, lo que significó un claro golpe a los intereses imperialistas. Gran Bretaña y Estados Unidos, fieles a su nefasta tradición histórica, apoyan y financian el golpe de Estado de 1953 que restituye la parasitaria monarquía persa pro-occidental y desmonta las medidas populares adoptadas por el gobierno anterior. Allí surge el germen de la resistencia a la dictadura que se iría convirtiendo en movimiento revolucionario. Nacionalistas árabes, liberales pro-republicanos, socialdemócratas, anti-monárquicos protagonizaron largas luchas políticas que incluirían movilizaciones, ocupaciones de edificios públicos y boicots a las petroleras extranjeras. Los estudiantes universitarios (mayoritariamente pertenecientes a las clases burguesas progresistas) y los sindicatos (articulados por el Partido Comunista) lanzaron violentas luchas callejeras. Durante la década del '60 haría su aparición la guerrilla marxista que intentaría emular el proceso vietnamita en las ardientes arenas del desierto persa. Un cuarto de siglo de luchas, a las que el gobierno sólo respondía con más asfixia política y mayores niveles de represión, finalizaron con una impactante victoria popular. El 16 de enero de 1979 el shah (rey) Reza Pahlevi abandona Irán y entrega el poder a un gobierno provisional. Este autoriza la vuelta del líder religioso Rujhollah Jomeini y declara una amnistía general para todos los presos y perseguidos políticos. Un año después un referéndum popular vinculante sanciona una nueva Constitución que define al país como una “República Islámica” con división de poderes, voto universal (incluyendo al femenino) y partidos políticos variados. A la vez se establece la “propiedad nacional del petróleo” y un tribunal de justicia (especie de Corte Suprema) integrada por jueces laicos y autoridades religiosas. La religión islámica, el nacionalismo árabe y un fuerte sentimiento anti- occidental (especialmente anti – estadounidense) blindaron el proceso revolucionario al que Washington siempre intentó y nunca logró derrotar. Hoy mientras las retrógradas monarquías de Arabia, Kuwait, Emiratos Árabes o Qatar (donde existe la pena de muerte para homosexuales o las mujeres tienen prohibido hablar en público) son publicitados como centros turísticos o ejemplos de desarrollo económico, Irán es demonizado como “La Meca del terrorismo”. El alineamiento de los primeros países con EEUU tiene su recompensa mediática.
Por estos días, el viejo y decadente imperialismo yanqui, renace en las bravuconadas del ex – socio de Franco Macri que lanza su campaña por la re-elección al compás de los tambores de guerra. Será la comunidad internacional y la firme posición de las naciones dignas y soberanas quienes deberán poner freno a los insaciables halcones imperiales y la voracidad de las empresas petroleras. El tiempo dirá que tiene más valor: la sangre o el petróleo.

El brazo izquierdo de Perón

Por PABLO AMBROSETTI

Durante los 18 años que el peronismo estuvo proscripto (primero por la Dictadura militar autoproclamada Revolución Libertadora, luego por los gobiernos radicales de Frondizi e Illia y finalmente por el nuevo totalitarismo castrense de Onganía y Lanusse) la identidad de esta fuerza político sufrió grandes transfor-maciones.
Por un lado, un amplio sector de las conducciones sindicales decidió adaptarse a la nueva coyuntura política negociando con los sucesivos gobiernos; civiles o militares, mejoras económicas para los trabajadores que ellos representaban y autonomía para las organizaciones gremiales que comandaban. Por otro, un sector numéricamente también muy amplio decidió encarar un profundo y continuo proceso de enfrentamiento al régimen reclamando “el fin de la persecución política y el inmediato llamado a elecciones sin pros-cripciones”.
El colaboracionismo por un lado y la resistencia por el otro fueron expresiones de la “grieta” abierta al interior del peronismo. Al interior del sector combativo aparece rápidamente una serie de figuras políticas, sindicales, intelectuales y hasta militares que comienzan a plantear la “radicalización ideológica del peronismo”. En el plano sindical esto se plasmó en la conformación de una unidad entre los sindicatos que tenían conducciones ligadas a la línea de la “Resistencia” con los gremios conducidos por comunistas; plasmando los que se llamó las “62 Organizaciones Obreras” que desde el interior de la CGT planteaban un enfrentamiento total contra la dictadura y los gobiernos que le sucedieron. En el plano político, en cambio, el panorama era mucho más fragmentado. Con Perón en el exilio, el partido disuelto, cientos de ex -funcionarios presos; los militantes barriales o estudiantiles jóvenes no lograban hallar referentes ideológicos que comanden la lucha. Es entonces que comienza a cobrar importancia la figura de un joven ex – diputado de estirpe irlandesa llamado John William Coocke. Con apenas 31 años había sido electo parlamentario, tarea en la que se destacó por su oratoria como por su indisciplina partidaria que lo llevó varias veces a no acompañar proyectos impulsados por el Poder Ejecutivo. Preso luego del golpe de 1955 protagonizó una cinematográfica fuga del penal patagónico donde se hallaba detenido para, luego de entrevistarse con Perón en Caracas, reingrese a la Argentina en 1959 con pasaporte falso. Allí, y con el visto bueno del líder exilado, comienza a re-organizar la resistencia brindando una conferencia para dirigentes de las “62 Organizaciones” titulada “La lucha por la Liberación Nacional”. Allí expresó con demoledora claridad el nuevo rumbo ideológico que el peronismo debía tomar, según él, de ahora en adelante. “Toda nuestra lucha debe partir de reconocer nuestra situación de nación semi-colonial. Y es por esta razón que la lucha por la Liberación es, en esencia, una lucha anti-imperialista. La oligarquía criolla es sólo un sub-producto de este dominio, y sólo la liquidaremos cuando hayamos destruido al imperialismo”. Coocke, desde entonces, no vaciló en intentar construir una corriente revolucionaria que conducida por el movimiento obrero como sujeto histórico y por Perón como líder busque construir un “Socialismo Nacional”. A través de artículos periodísticos, panfletos clandestinos, charlas –debates en sindicatos y cientos de cartas que intercambiaba con Perón buscó construir una gran Frente de Liberación Nacional. Fue él quien definió al peronismo como el “hecho maldito del país burgués”, o quien le exigía al viejo líder exilado (ahora en la España franquista) que “defina al movimiento (peronista) como lo que es: un movimiento revolucionario de extrema izquierda, anti – capitalista y anti- imperialista”. Enamorado de la Revolución Cubana, se radicó en La Habana y sirvió de enlace en la ya confirmada reunión que protagonizaron el Che Guevara y Perón en 1964. Ya distanciado del viejo caudillo peronista, que aspiraba a volver a la Argentina en forma
“incruenta” y no como resultado de una “revolución social”; Coocke intentó infructuosamente que Perón mude su residencia a Cuba para que este encabece de manera simbólica la “Revolución Latino-americana”.
Abandonado por el General, descartado por el peronismo ahora hegemonizado por las conducciones de la burocracia sindical colaboracionista y abatido por la muerte del Che en las sierras bolivianas, Coocke muere solitaria y otoñalmente en su amada Cuba un 19 de septiembre de 1968. Tenía apenas 49 años pero, vidas como esas no se miden en tiempo ni logros materiales, sino en el compromiso puesto al servicio de la causa de los pueblos. “En la Argentina, los verdaderos comunistas somos nosotros” escribió en una de sus últimas cartas enviadas a Puerta de Hierro y que nunca obtendrían respuesta. Pero no importa tanto el silencio de los líderes como el bullicio que surge de las bases.
Coocke fue uno de esos militantes incómodos para los dirigentes pero que vuelven invencibles a los pueblos que construyen horizontes de futuro avanzando siempre. Sin prisa. Sin pausa. Y sin pedir permiso.

Chile: Noviembre, cordillera y después

Por PABLO AMBROSETTI

El 3 de de noviembre de 1970, ante una multitud que desbordaba las céntricas calles de Santiago, Salvador Allende ingresaba al Palacio de la Moneda y a la historia.

Para un país altamente conservador, militarista y con una economía primaria monopolizada por la más rancia oligarquía minera la llegada del nuevo gobierno fue un hecho revolucionario. Gobernado durante más de un siglo por el Partido Conservador, el Partido Radical o la Democracia Cristiana, la nueva alianza gobernante significaba una ruptura abrupta con el pasado neo-colonial del país hermano. El Frente Popular (integrado especialmente por la unión del Partido Socialista, el Partido Comunista, los sindicatos, el movimiento estudiantil universitario, grupos católicos vinculados a la teología de la liberación y sectores de izquierda independiente) llegaba al gobierno como la síntesis más acabada de varios años de lucha y resistencia del pueblo chileno.

La nacionalización del Cobre (principal resorte de la economía nacional) estatizó la única industria chilena que generaba divisas y afectó gravemente los intereses de las multinacionales mineras. La agresiva política de reforma agraria avanzó sobre los ociosos latifundios apropiados desde la conquista de América por el patriciado chileno, a la vez que benefició a los millones de campesinos sin tierra que se veían obligados desde hacía años a vender su fuerza de trabajo como peones o jornaleros. A la vez la reforma universitaria impulsada desde el Estado abrió la puerta de la Universidad de Chile, por primera vez en su historia, a los hijos de los obreros a la vez que democratizó las cátedras con el ingreso de nuevos profesores e investigadores de ideas progresistas.

El nuevo presidente al mismo tiempo intentó frenar la tradicional injerencia de la Embajada Norteamericana en la vida política nacional, a la vez que estrechaba vínculos políticos y comerciales con Cuba y el bloque socialista europeo. El Frente Popular parecía intentar llevar adelante una revolución socialista por la vía pacífica de la democracia republicana. De allí que figuras públicas de amplia popularidad como el canta-autor Víctor Jara o el astro futbolístico Carlos Caselli (ambos vinculados al PC) asumieran el cargo honorario de “Embajadores culturales” realizando continuas exposiciones mediáticas de apoyo al gobierno popular. El primero en continuas giras internacionales difundiendo el ideario de la “experiencia chilena hacia el socialismo” mientras que el segundo llegó a tener un micro televisivo en el cual enseñaba a los niños hábitos de alimentación saludable y los beneficios de la actividad deportiva.

Como contraparte el prestigioso diario El Mercurio (propiedad de la una de las familias más ricas del país) avanzaba en una continua campaña de ataque al gobierno. La ultra-conservadora Universidad Católica, donde estudiaban los hijos de la oligarquía minera, alertaba sobre la “infiltración comunista y atea en el nuevo gobierno” a la vez que organizaba grupos de jóvenes estudiantes que se movilizaban en favor de la educación libre (es decir privada y religiosa) y contra el laicismo escolar. Las poderosas “cuatro familias”, como se llamaba tradicionalmente al minúsculo conjunto de apellidos patricios que monopolizaban la producción minera, energética, petroquímica, pesquera y agropecuaria; conspiraban activamente generando desabastecimiento de insumos básicos o remarcando los precios de la canasta alimentaria de manera compulsiva.

Ya para el final del primer año de gobierno, el Frente Popular debió soportar las multitudinarias marchas opositoras orquestadas desde los coquetos barrios de Santiago: los “cacerolazos” de la burguesía urbana hacían su aparición en la historia.
Podría estar de más aclarar el imprescindible roll de articulador de la oposición que jugó el gobierno norteamericano a través de su Secretario de Estado, con el tristemente célebre Richard Nixon viajando varias veces a Chile a reunirse con el Jefe de Estado Mayor del Ejército el genocida César Augusto Pinochet en este marco. El resultado fue el que todos conocemos: el brutal golpe del 11 de septiembre de 1973 y la terrible dictadura subsiguiente que costaría la vida de más de 3500 chilenos; incluyendo la del propio Allende. Pero, tras los 17 años que duró el gobierno militar emergieron otros dos resultados: por un lado la construcción de un Estado Neo-liberal vigente hasta la actualidad y por otro la emergencia periódica de amplios sectores de la sociedad civil (estudiantes, trabajadores, campesinos, pueblos originarios, mujeres, minorías sexuales, etc.) que expresan su descontento en multitudinarias protestas callejeras que vuelven a interpelar una y mil veces a los vencedores de 1973.

Hoy, Chile resucita en sus calles un noviembre lejano de hace casi medio siglo que buscaba y sigue buscando refundar una patria nueva. No es casual que sea Sebastián Piñeira, un multi-millonario pinochetista, al que hoy se le subleva el “sub-suelo de ese Chile al que decidieron ignorar por décadas”.
Ni todos los carabineros, ni todos los blindajes mediáticos, ni todos los pactos entre burocracias partidarias pueden, por ahora, frenar la tormenta popular desatada del otro lado de la cordillera. “La historia y el futuro- como dijera Allende en su último discurso- la hacen y pertenece a los pueblos”. Tanto el pasado como el presente chileno parecen darle la razón. El futuro, entre tanto, tendrá la última palabra.

Fuga de cerebros

Por PABLO AMBROSETTI

En un disco publicado en 1981 el grupo teatral Les Luthiers realizaba una burda parodia a ciclo de noticieros que se transmitían en los cines. Allí una afectada voz de flemático locutor oficial decía que “la hermana república de Feudalia celebraba con un desfile militar el aniversario de asunción del presidente Teniente General Álvaro de Ayala y Rondón. En el palco, el primer mandatario toma juramento a los nuevos miembros del Gabinete. En el ministerio del Interior: General Francisco Santander de Vedia; en el ministerio de transporte y comercio exterior: Almirante Gustavo Roggers, en el ministerio de defensa: Brigadier Alfonso Sánchez Ochoa y en educación y cultura: cabo primero Eleuterio Pérez.” La broma ironizaba sobre un hecho casi unánimemente aceptado: el desprecio que las dictaduras militares tienen (y tendrán) por la ciencia, el conocimiento y el saber. Quince años después el mucho menos simpático intendente de San Miguel, el carapintada Aldo Rico, declaraba en una entrevista televisiva que “la duda era la jactancia de los intelectuales. Yo, como todos mis camaradas de armas, nunca dudamos”.

¿Sería esta pirotécnica declaración periodística una mera bravuconada de un represor envalentonado por el clima de época de los años ´90 o refleja una verdad histórica que describe a nuestras Fuerzas Armadas?... Veamos.
Desde su llegada al poder tras el golpe militar de junio de 1966, el dictador Juan Carlos Onganía puso su foco en reprimir la ascendente conflictividad social que se expresaba en dos escenarios: los sindicatos y las Univer-sidades. Los trabajadores organizados y los estudiantes politizados pasaron a ser, entonces, los nuevos receptores de la persecución oficial. Durante del acto del 9 de julio, apenas 11 días después de asumir el cargo, el dictador declaró en su castrense discurso en cadena: “ No permitiremos que acosen a nuestra juventud los extremismos foráneos que buscan intoxicarla con ideologías disolventes que nada tienen que ver con nuestro verdadero ser nacional , y nuestros valores occidentales y cristianos”.

El nuevo gobierno militar no parecía estar dispuesto a camuflar ni siquiera disimular “su cruzada sagrada contra el materialismo ateo “.
Sin embargo los estudiantes universitarios y cientos de profesores venían desarrollando desde hacía por los menos una década novedosas experiencias de investigación académica, formación pedagógica y participación activa en el gobierno universitaria que desafiaban el tradi-cionalismo academicismo liberal positivista. Universidades como La Plata, Rosario, Córdoba y en especial la UBA se sumaban a la efervescencia generacional que venían de la mano del Centro Cultural Di Tella, el nacimiento del rock nacional, la minifalda y la revolución sexual que significó el desarrollo de la píldora anti-conceptiva. Desde Europa y Estados Unidos los movimientos por los derechos civiles de los afro-descendientes, las marchas en contra de la guerra de Vietnam, los Beatles y el hipismo sumaban elementos para que la juventud comenzara a romper los férreos estereotipos de la sociedad burguesa. La revolución cubana y la emergencia de los grupos guerrilleros a lo largo de toda nuestra América preocupaban, aún más, a las autoridades.

Por ello, y ante la negativa estudiantil de aceptar el nuevo interventor universitario nombrado por el poder ejecutivo, el 29 de julio de 1966 varios batallones militares ingresaron lanzando gases lacrimógenos, disparando balas de goma y repartiendo bastonazos a las cedes universitarias de varias facultades dependientes de la UBA.
En horas de la noche cientos de uniformados desataron una brutal represión nunca antes vista en la cual se produjeron cientos de detenciones, simulacros de fusilamiento, secuestro de archivos y documentos de diversos investigadores y hasta la destrucción a bastonazos de “Clementina” la única computadora existente en toda América latina desarrollada por los estudiantes y docentes de Ciencias Exactas. Pocos días después, y ya con el nuevo interventor instalado en su cargo, 1387 docentes fueron despedidos bajo la acusación de
“marxistas”; entre ellos el futuro premio Nobel César Milstein.

Habría que esperar 20 años para que el ministro de Economía de Menem, Domingo Felipe Cavallo tras realizar un brutal ajuste en el INTA, INTI y CONICET declaraba “que los científicos se vayan a lavar los platos”. Sin duda que la calva cabeza del ministro no había sido una de las golpeadas en la oscuramente célebre Noche de los Bastones Largos.
Tal vez porque tuvo suerte o, en realidad porque el poder sólo destruye los cerebros que contiene ideas peligrosas.

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