Notas con memoria y recorrido

Historias del Litoral

Por Graciela Furno 

Uruguay…
Es una jangada azul,
Cayendo hacia el mar.
Por el Uruguay, yo me quiero ir
Buscando la flor, del amanecer…
“Canto al río Uruguay” de Liliana Herrero

Ya dando la vuelta desde Mercedes, Corrientes, aún con los ojos manchados de pájaros multicoloridos, yacarés verdinegros y camalotes danzarines navegantes, dimos un recorrido por Chajarí. Sus naranjales, perfumados de tardes jugosas, nos sorprendieron saltando cercas para arrebatar algunos frutos, sin ruborizarnos por nuestra súbita vuelta a la infancia. El volante nos volvió a depositar en Colón, y nos encontramos golpeando la puerta de madera tallada, colonial, amarronada, de la Casa del Docente entrerriano. El aljibe en medio del patio verdeado por algunas plantas, aunque en época invernal, vociferaba su tiempo de colonia. Las habitaciones, haciéndole ronda, invitaban a un descanso tranquilo, sosegado, asegurando la escucha de pájaros matutinos.
Después del desayuno, retomamos el vuelo y la curiosidad. Fuimos hasta Liebig, un pueblito, cerca de Colón, que tiene una historia enlazada con el frigorífico del mismo nombre. Allí se producían embutidos de todo tipo y gran parte de la población de Colón trabajaba en la planta. Era un frigorífico inglés, creado en 1903. Se lo llamaba “La cocina más grande del mundo”. Cuentan que en los años posteriores a su creación comenzó a prosperar el pueblo a pasos agigantados. En su momento, por los años setenta, dejó de funcionar, dejando a unos 3.500 trabajadores, algunos jubilados. Pero el edificio quedó allí. Se erige como una suerte de fantasma, a la vera del río Uruguay. El pueblito también tiene un halo fantasmagórico. Aún existe una serie de casitas que, al parecer, eran ocupadas por los trabajadores del frigorífico. Hoy funcionan como viviendas comunes para la escasa población. Son todas iguales, semejan una colección de juguetes, pintados de distintos colores, ubicados, ordenadamente en fila, frente a la única capilla del poblado. Y apuntando al espacio religioso hay una pequeña placita donde se erige, potente, un afiche con la foto y un poema para una muchacha de Liebig, desaparecida durante la última dictadura.
Este pueblo inundado de soledad y tedio, salpicado por un aroma de tiempo detenido y un dejo de nostalgia, es otro de los rincones a orillas del río Uruguay, el de los pájaros, que invita a seguir recorriéndolo. Hasta la próxima! 

Nuestra tierra

Por Graciela Furno

Era el frío del mes de julio. Acababa de producirse un gran desborde del río Uruguay, el de los pájaros. La inundación había afectado varias ciudades. A pesar de todo, el aroma de aventura se trepaba por el entusiasmo de abordar la ruta hacia nuestro litoral.
Y así arrancamos. Poco equipaje, abrigos y mate. Autopista, ruta nueve. Avanzando un poco más ya comenzaban las señales de los pescadores anunciando la venta de carnadas. El incipiente clima ribereño liberaba aún más las ganas y la alegría de saber que íbamos a descubrir algo, para mí, totalmente desconocido. Las fantasías de colores, sonidos y aromas nuevos se agolpaban, esperando el descubrimiento. Zárate Brazo Largo, el puente parecía colgado de las nubes, que bañaban los espejos de agua. Ya internándonos en Entre Ríos, los verdes iniciaban su desfile interminable. Teníamos decidido hacer noche en Colón, para descansar del volante.
Los brazos de la inundación habían dejado un tinte dramático en las cercanías de la costa, además de grandes montículos de barro frío.
El descanso nocturno resultó reparador y a la mañana siguiente retomamos la ruta hacia la provincia de Corrientes. Ya dejando Entre Ríos, después de Chajarí y Curuzú Cuatiá, la ruta comenzó a hacerse más angosta y el follaje más intenso y abundante.
Llegamos a la ciudad de Mercedes, que resultó ser muy distinta de lo que imaginaba. Un ritmo y color pueblerinos la envolvía, custodiando sus construcciones antiguas, esquinas, Catedral, edificios públicos y sólo un hotel de construcción moderna, con el casino, frente a la plaza.
Pero, estábamos en Corrientes, anhelantes por ver bailarines de chamamé y escuchar el dulce idioma de nuestros guaraníes.
Recibidas con gran cordialidad, nos instalamos en la casa que habíamos reservado, esperando el día siguiente , en que iríamos, por una de las entradas a los Esteros del Iberá, hasta Colonia Carlos Pellegrini.
A la noche nos detuvimos a comer en un lugarcito que tenía un cartel en la puerta: “Esta noche, chamamé”.
¡A mis anchas! Hasta aprendí a bailarlo un poquito.
A la mañana siguiente, el asunto era que el camino hacia Carlos Pellegrini era de tierra y la inundación había dejado profundas marcas, traducidas en huellas sumamente hondas, que no permitían la circulación en auto. Había que ir en camioneta cuatro por cuatro.
Una vez conseguido dicho vehículo, después de andar unos quince o veinte kilómetros, llegamos a la laguna Iberá. El nombre le hace todos los honores a ese espejo manchado de verdes flotantes. “I” quiere decir agua, “berá”, brillante. La recorrimos en lancha, deslumbradas con su vegetación echando raíces en el agua, mezclándose con el paso de las nubes y bordeada por familias de yacarés que reservaban sol para su sangre fría. Aves de todos los tamaños se confundían entre la vegetación abundante y silenciosa que custodiaba sus aguas.
Volvimos al finalizar el día, conociendo historias del lugar, su gente, el guaraní y otras cuestiones, como la compra de gran parte de los esteros por un norteamericano “ecologista”???
Hay más, pero les cuento otro día.

Nuestra tierra y su gente

Por Graciela Furno

…De este crónico dolor, de esta
opresión, de este silencio colmado
de milongas calladas, surge el Gauchito Gil,
santo de los que hablan todos los idiomas
que posee el desamparo, el santo de los que
llevan desiertos en las miradas…

Pedro Patzer

Les contaba que, volviendo de Iberá, nos comentó un lugareño “novedades” que nosotras no conocíamos acerca de la historia de los Esteros, esa inmensidad que abarca todo el centro de la provincia de Corrientes. Parece que, originalmente, eran “propiedad” de la Corona Inglesa ( ¿?). Más tarde fueron “vendidos” a distintos magnates, hasta que, hace algunos años, una parte de los esteros fue “comprada” por un norteamericano que argumentó ser ambientalista y se iba a dedicar a “cuidarlos”.
En fin, éstas y otras historias parecidas vienen a recordarnos, cada tanto, que, por nuestra Mesopotamia, debajo de esas grandes extensiones verdes, vibrantes, de follajes eternos siempre rociados por diversas aguas, corre nuestro Acuífero Guaraní, capaz de abastecer del tan preciado líquido a gran parte del planeta.
De vuelta en la ciudad de Mercedes decidimos seguir incurriendo en la atrevida aventura de descubrir más rincones e historias. Fue así que decidimos ir tras las huellas del Gauchito Gil. En principio parecía llamativo que, siendo oriundo de Mercedes, no hubiera en la ciudad ni una sola mención en esquinas, paredes, calles, como solemos encontrar en muchos lugares de la provincia de Buenos Aires. Esas banderas rojas cobijando penurias y rezos, que suelen aparecer en parajes descampados y solitarios.
Sucede que, a unos diez kilómetros de la ciudad está el santuario. Allí sus fieles le dejan ofrendas y sus ruegos esperanzados y dolientes, pidiéndole todo tipo de milagros. Porque, como dice Pedro Patzer “…la fe del pueblo consagra a hombres y mujeres que jamás serían distinguidos por los sargentos de las plegarias ni por los burócratas de milagros, mas siempre serán elegidos por la sed espiritual de los de abajo.”
Pero, no sólo los fieles van a visitarlo. Entrando a ese clima místico y alejado de la ciudad se avista una hilera de unas cinco cuadras inundadas de souvenirs, recuerdos, estampitas, medallas, gran variedad de objetos, desde llaveros hasta mates con la imagen del gauchito. El “merchandising” hegemoniza la postal, en perspectiva. El santuario propiamente dicho es una especie de montaña artificial bañada de ofrendas, cartas, fotos, pedidos, agradecimientos, con una torpe imagen del gauchito en su cima. Antes de llegar a ese montículo multicolor, predominando los rojos y azules, se atraviesan espacios iluminados por velas tan ardientes como los deseos que las encienden.
La leyenda cuenta que el Gauchito vivía cerca de allí. El poncho rojo simboliza la sangre de su fusilamiento. Se dice que era perseguido porque no quiso ir al ejército para no tener que matar hermanos. Mito, leyenda o realidad?
El regreso fue como casi todos: una no quiere irse, pero también sí. Ansiosas por contar la recorrida, volvimos, otra vez haciendo noche en Colón, esta vez en la cálida y acogedora casa del docente.
Ah! Y, por supuesto, ya que estábamos, no quisimos perdernos una vueltita por el pueblo de Liebig.
Pero me parece que eso se los cuento después.
Hasta la próxima! 

Dar la vuelta

¿Para mirar atrás?. Para volver?. ¿Para no ver?
En este caso, “ dar la vuelta” significaba, tal vez, comenzar el largo camino de regreso a casa. Claro que…el camino nunca es rectilíneo. Desvíos, entusiasmos pasajeros y de los otros, paisajes indefinidamente bellos, personajes entrañables y de los otros, interceptaron el sendero.
Quito me recibió nuevamente, con sus originarios manchando las calles de alegría.
Oswaldo Guayasamín se asomó a mi historia en las rutas ecuatorianas. No lo conocía ni sabía que era uno de los pintores latinoamericanos más representativos, transmisor de gritos originarios y denunciante de torturas e injusticias. Más tarde, ya en Buenos Aires, tuve la oportunidad de maravillarme con varias de sus obras luminosas.

Seguí bajando.
Lima se presentaba con lloviznas casi permanentes durante el invierno peruano. Entre húmedas neblinas y soles intermitentes, se divisaban retazos de comunidades que venían desde sus tierras. Sonidos de erques que abarcaban casi una cuadra de largo. Cajas y voces. Música, lamentos y llamados recorrían las calles, rompiendo la tarde de la plaza de armas, como un ritual de aparecidos.

Lima eterna.
Puente de los Suspiros, “sobre la herida de una quebrada”, valsea Chabuca. Recorro el puente y la letra…”de la injusta distancia del amante”… jazmines blancos…”con su quieta madera cada tarde… y el ficus de enterradas raíces en su amada…recuerdos…barrancos y escalinatas...quiero que guardes en tu grato suspiro mi confidencia." Nicomedes acompaña con tambores africanos.
Mercado de Lima, los zapallos más grandes jamás vistos. Choclos coloridos en manos de mamachas bulliciosas, ofreciendo sus verduras, granos y cereales. Ceviche para chuparse los dedos y jugos de fruta. Trabajadores cansados comiendo su almuerzo rápido de pescado frito. ¡ Y a seguir chambeando!
Chosica y luego Santa Eulalia, valle quebrado por el Rimac, río intenso y rugiente, de aguas claras y vivaces.
A Marca Huasi también llegaban las nubes. Cuando se desintegraban, permitían ver las formas humanas de sus piedras, como fantasmas surgidos de las leyendas que inundaban la comarca. Casa de madera envejecida para recibir a los viajeros. Fotos no! Desconfiaban del destino que se les pudiera dar a las imágenes. Pero nos recibían en sus casas con algo calentito y ofrecían sus cosechas con generosidad y grandeza.
Pasado algún tiempo, desde multicoloridos atardeceres andinos, sonidos de viento, tambores y cencerros, pasitos cortos, rostros curtidos, temblores de tierra y ríos con rugidos leoninos, partí una tarde , perforando el cielo anaranjado, hacia Buenos Aires.
Pero eso, ya es otra historia.   

foto Printest: 
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Después de la frontera

Por Graciela Furno

“Caminar es también
una transformación,
es tener un conocimiento más
directo del mundo”

De la caminata de Mujeres
Indígenas por el Buen Vivir.

Ecuador asomaba con un paisaje totalmente diferente al del Perú que íbamos dejando.
Los verdes tropicales se imponían sobre la aridez y los ocres del desierto. La mayoría de los ecuatorianos usaban ropa blanca. Dicharacheros, alegres, charlatanes, usaban como medio de transporte para los trabajadores, unas camionetas que en su parte trasera tenían bancos largos donde viajábamos unas ocho o diez personas.
Ecuador, pequeño, en pocas horas de viaje iba mostrando todos los climas posibles, desde los más cálidos hasta los más fríos y plagados de neblina.

Quito colonial.
Su ciudad universitaria albergaba estudiantes de distintas partes del país. Incluso muchos otavaleños estudiaban allí.
Otavalo es un valle ubicado al noreste, muy cerca de la frontera con Colombia. Sus habitantes, piel aceituna, trenza, sombrero y poncho azul marino, pantalones blancos a media pierna y alpargatas, los hombres; pollera negra, blusa blanca, coloridos collares, las mujeres, vivían de sus artesanías en telar. Otros, en menor número, trabajaban para patrones blancos, que solían pagarles con vino. Para esos hombres la atracción de los domingos a la tarde era la corrida de toros.
Daisy y yo fuimos un domingo a presenciar ese espectáculo, que sigue resultándome cruel e innecesario. Pero aquellos hombres de pieles oscuras y gastadas, miradas duras, ropas raídas, se entusiamaban con las intervenciones de la torera, una muchacha joven, blanca. Y, probablemente, con algún dinero que habrían apostado.

América india.
¿Habría solidaridad entre ellos: los que trabajaban en sus telares, buenos comerciantes, estudiaban en la universidad, y los humillados, explotados por el blanco?
¿O se darían los mismos choques de clases que entre nosotros? No llegué a averiguarlo en ese entonces.
Seguir viaje significaba, casi siempre, llevar preguntas, algunas respuestas, amores y mirares, asomando desde las mochilas.

imagenes: printest Otavalo, Peralta Cordoba

Rumbo a la frontera 

Por Graciela Furno

De tiempo somos
Somos sus pies y sus bocas.
Los pies del tiempo caminan en nuestros pies.
A la corta o a la larga, ya se
sabe, los vientos del tiempo
borrarán las huellas.
¿Travesía de la nada, pasos de nadie?
Las bocas del tiempo
cuentan el viaje.
Eduardo Galeano

Íbamos hacia el norte, bordeando el Océano Pacífico, más bien amarronado y no haciéndole mucho honor a su nombre; al menos en buena parte del trayecto, era bastante inquieto y los rugidos de sus olas golpeaban fuertemente en las costas.
Hacia Ecuador.
A medida que alcanzábamos un clima un poco más tropical, el calor empezaba a hacerse más intenso y pesado. Hambre y cansancio convocaban a hacer una parada para calmar al cuerpo. Comimos algo en un puesto de lugareños, al costado de la ruta. Nos convocó la curiosidad por recorrer una playa cercana, angosta pero extendida hacia sus lados. Desde una arena blanquecina y liviana se divisaba, casi como un punto en medio de las grandes aguas, ahora sí más pacíficas, algo que parecía ser una isla. Pero la única forma de llegar era con algún tipo de embarcación. Un hombre rudo, que vivía en una casa avejentada, corroída por la sal marina, asentada en medio del agua, se acercó a la costa con su bote a remo. Le preguntamos si nos podía acercar hasta aquella especie de espejismo. El remero, osco y de pocas palabras, accedió. Seguramente era un pescador. No había oleaje, era un mar calmo y cálido. Orillaba el mes de junio. Primero remó hasta rodear la casa, que mostraba el desgaste de las aguas y el tiempo, colores oscuros, paredes deterioradas, puertas y ventanas descoloridas. El hombre, piel oscura, castigada por el clima y los años, llevaba un sombrero de paja y su ropa reflejaba la misma tonalidad de la casa. Conseguimos que nos acercara hacia esa especie de visión que se nos había revelado entre la incandescencia del sol y las aguas quietas. Los remos continuaron con su ritmo sonoro hasta que la distancia permitió que nuestros ojos comenzaran a descubrir un diseño casi onírico. Atónitas, descubrimos que, flotando como una nube, emergía una isla blanca cubierta de pájaros blancos.
¿Imaginación? ¿Fantasía? ¿Sueño? Tal vez… Lo cierto es que después de tantísimos años permanecen clavadas en mi retina esas aves, algunas pequeñas, otras altas y esbeltas desplegando sus espléndidas alas, juntas, muchas, de diversos tamaños y alturas, poblando soberanamente ese trozo de paraíso en medio del océano.
Sólo se permitía rodearla, olerla, admirarla, encandilarse con su brillo. No pudimos descender y recorrerla.
Creo que los pájaros no permitían humanos. 

Del Mato al Altiplano

Por Graciela Furno

Un refugio?
Una barriga?
Un abrigo para esconderte
cuando te ahoga la lluvia, o te parte el
frío, o te voltea el viento?
Tenemos un espléndido pasado por delante?
Para los navegantes con ganas de viento,
la memoria es un puerto de partida.

Eduardo Galeano

Nos habíamos conocido en Río y habíamos compartido moradas, miradas, recorridos, subidas y bajadas, mar y gaviotas.
Mi amiga Daisy, morena, pequeña, enormes ojos negros e inquisidores, había decidido ir a Méjico. Quería estudiar Antropología allí, decía.
Finalmente me convenció. La acompañaría “aunque sea hasta Perú”. Como quien decide acompañar a una amiga a dar una vuelta por la ciudad, tomar un helado o comprar un vestido.

Salimos desde San Pablo en tren, rumbo a Corumbá, frontera con Bolivia. No recuerdo ya cuántas horas viajamos, atravesando un mato abundante, verde oscuro mayormente. Sí recuerdo el atardecer rojizo-anaranjado, contrastando con tanta vegetación variada en tamaños y colores, desconocida en su inmensidad. Todo acompañado por el murmullo de los pasajeros y el imparable traqueteo del convoy.
Llegamos a Corumbá ya de noche. La estación de tren, desde donde una sola vez por día partía un trencito de trocha angosta, que en catorce horas llegaba a Santa Cruz de la Sierra, era una especie de tarima de madera, levantada sobre cuatro pilotes, en medio de la nada. Bueno, la nada no. Estaba rodeada por más vegetación, que cubría todo el paraje. Realmente, no se podía descubrir de dónde aparecían las dos personas que estaban a cargo de ese parador.
El problema era que el tren pasaba a las nueve de la noche y no había más pasajes. Quedamos pensando. Daisy estaba “ de olho grande”, como solía decir cuando estaba enfocada en un asunto. Las opciones no eran muchas: pasar la noche allí, prácticamente solas, dando la bienvenida a la oscuridad más absoluta, sin un alma a quien recurrir y, seguramente, expuestas a la fauna de la zona, o aceptar la sobreventa de pasajes. Por supuesto, optamos por la segunda, que significaría viajar sin asiento, en un vagón sumamente angosto. Así que nos íbamos turnando entre varios viajeros, brasileños en su mayoría, cuando ya, de estar en cuclillas entre uno y otro, el entumecimiento de las piernas se hacía insoportable.
Ese tren tenía una particularidad: era “bagallero”. Esto quiere decir que se trasladaban en él todo tipo de cargamentos: gallinas, paquetes, bultos varios con vaya a saber qué cosas vendibles o intercambiables. Por lo tanto, los pasillos estaban atestados de estos cajones. Para llegar hasta un baño había que atravesar vagones, caminando y haciendo equilibrio por encima de todos esos bultos amarronados o grises, algunos con letras negras.

Una vez llegados a destino y luego de pasar la noche en Santa Cruz, comenzamos el camino hacia La Paz.
Y allí sí. Comenzó una serie de matices entre los rosados y rojizos, que pintan el inconmensurable Altiplano. Ondulaciones de todo tamaño y altura, atavesadas por nubes andariegas, sin que se pudiera entender de dónde venía y dónde terminaba semejante sucesión de gigantes.
Algunos originarios que se veían a la vera de la ruta como pequeños puntos apoyados en las moles, permitían suponer que más allá de donde la vista llegaba, había comunidades que vaya a saber cómo se trasladaban hasta allí y con qué propósito.
En esos días Bolivia, como tantas veces en su sufrida historia, se atravesaba bajo estado de sitio.

La Paz. Honda. Profunda. Fría. India.
Pasamos la noche en un hotel de originarios. La habitación era pequeña, con pisos de madera oscura y reluciente que al moverse hacían una especie de chirridos, cuando caminábamos. Al parecer, todas las habitaciones eran iguales, porque, de repente, se escuchaba una sinfonía cuando todos los habitantes del hotel movían sus pies y las maderas compaginaban sus quejidos.
A la mañana siguiente seguimos hasta Tiahuanaco. Constelaciones de niños-tierra nos miraban con ojos asombrados, ofreciendo piedritas del lugar a cambio de lapiceras o cualquier otra cosa que se asomara de nuestros bolsillos o mochilas. Desde allí, noche cerrada, atravesamos el lago Titicaca, en la bodega del barco, plagada de nacionalidades, sueños multicolores y proyectos.

Continuará…

Hacia las tierras de
Túpac Amaru

Por Graciela Furno

Ardió el sol en mis manos,
Que es mucho decir,
Ardió el sol en mis manos
Y lo repartí.
Que es mucho decir.
Nicolás Guillén

Puno amaneció nevado. En el mes de febrero, me resultó extraño. Pero empecé a comprender que así es el clima andino, verano lluvias y, a veces, nieve. Pasamos por el comedor universitario para satisfacer nuestros estómagos y más tarde subimos a un tren. Atravesamos nieves eternas, que permanecían eternamente en las retinas de los viajeros. Juliaca, ponchos multicolores, fajas, tejidos desparramados en tiendas de los lugareños. La brújula nos condujo hasta Arequipa y luego…

La magia de Cusco
Entrando a la ciudad me descubrí sorprendida por la música que se escuchaba en los pocos comercios que había en aquella época, alrededor de la plaza principal. La semejanza con la música oriental me abrumaba y me llevó a pensar en las teorías que se barajaban de que esas tierras habían sido ocupadas por pueblos del otro lado del mundo. Aún resuenan en mis oídos los huaynitos “…ñawis qhusilu …”…”ojos azules, no llorés, no llorés ni te enamorés…”
Estación principal de los viajeros: plaza de armas, donde fuera ejecutado Túpac Amaru. Allí se tejían las redes de comunicación entre nacionalidades y estilos. Turistas, antropólogos, “easy riders”, “flower power”, y hasta el espíritu del Che revoloteando por ahí entre algunas voces.
Timoteo, un indio que había dejado su comunidad para estudiar y era profesor de inglés en la Universidad, albergaba a todos los viajeros que podía en su modesta casa. Sentado en su quillango ofrecía su extensa biblioteca y algunos rincones para dormir.
Recorríamos laberintos de callecitas angostas, ocres y marrones en todas sus gamas, como el cacao para el frío. Sacsayhuamán, enormes piedras grises perfectamente acomodadas y redondeadas sus esquinas. Tren indio, Ollantaytambo, campo, mamachas con sus guaguas en la espalda e hilando con la rueca caminaban con paso y ritmo seguro, costeando las vías. Fin del recorrido. Aguas Calientes. Y desde allí, trepando por las laderas, entre piedras, vegetación y terrones, llegamos hasta las ruinas del Machu Picchu. Cielo y valle rodeaban la antigua morada de los Incas. Más allá, asomando entre las nubes que viajaban permanentemente arriba y abajo, el Huayna Picchu. No me animé a escalarlo, pero Daisy, con su coraje inagotable, llegó hasta la cima.
No pudimos hacer noche allí, ni en Aguas Calientes. No había dónde. Así que regresamos al Cusco, con preguntas, impresiones y ganas de seguir, guardando en las mochilas el paisaje de ese inmenso pedazo de historia americana. 

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